AZÚCARCANELA

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LOCURA

Personajes

 

Greenwich Village

 

Amarilis sale del edificio donde vivía como todas las mañanas. Era un día soleado y un poco frío. Al llegar a la esquina tropieza con un hombre. Perdone, ella dice asustada. Él la mira fijamente. Ella lo mira nerviosa y sigue su camino. Ella se voltea a volver a verlo. Él todavía la miraba. Ella sigue más deprisa. Que guapo es, ella piensa entrando al subterráneo a tomar el tren. Había mucha gente esperando los trenes. Qué fastidio, ya iba tarde y el tren no aparecía. De repente se voltea y allí estaba el mismo hombre simplemente mirándola. Ella se asusta y lleva su mano a su corazón. Al tren llegar a la estación, la gente la empuja y ella entra fijándose que el hombre todavía estaba afuera en la estación. Ella le mira nerviosa. Era un hombre alto y musculoso con cabellos negros y unos ojos divinos negros y achinados. Ella traga gordo. El cabello del hombre estaba todo alborotado y su camisa mal abotonada. ¿Será un borracho? ella se pregunta. El tren sale de la estación.

 

Salón de Belleza: Le Fleur

 

Amarilis entra y el dueño, Phillip, ya estaba allí. Buenos días preciosa, él dice. Buenos días, ella dice quitándose su abrigo y todavía pensando en el hombre. Nos vamos a ver un poco en aprietos, Marisa no viene, él dice. Esta bien, ella dice colocando su cartera en un cajón y comenzando su trabajo. Como estilista y maquillista profesional se ganaba buen dinero pero siempre le faltaba para pagar el alquiler. Los teléfonos comenzaron a sonar y el salón, como cualquier otro día, se comenzó a llenar de clientela.

 

Los peores clientes eran las novias, las cuales exigían perfección. Amarilis les sonreía dulcemente pero no escuchaba sus palabras ni sus quejas. Al fin, siempre salían del salón satisfechas. Y las ancianas que siempre querían salir del salón diez años mas jóvenes, esas eran un tormento.

 

Amarilis, si esta vieja no se calla, la voy a matar, dice Carmina. Amarilis mira hacia la anciana. Era una judía y bien exigente. Amarilis mantiene silencio y sigue maquillando a su clienta pensativa. ¿Quién era aquel hombre? Nunca lo había visto antes. ¿Será Latino? ella se pregunta.

 

El Medio Día

 

Amarilis si ya no tienes cliente, vete almorzar, dice Phillip. Ella sale poco después, necesitaba el aire, caminar unas cuadras. Suspira hondo, los químicos en el salón eran insoportables y a veces se sentía completamente mareada. Era la una de la tarde, decidió entrar al restaurante chino. El dueño la saluda sonriente. Ella toma asiento en una esquina. Muchas veces se llevaba la comida al salón pero no quería estar allí hoy. Ella mira a su alrededor. La gente conversaba y reían felices, al cambio ella no tenía el porqué reír. No era feliz. Todo siempre se le había hecho difícil. Su madre y su padre se habían divorciado cuando ella era a penas una niña y jamás había vuelto a ver a su padre. Su madre era adicta a la cocaína y estaba muriéndose de SIDA. Qué injusta la vida, ella piensa tomando de su sopa.

 

Poco después sale del restaurante y entra a una tienda a comprar goma de mascar y agua embotellada. No quería regresar al salón, estaba cansada pero no le quedaba de otra.

 

El Día Siguiente

 

Amarilis se asoma a la ventana, estaba lloviznando. Hoy tendría que entrar a las doce del día pero tendría que trabajar hasta tarde. Decide salir a comprar desayuno y el periódico. Ella se viste rápido y toma la sombrilla y sale del apartamento. Su vecino le saluda, era un hombre de avanzada edad.

 

Al salir del edificio se fija que al cruzar la calle había un hombre con un paraguas, estaba tomando café. Ella lo mira de re-ojo. ¿Será el mismo hombre? ella se pregunta. Ella sigue su camino y él cruza la calle y la sigue. Ella se asusta y se voltea a verlo. Era él, ella camina deprisa, casi corriendo y entra a una tienda. Él entra detrás de ella. Ella lo mira furiosa, él la mira y baja su cabeza. Ella entra y ordena desayuno. El dueño de la tienda saluda al hombre y este se sienta a una mesa cerca de ella. Era masivo, con un cuerpo musculoso y unas manos grandes, estaba vestido de negro y su pelo alborotado pero ella se fijó que llevaba un Rolex. Lo vuelve a mirar, era muy guapo. Él subió su vista hacia ella. ¿Usted me esta persiguiendo? ella pregunta. ¿Yo? No, él dice tomando café. Ella cambia su vista deprisa, él hace lo mismo. Ella se incomoda. ¿Será Latino? Él era de un color café con leche muy atractivo. Puede ser uno de esos árabes locos que se quiere morir para irse al reino de Allah a gozar de bellas vírgenes, ella piensa. Ella se levanta y toma la bolsa y paga por su desayuno. Él baja la cabeza y la mira de re-ojo. Ella sale y él sale detrás.

 

Ella camina deprisa temerosa que él venía siguiéndola. Se voltea, él baja su cabeza. Le voy a llamar a la policía, ella dice. Ella sigue caminando y él detrás. Al llegar al edificio, ella casi corre. El guardia de seguridad estaba parado al frente del edificio. Me creo que ese tipo me anda siguiendo, ella dice asustada. El guardia mira al hombre y sonríe, se saludan y el hombre sigue su camino. Ella lo ve partir. ¿Adonde vivirá? ella se pregunta. No se preocupe señorita, el señor, no la anda siguiendo, dice el guardia. Ella le apaga los ojos y entra. Imbéciles, todos los hombres son unos imbéciles que se encubren por eso el mundo es un asco, ella dice entrando el ascensor.

 

Pagaba mucho de alquiler pero se sentía segura y era un vecindario bonito y tranquilo. Eso era muy importante para ella aunque a veces no tenía para comer. Ella entra a su apartamento y tira su bolsa en el sofá y entra al comedor, se sienta a comer y enciende la televisión.

 

Estaba harta de ver a Oprah, ya la veía en todos los canales y gorda y flaca a la misma vez y los canales en español eran un asco, muchas telenovelas súper dramáticas y shows como “La Tijera”, gente que no tenía más que hacer que criticar a las estrellas. Qué vida vacía vivían todos, al pie de las cámaras y los chismes. Ella decide apagar la televisión y se asoma a la ventana. Allí estaba el hombre, al cruzar la calle. Ya esto era demasiado, ella dice furiosa abriendo la ventana. Él sube su vista hacia arriba. ¿Me anda usted siguiendo? Ella vuelve a preguntar. Él se pone nervioso y cruza la calle y sigue caminando. Ella cierra la ventana. Se sienta pensativa. ¿Quién será? ella se pregunta.

 

Franco

 

Él entra a su edificio y sube en el ascensor, entra a su apartamento y cierra la puerta. Se quita el abrigo y lo deja caer al piso y entra a su habitación y se tira a la cama boca abajo. Que cansancio, siempre parecía estar cansado, nada lo ayudaba a relajarse, él piensa quedándose dormido.

 

Amarilis

 

Sale del apartamento rumbo al salón de belleza. El cielo estaba nublado y había comenzado a nevar un poco. Le gustaba la nieve y el frío pero que fastidio y pesados los abrigos. A una cuadra vuelve a encontrarse con el hombre. Él la mira un poco nervioso. Estaba con el pelo alborotado como siempre y su abrigo mal abotonado. Ella se asusta. Era un maniaco sexual, un asesino en serie. Ella le apaga los ojos y sigue su camino deprisa. Él la sigue. Ella se voltea a mirarlo y él baja su cabeza avergonzado. No me siga, ella le dice furiosa. La gente les mira, él la sigue…

 

Ella entra la estación de trenes y se acerca a un policía. Ese hombre me anda siguiendo, ella dice. El policía mira hacia Franco y este baja su cabeza. El policía se acerca. ¿Anda usted siguiendo a la señorita? Le pregunta el policía. Sí, él contesta. ¿Por que? le pregunta el policía. Franco se avergüenza ya que la gente lo miraba. Él no contesta. Déme su identificación, dice el policía. Amarilis lo mira asustada. Él se pone nervioso y saca su billetera. El policía lo mira a los ojos, le mira el pelo, el abrigo y vuelve a mirar la identificación. Se la devuelve y Franco se la mete al bolsillo de su pantalón. Hospital Mt. Sinai, dice el policía. Sí, dice Franco. ¿Conoce usted a la señorita? pregunta el policía. Eso quisiera, contesta Franco. El policía le mira de re-ojo. Ella no parece tener interés, dice el policía. Franco avergonzado baja su cabeza. Puede retirarse pero no la siga, dice el policía. Franco se retira con su cabeza bajada y sale de la estación de trenes. Amarilis suspira hondo. Gracias, ella dice. No creo que sea peligroso pero nunca se sabe, dice el policía. Ella entra el tren. La gente todavía la miraba.

 

Franco

 

Entra su apartamento y vuelve a tirarse a la cama. En una esquina de su habitación había ropa sucia, pantalones y camisas, ropa interior. Era una habitación muy grande con un piano a un lado. Su apartamento era un Pent-house hermoso, con terraza y muchos lujos. Se queda dormido…

 

Salón de Belleza: Le Fleur

 

Phillip, no sabes lo qué me pasó, dice Amarilis quitándose el abrigo. ¿Qué fue? él pregunta. Hay un tipo siguiéndome y me tiene muy nerviosa, ella dice. Eres muy linda, él dice. Es un tipo muy raro. Siempre tiene el pelo de puntas como si acabara de levantarse y su camisa y abrigo siempre están mal abotonados. No sé, me parece un loco pero también es muy guapo. Te juro que me tiene muy asustada, ella dice. Ten mucho cuidado. Mira Amarilis, el bien vestido y caballeroso puede ser el asesino en serie. Si parece loco también puede ser pero es más probable que tú le gustes y quizás le falte un tornillo, él dice. ¿Tú crees? Lo denuncié y el policía le pidió la identificación. Sentí pena, se avergonzó y bajó su cabeza. Ay no sé, yo siempre he sido miedosa, ella dice. No te preocupes a lo mejor no vuelvas a verlo, él dice.

 

Unas mujeres entran y saludan. La novia y su madre. Amarilis les mira de re-ojo. Que fea es y sin embargo encontró marido. Que raro, a ella solo se le acercaban… los locos, ella piensa.

 

La novia toma asiento y se mira en el espejo. Su madre no dejaba de criticar a la familia del novio. Amarilis trata de ignorarlas y procede con el maquillaje. Era casi imposible convertir a una mujer fea en una bonita pero tendría que hacer lo imposible por satisfacer a la clienta.  Ella mira por la ventana hacia fuera. Había comenzado a nevar de nuevo y ahora con más fuerzas. Que linda la nieve al caer. Le acordaba las navidades con su abuela. Un pernil en el horno y arroz con gandules, guineos verdes, pasteles. Eso había sido en un pasado cuando niña. Ahora no tenía a nadie y cuando su abuela murió, su madre estaba en una clínica y ella con los vecinos. Ella entristece. Phillip la mira desde su escritorio. Era una empleada ejemplar, seria y trabajadora pero siempre estaba ocupada y no tenía tiempo para su vida personal. Quizás la invitaría a cenar a su casa. Su esposa la conocía y se llevaban muy bien, él piensa.

 

Franco

 

Se levanta y se mete bajo la ducha. Había pasado varias noches sin dormir, inclusive los días. Los días que se le iban como agua. A veces no sabía si era día o noche. Él sale del baño y se comienza a vestir y luego prepara café. La cafeína lo mantenía de pies pero hasta cuando, él piensa.

 

Tendría que salir de esta y tomarse unos días libres, descansar, eso era lo que necesitaba, descanso. Quizás un año durmiendo, eso era, él piensa tomándose el café. Sus colegas tomaban pastillas para mantenerse despiertos pero él no quería drogarse, quería ser fuerte. Ya pronto y con mucha suerte saldría de esta, él piensa. Él se pone el abrigo y toma las llaves del auto y sale del apartamento. No tenía tiempo para comer, tendría que ir al gimnasio de madrugada.

 

Él sale afuera y se da cuenta que había nevado mucho pero él como siempre no sabía ni que día era. Se mira el reloj, iba tarde como siempre. Se mete al auto y poco después sale del estacionamiento del edificio.

 

La linda mujer lo había despreciado pero él no sabía por qué…

 

Unos Días Después

 

Amarilis entra al restaurante en su vecindario a comprar desayuno y decide sentarse y comer allí mientras lee el periódico. Era un restaurante lujoso pero a ella le gustaba pretender que era millonaria aunque luego tendría que trabajar sobre tiempo para poder mantenerse. Quizás porque siempre vivió en vecindarios pobres con su madre, vecindarios llenos de drogadictos y criminales. Ella mira a su alrededor, no había mucha gente. El mesero le sirve y ella comienza a comer con gusto. Odiaba tener que cocinar y estaba demasiado cansada.

 

Unos minutos después Franco entra y toma asiento a una mesa. El mesero le sirve sonriente sin primero tomar la orden. Parecía que acostumbraba venir aquí, ella piensa tomando café. Lo mira de re-ojo, él estaba leyendo el periódico y tomando café, su pelo de puntas pero esta vez su camisa no estaba mal abotonada. No parecía mirarse al espejo antes de salir a la calle, ella piensa.

 

Él sube su vista y logra verla. Sus miradas se prenden por un instante. Él se cambia de asiento y le da la espalda. El mesero le mira asombrado y le acomoda el plato. Luego Franco mira hacia atrás a verla. Ella lo mira nerviosa. Que raro es, ella piensa.

 

Hoy tenía el día libre y quizás iría al cine, ella piensa tomando café. Él se vuelve a voltear lentamente a mirarla. Ella lo mira fijamente. Él hace por sonreír pero se le hacia difícil, se avergüenza. Nunca había podido enamorar a una mujer, les temía. ¿Por qué no podía ella acercarse? ¿Por qué esperaban las mujeres que los hombres lo hicieran todo? Desde niño se mantenía retirado de la gente. Era un mundo ajeno al cual nunca se había acostumbrado. No pertenecía allí y lo miraba todo desde lejos. No era su mundo y se sentía como un extraño. La gente, la política, los estudios, los autos y el alboroto, el crimen. Todo era un eterno vacío. La mujer linda lo miraba, podía sentir su mirada en su espalda. Se voltea tímidamente a verla y llama al mesero. Le habla en el oído y el mesero se retira.

 

¿Qué se traerá el loco? ella piensa.

 

Él vuelve a voltearse a mirarla. Ella le apaga los ojos y se levanta de su asiento. El mesero le trae la cuenta y ella vuelve a sentarse asustada. Treinta dólares. Eso era un robo, ella piensa asustada. Traga gordo y cuenta el dinero que traía en su cartera, se asusta. No le gustaba cargar a su tarjeta de crédito pero tendría que hacerlo. Se vuelve a levantar y nota que él también iba saliendo. Ella se acerca al cajero a pagarle.

 

El señor canceló su cuenta, dice el cajero. ¿Como dice? ella pregunta. No debe nada y si come aquí, todo irá a la cuenta del señor, él dice. Ella sale deprisa del restaurante y lo ve al cruzar la calle. Se acerca…

 

No se atreva mas nunca molestarme, ella dice. Él baja su cabeza avergonzado. Yo puedo pagar, ella dice furiosa. Él mantiene silencio. ¿Qué se trae ah? ella pregunta. Él sube sus ojos a verla. Perdóneme, él dice nervioso. Ella mira a lejos y lo vuelve a mirar, sentía lastima por él. Luego ella da la media vuelta y sigue su camino cuando lo ve entrar a un auto lujoso. Pero mira qué mierda, ella dice.

 

Él pasa cerca y le toca bocina. Ella se pega un salto y le apaga los ojos y él arranca. ¿Meterme yo al carro de ese degenerado loco? ¡Jamás! A lo mejor me lleva a su casa y me ata y me quema con un cigarrillo, ella piensa nerviosa. Al llegar a su edificio, ella nota que él la estaba esperando, se asusta.

 

Perdóneme señorita, él dice. Ella lo ignora. Señorita, él vuelve a llamar. Ella sube las escaleras ignorándolo. Solo quiero conocerla, él dice. Ella se detiene y se voltea. Lo mira fijamente, parecía un niño travieso con su pelo alborotado. Ella baja dos escalones. Yo no trato con locos, ella le dice. Él baja su cabeza y se mete sus manos a los bolsillos de sus pantalones. Le pienso pagar lo que le debo y no quiero volverlo a ver, ella dice seriamente. Él mantiene silencio avergonzado, la mira suplicante. Ella traga gordo y entra el edificio y él entra a su auto lentamente mirando hacia atrás a verla. Ella se asoma a mirarlo por la puerta. ¿Dios mío por qué me haces esto? Que guapo es, ella dice viéndolo partir.

 

Esa Noche

 

Amarilis  regresa del cine en un taxi. Todavía le quedaban tres cuadras para llegar a su casa. Se había encontrado con unas amigas y la habían pasado muy bien. De repente logra ver al loco. Él salía de uno de los edificios más lujosos del vecindario. ¿Será millonario ese loco? ella se pregunta. No puede ser, si ni se peina ese nido de gallina, ella piensa.

 

El taxi estaciona y ella le paga y sale. Un auto pasa y toca bocina. El loco, ella dice pero esta vez no sintió miedo, se acercó. Él abre la puerta y sale y ella se queda muda mirándolo de arriba abajo. Este no era el mismo hombre, este hombre era un Adonis, ella piensa. ¿Voy a cenar, me acompañas? él pregunta. ¿Cerca? ella pregunta. Sí, él contesta. Él le abre la puerta y ella entra temerosamente. Él tenía un aroma masculino muy agradable y ella nota que llevaba el Rolex. ¿Me llamo Franco Luis Almendari y usted? él pregunta. Amarilis Robles, ella contesta. Amarilis, de amor, él dice. Ella le mira de re-ojo notando sus zapatos, sus pantalones, abrigo y el auto lujoso, se asusta. Él estaciona cerca y le abre la puerta y ella sale un poco incomoda, no estaba vestida apropiadamente. No se preocupe, él dice, dándose cuenta. Entran el restaurante y los dirigen a un cuarto privado.

 

Toman asientos. ¿Qué quiere usted conmigo? ella pregunta. Nada, él contesta. Ella baja su cabeza. No puede ser nada ya que lo veo en todas partes, ella dice. Usted es muy atractiva, él dice. Usted no sabe si soy casada o tengo novio, ella dice. Por eso estamos aquí, él dice. ¿Por que? ella pregunta. Para conocernos mejor, él dice. El mesero entra y toma la orden. Él había ordenado para los dos. ¿Usted vive en el Parador? ella pregunta. Sí, él contesta mirándola fijamente. Es un edificio muy lujoso, ella dice. No lo había notado, él dice. Soy soltera y sin compromiso, ella dice. ¿De veras? él pregunta. Ella se molesta. ¿Y usted? ella pregunta. ¿Que? él pregunta. ¿Es soltero? ella pregunta. Sí y ando buscando mujer. Me dice un buen amigo y colega que sin mujer no se puede vivir, él dice. Ella traga gordo. Qué modales, ella piensa tomando de su vaso de vino. Soy maquillista, ella dice. ¿Qué es eso? él pregunta. Trabajo en un salón de belleza maquillando, ella dice. ¿Para qué? él pregunta. Ella se molesta y lo vuelve a mirar a los ojos. Él acerca su rostro al de ella. ¿Qué es eso en sus pestañas? él pregunta. Mascara, ella contesta. ¿Mas qué? él pregunta. Ella le apaga los ojos. Perdóneme no entiendo nada de esas cosas. Las mujeres son muy raras, él dice. Los hombres también, ella dice. Sí, la humanidad esta loca, él dice. Ella mantiene silencio. Dos meseros les sirven. El jefe de cocina es un buen amigo, él dice. Él se levanta y le sirve. Ella lo mira asombrada. Luego él se sirve. Voy camino al hospital, él dice. Ella lo mira asustada. Trabajo de noche y siempre estoy aturdido y cansado, él dice. ¿Trabaja o es paciente? ella pregunta. Él se ahoga con el vino y comienza a toser. No podía dejar de reírse. Ella lo mira molesta pero él tenía una boca muy linda y unos dientes blancos hermosos. Aquí sirven la mejor langosta del mundo, él dice entre bocados. Ella mira el reloj en la pared, eran las doce de la noche.

 

Después de un silencio…

 

No me ha contestado. ¿Por qué me persigue? ella pregunta. Yo mismo no lo sé, estoy siempre trasnochado, él dice. No le creo, ella dice. No sé qué decirle, nunca miento, él dice firmemente. Ella se inquieta. El celular de Franco suena y él contesta. Sí, ya voy en camino, él dice. Me gustaría volverla a ver, él dice. Me ve todos los días, ella dice. Así, como esta noche, él dice. Él tenía una forma rara de hacer preguntas ya que movía su cabeza un poco a un lado esperando la respuesta. Tengo que pensarlo, ella dice. Él se avergüenza y enrojece. Ella baja su cabeza. Quizás le gustaría un lugar menos lujoso, él dice. No es eso es que no lo conozco, ella dice. Por eso estamos aquí, él dice. El mesero retira los platos y él se levanta y le separa la silla. Poco después ambos salen del restaurante y se meten al auto. Él la lleva frente al edificio y ella sale. Gracias, ella dice. Él no contesta y arranca.

 

Ella suspira hondo y entra al edificio. Se sentía cansada y confusa.

 

Su vecino estaba tratando de abrir la puerta de su apartamento, ella lo ayuda. Gracias, él dice. ¿Señor Rodríguez, qué hace afuera a estas horas? ella pregunta. No me sentía muy bien y me fui a tomar el aire fresco, él dice. Hace mucho frío, ella dice. Ya no me queda mucho de vida, él dice. Ella entristece y lo mira a los ojos. Qué pena verlo sufrir pero así terminarían todos, viejos y solos, ella piensa. Por favor, si necesita cualquier cosa solo tiene que marcar mi número de celular a cualquier hora del día o la noche, ella dice. Gracias, él dice tembloso.

 

El Día Siguiente

 

Amarilis sale del edificio. Franco estaba sentado en las escaleras, le ofrece un café, ella lo toma. ¿La llevo? él pregunta. Ella lo mira asustada. No solamente tenía el pelo mojado y de puntas sino que llevaba pantalones de pijamas y zapatos de diferentes colores. Ella traga gordo. Él la mira suplicante. Ella se sienta junto a él. Usted no se da cuenta que lleva pantalones de pijamas y que sus zapatos, ella dice. Él se levanta deprisa y se mira avergonzado, enrojece y baja su cabeza. No sabía qué hacer y estaba obviamente nervioso. Ella sintió lastima por él. Él aturdido, se lleva la mano a la cabeza. ¿Qué día es hoy? él pregunta. Jueves, ella dice. No he dormido, solo unas horas, él dice avergonzado. ¿Por que? ella pregunta. Necesito al menos cinco horas y por verla a usted no he dormido solo dos horas, él dice. ¿Por verme a mí? ella pregunta. Sí, él contesta. ¿Por que? ella pregunta. Usted me gusta, él dice sin verla a los ojos. ¿Usted es loco? ella pregunta. Él mira hacia lejos. Dicen que la locura y la inteligencia se unen y se entienden, es solo un paso de un lado al otro. Eso lo dijo..., él dice pensativo. ¿La inteligencia? ella pregunta. Perdóneme, él dice retirándose. Ella lo ve partir. Dios, qué suerte negra la mía, ella dice caminando hacia la estación de trenes.

 

Una Semana Después

 

Amarilis se asoma a la ventana. ¿Donde estas? ella se pregunta. El loco no la había vuelto a esperar con su café en manos. Quizás se había dado cuenta que ella era una mujer pobre. No puede ser, al menos, ella no era una loca arrebatada como él. Cabrón loco, ella dice en voz alta. ¿Por qué pensaba tanto en él? Era muy guapo y parecía limpio, acabado de salir de la ducha y su pelo, pues, un poco mojado. Debí haberlo tratado mejor. Dios mío, que tonta he sido. Qué carajo me importa si es loco o no, es rico. ¿Será un loco en la cama? Dios mío, necesito encontrarme un buen hombre. Me voy a poner vieja y al salón solo entran viejas y maricones, ella piensa.

 

Se mete bajo la ducha. Qué horror pensar que no había estado en la cama con un hombre tanto tiempo. No sabía ni lo qué era un beso. Era cobarde y no le gustaba ir a las barras ni a los clubes con miedo de encontrarse con un depredador.  Al menos el loco era loco y parecía saberlo, ella piensa.

 

Dos de sus amigas ahora tenían novios y salían en parejas pero ella no podía y no quería salir con ellas, se sentía vacía y sola. Se mira al espejo, era muy bonita pero demasiado seria y a los hombres le gustaban las mujeres coquetas y ligeras ya que no pensaban volver a verlas después de unos días en la cama, ella piensa.

 

Sale del edificio y cierra la puerta cuando tropezó y casi cae al piso. Allí estaba el señor Rodríguez. Ella se agacha. Señor Rodríguez, ella dice asustada. Él abre los ojos pero no podía hablar. ¿Qué le pasó? Ella pregunta ahora nerviosa  sacando el celular de su cartera, llama el 911.

 

Hospital, Mt Sinai

 

Sala de emergencia

 

¿Qué pasó? pregunta el doctor. Parece haber sufrido un derrame cerebral, no puede mover su lado izquierdo, dice el paramédico. Todos corren con la camilla y las enfermeras y dos doctores lo atienden.

 

En el vestíbulo, Amarilis conversa con administración. Yo no sé señorita, soy su vecina, dice Amarilis. Deme el número del dueño del edificio. Alguien tiene que saber si este señor tiene seguro de salud, dice la mujer. Aquí lo importante es que lo atiendan, dice Amarilis un poco molesta. Sí, pero entiéndame usted a mi, tengo que llenar las planillas, dice la mujer también molesta. Amarilis mira a su alrededor, el Mt. Sinai era uno de los hospitales mas conocidos alrededor del mundo especialmente por su centro de cardiología. La mujer llama por teléfono y se localiza con el dueño del edificio. Mientras conversan, Amarilis compra un café de una maquina y se sienta a esperar.

 

Una enfermera se acerca a ella. Señorita, se llevaron al señor Rodríguez a cardiología. Puede subir al segundo piso, dice la enfermera. Amarilis sube el ascensor al segundo piso y toma asiento. Nunca había estado en un hospital pero sí en muchas clínicas de drogadictos. Su madre, que también la había abandonado, ya no la reconocía. Se estaba muriendo y ella no iba a verla, nunca había sido madre para ella. Había sido una mujer egoísta y fría que solo pensaba en las jeringuillas y la cocaína. Ella entristece. Así como al señor Rodríguez le pasaría a ella algún día, sin nadie.

 

Señorita...

 

Ella sube su rostro que ahora estaba lleno de lágrimas hacia el doctor frente a ella. Se seca las lágrimas con sus manos y lo mira de arriba abajo. Se asusta. ¿Usted? Ella pregunta asombrada. Él se aclara la garganta. ¿Es su padre? él pregunta. No, un vecino, ella dice todavía asombrada. Yo soy cardiólogo, pase por acá, él dice. Ella lo sigue como sonámbula y entra a una oficina con el cardiólogo. Él se sienta, la vuelve a mirar fijamente, sonríe. Ella hace por sonreír pero no podía, estaba paralizada de cuerpo y alma. El señor Rodríguez necesita cirugía cardiovascular y pronto. ¿Le conoce usted algún familiar? él pregunta. No, ella dice. Él no puede hablar, él dice. Ella se asusta y las piernas le comenzaron a temblar. Yo puedo entrar y hacerle preguntas, quizás él autorice la cirugía con una señal, no sé, ella dice nerviosa. Él la mira fijamente y suspira hondo. Es un hombre de avanzada edad y puede ser que no supere la operación, él dice. Lo sé, ella dice entristecida. Una enfermera entra y conversa con el cardiólogo. Gracias, él dice y la enfermera sale de la oficina. Acabamos de encontrar a un nieto del señor Rodríguez, él dice. Ella vuelve a suspirar hondo y se levanta, sus piernas temblosas. Él la mira de arriba abajo.

 

Ella abre la puerta y se voltea lentamente. ¿Por qué no me dijo que era cardiólogo? ella pregunta. Perdóneme, usted no me preguntó mi oficio y soy hombre de pocas palabras, él dice. Sí, de muy pocas palabras, ella dice molesta. Espere, él dice. Mire, yo a usted la vi un día salir de la estación de trenes y me... atrajo. Yo trabajo a todas horas y a veces solo duermo unas horas. Para poder verla a usted llevo una alarma aquí, él dice mostrando su reloj Rolex. Quizás esté loco, pero cuando estoy aquí y tengo en mis manos la vida de un ser humano, soy otro, audaz, capaz e un genio, él dice. Ella le mira pensativa. Gracias, ella dice saliendo de la oficina.

 

Una Hora Después

 

Franco y Alejandro

 

Haga lo qué sea por él, dice Alejandro tristemente. ¿Tiene él mas familiares? pregunta Franco. No, yo siempre he sido el único que lo ha procurado. No fue un buen hombre. Dejó a mi abuela por otra mujer y nunca procuró a sus hijos. Nadie lo quiere. Yo supe de él hace poco y lo encontré pero ya era muy tarde, estaba enfermo y no sabía quien yo era. Me siento responsable por él, dice Alejandro. Yo sinceramente no creo que debamos operarlo, no le falta mucho de vida, dice Franco. Alejandro baja su cabeza. ¿Cuanto tiempo? pregunta Alejandro. Una semana, quizás, dice Franco. Me dicen que una vecina lo trajo, dice Alejandro. Sí, la señorita esta afuera en la sala de espera, dice Franco. Quiero conocerla y darle las gracias, dice Alejandro. Franco se endereza en su asiento. Pues, ella es una amiga mía y, pues, vamos, yo se la puedo presentar, dice Franco mirándolo de re-ojo.

 

Ellos salen a sala de espera. Amarilis se encontraba leyendo el periódico cuando los ve acercarse. Se levanta asustada. Ella es Amarilis Robles, dice Franco. Señorita, yo soy Alejandro Juan Rodríguez, el nieto de Juan, él dice. Mucho gusto, ella dice. Quería darle las gracias por todo. Se lo agradezco de lo más hondo de mi alma, dice Alejandro ahora sentándose y cubriéndose el rostro con sus manos, solloza. Ella se sienta junto a él y lo consola. Hm, hm, Franco se aclara su garganta. Ella lo mira a los ojos. ¿Que? ella pregunta. Nada, dice Franco molesto. Con su permiso, él dice alejándose. Ella le ve partir.

 

El cardiólogo es un loco, ella dice. ¿Qué dice? pregunta Alejandro. El cardiólogo, ella dice. Parece un buen hombre, dice Alejandro. No lo sé, pero tiene la oficina llena de placas y honorarios, diplomas y hasta trofeos, ella dice. Sí, los vi, él dice. Es que para mi no esta bien de la cabeza, ella dice. No diga eso. Me dijeron que mi abuelo ya se hubiese muerto sino fuese por él. Le dio tiempo hasta que yo llegara, dice Alejandro. Ella le mira a los ojos. Era un muchacho trigueño, alto y buen mozo. Ella baja su cabeza. ¿Usted vive cerca? él pregunta. Sí, Juan es mi vecino, ella dice. Solo le falta una semana de vida, dice Alejandro. Pero el cardiólogo me dijo que lo iban a operar, ella dice. No, quizás lo dijo para no inquietarla, esta bajo una coma, dice Alejandro. Ella no pudo evitar las lágrimas y él la abrazó. Usted debe volver a su casa, yo me pienso quedar aquí, dice Alejandro. Este es mi número, por favor, llámeme, ella dice. Esta bien, él dice. Lo siento mucho, ella dice levantándose de su asiento y poco después sale del hospital.

 

Ya era demasiado tarde para entrar a trabajar. Llamó a Phillip y se disculpó y tomó un taxi a su casa. Durante el viaje no podía quitarse a Franco del pensamiento. Un loco cardiólogo. ¿Dios mío lo sabrán sus pacientes? ella se pregunta. Sin embargo, hoy no parecía un loco. Era otro hombre, distinguido, alto, autoritativo. Que raro todo esto, ella piensa.

 

Al llegar a su apartamento se metió bajo la ducha y se cambió a pijamas. Se acostó, estaba cansada física y mentalmente.

 

Franco y Alejandro

 

Lo siento mucho, dice Franco. Usted hizo todo lo posible, dice Alejandro. Si lo hubiese conocido antes, no le pasa esto. Bueno, es decir, hubiese muerto sin dolor alguno, dice Franco. Él no era de ir a ver un medico, se dejó morir, dice Alejandro. Cuente conmigo para lo qué sea, dice Franco extendiéndole su mano. Necesito llamar a la señorita, dice Alejandro. No se preocupe, yo hablaré con ella, dice Franco. ¿La conoce usted? pregunta Alejandro. Sí, no vivo muy lejos de ella, dice Franco. Como quiera me gustaría volver a verla, dice Alejandro. Pues, dice Franco pensativo. Quizás lo invitemos a la boda, dice Franco. ¿A la boda? pregunta Alejandro asombrado. Sí, la señorita es mi prometida, dice Franco. No, no lo sabía. “El cardiólogo es un loco”, piensa Alejandro recordando las palabras de Amarilis. Bueno doctor, gracias otra vez, dice Alejandro retirándose. Franco se queda mirándolo partir.

 

Doctor Almendari, el paciente Flores esta listo para el trasplante de corazón, dice una enfermera. Sí, ya voy, dice Franco...

 

Amarilis

 

Se encuentra tomándose un té frente a la televisión cuando alguien toca a la puerta. Ella se asoma al agujero, era Alejandro. Ella abre la puerta. Hola, dice Alejandro con un ramos de rosas rojas en sus manos. Hola, ella dice permitiéndole paso. ¿Para mi? ella pregunta. Sí, por haber sido tan linda con mi abuelo, él dice. Gracias, ella dice. Por favor tome asiento, ella dice, sacando unas almohadas del medio. Él se sienta en el sofá.

 

Él baja la cabeza. Ella se sienta junto a él. El abuelo falleció, él dice. ¿Que? Ella pregunta ahora sollozando. Lo siento, murió después que usted partiera. Trataron de revivirlo pero les pedí que no, estaba demasiado frágil, dice Alejandro. Se abrazan. Hiciste bien, ella dice. ¿Quieres un té? ella pregunta. ¿Café? él pregunta. Sí, ella dice levantándose. Él se levanta y la sigue a la cocina.

 

No sabía que eras la comprometida del cardiólogo, él dice. ¿Cómo que la prometida? Ella pregunta volteándose asombrada. Él me dijo que están comprometidos y que quizás me invite a la boda, él dice. Ella traga gordo y vuelve y se voltea a preparar el café. A mi ese hombre me pareció un genio, él dice. Ella le mira asustada. Silencio. ¿Por qué dijiste que era loco? él pregunta. Porque lo es, y no soy su prometida. A penas lo conozco. Esta mas loco que una cabra, ella dice. ¿Que una cabra? él pregunta. Ay, no me haga caso. Ella le sirve el café y ambos se sientan a la mesa del comedor. Yo no quiero meterme en cosas de enamorados, él dice. Ella baja su cabeza pensativa. Lo conocí apenas hace unas semanas. Se me presentó cuando iba a trabajar y luego todas las mañanas me espera con café. Vestido en pantalones de pijamas, camisas desabotonadas y el pelo mojado y sin peinar, ella dice. Él hace por sonreír. Me dijo que no duerme bien, solo unas horas, ella dice. Él toma de su café. Dicen que si uno no duerme las horas necesarias, se puede volver loco, alucinar y hasta no acordarse de lo qué hace, él dice. Quizás, pero es cardiólogo, por Dios, Alejandro. Habrá mucha gente caminando las calles con el corazón de arriba para abajo, ella dice. Él ríe a carcajadas. Los doctores de emergencia duermen muy poco, él dice. ¿Estudias? ella pregunta. Sí, él contesta. Ella mantiene silencio. Había perdido el interés y solo pensaba en Franco.

 

Es tarde y debo irme, él dice. ¿Cuando lo entierran? ella pregunta. No lo van a enterrar, él quería incineración, él dice. ¿Donde vives? ella pregunta. En el Bronx con un hermano, él dice. Ella camina con él hasta la puerta. Me gustaría volver a verte, él dice. Pues ya tienes mi número, ella dice. Él la besa en la mejilla y ella cierra la puerta.

 

¿Qué se traerá el loquito? Ella se pregunta un poco molesta.

 

Mt Sinai

 

Doctor Almendari, el niño del 534 se ha despertado, dice una enfermera. Ya voy a verlo, él dice. Los pacientes en el pasillo lo saludan y algunos familiares le besan las manos. Él se avergüenza y enrojece. Las enfermeras le quitan la gente de encima y él sigue su camino de vez en cuando volteándose a mirar a la gente que todavía lo miraba con adoración. Se asusta y camina más deprisa. Las enfermeras se miran y sonríen entre ellas.

 

La Habitación 534

 

¿Cómo te sientes? pregunta Franco. El niño simplemente le mira a los ojos, sus ojos sollozos. Él le toma la mano en la suya. Te vas a recuperar y pronto estarás jugando con tus amiguitos, él dice sonriendo. El niño le aprieta la mano y una lágrima corrió lentamente por su mejilla ahora rosada. Franco baja su cabeza. Por esto era doctor, por los niños desamparados y enfermos por falta de atención médica y seguro de salud. Él lo besa en la frente y sale de la habitación. Afuera lo esperaban unos doctores y juntos entraron el salón de conferencias.

 

Al él entrar todos se ponen de pies, él se asombra. Todos comienzan aplaudir. Ganaste el premio de nuevo, hijo e puta, dice el jefe del departamento de cardiología vascular. Él sonríe y todos vuelven aplaudir. ¿Cómo lo haces? Pregunta uno de los doctores presentes. No duermo, él contesta. Todos ríen. Necesitas casarte y tener hijos, sino te hundes en el trabajo y te pones viejo, dice otro de los doctores. Sí, ya pronto me caso, él dice. ¿Cómo dices? Pregunta otro de los presentes, todos ríen. Me caso pronto, él contesta un poco avergonzado. Felicitaciones, dicen todos echándole un brazo y extendiéndole la mano. Gracias, él dice ahora pensativo. Se rasca la frente. No lo he logrado solo, ustedes han sido la razón por la cual he logrado todo lo que tengo, él dice. Mientes, yo no sé ni como lo haces pero ni siguiendo todos tus pasos, aprendo. Carajo, Franco, por Dios dame un poco de eso que estas tomando, ríe el jefe de cardiología vascular. Todos ríen a carcajadas y las enfermeras entran con champaña. Luego todos festejan contentos pero no por mucho tiempo ya que sus comunicadores comenzaron a sonar y todos tuvieron que salir corriendo a sus puestos.

 

Horas de la Madrugada

 

Amarilis no podía dormir, se levanta y prepara un té y se asoma a la ventana. No puede ser, ella dice asombrada. Allí estaba el loco, todavía en su uniforme de doctor. ¿Qué haces? Ay parece que se le perdió algo, ella dice. Él caminaba de un lado al otro mirando el suelo, se agacha varias veces. ¿Estará borracho? ella se pregunta. Él sube la cabeza y logra verla mirando por la ventana y le hace señal que baje. Ella cierra la cortina aterrorizada, se asoma temerosamente a volverlo a ver. Luego se fija en el reloj de la cocina, las tres de la mañana. Se vuelve asomar moviendo la cortina despacito, todavía estaba allí como estatua. Ella entra a su habitación y se cambia de ropa y se pone su abrigo y baja en el ascensor. Él se acerca al verla. Ella llevaba una lata de insecticida por si acaso.

 

¿Qué hace? ella le pregunta. Vine a verla, él dice. ¿Sabe usted que son las tres de la mañana? ella pregunta. No, él contesta. Tenía una manera de contestar sin pensar, rápido y sin interés. Él baja su cabeza. ¿Se le perdió algo? ella pregunta. Sí, él contesta. ¿Que? ella pregunta. Usted, él contesta. Ella se asusta. Yo no le pertenezco, ella dice. Él baja su cabeza, se veía cansado. Ya sé que Juan murió, me lo dijo Alejandro, ella dice. Él sube su cabeza a mirarla. ¿Estuvo aquí? él pregunta. Sí, vino a visitarme, ella dice. ¿A su apartamento, subió arriba, a solas con usted? él pregunta. Sí, ella contesta. Él se inquieta y lleva sus manos a su cintura. También me dijo que usted y yo nos pensamos casar pronto, ella dice gozando de la inquietud que él sentía. Pues sí, él dice molesto, empuña sus manos. Ella agarra la lata de insecticida más fuerte. Yo no sabía que tuviera novio, fíjese usted, ella dice. Pues sí, me he fijado bien y usted me gusta, él dice acercándose a ella. Ella saca la lata de insecticida. No se acerque, ella dice. Él se detiene. ¿Qué rayos es eso? él pregunta. Para las cucarachas, ella dice. Él pensativo se rasca la cabeza y luego baja su cabeza y camina despacito, alejándose. Ella le ve partir. A poca distancia nota que había un hombre que lo esperaba, parecía un chofer.

 

No debí haberlo despreciado. Ay no sé lo qué me pasa con él, ella piensa.

 

Una Semana Después

 

Amarilis no podía sacarse a Franco del pensamiento. No lo había visto de cerca. La esperaba y la miraba de lejos, al cruzar la calle recostado de un poste tomando café. Ya le hacia falta su presencia pero todavía le temía aunque parecía respetarla. Ella lo ve esperándola, se acerca a él. Buenos días, ella dice. Buenos días, él contesta. No voy a trabajar, tengo libre, ella dice. Gracias por avisarme, él dice. ¿No tiene usted nada mas que hacer que esperarme todas las mañanas? ella pregunta. Tengo que dormir, él dice. Pues descanse, le hace falta, ella dice. Usted me hace falta, él dice. Ella se inquieta con la mirada de Franco, parecía estar apasionado.  Debe buscarse una mujer que lo cuide, ella dice. En mi casa hay varias mujeres que me cuidan, él dice. Ella le mira molesta. ¿Varias mujeres? ella pregunta. Sí, sirvientas, nanas, él dice sonriendo. Ella le apaga los ojos y cambia su cara. Me gusta, él dice. ¿Que? ella pregunta. Eso que usted hace, así como que quiere pegarme, él dice llevando su mano a su rostro. ¿Se acuesta usted con sus sirvientas? ella pregunta. Él la mira sin comprender. No, no sabía que eso era permitido, él dice. Ella vuelve a pagarle los ojos. Él sonríe. La estoy esperando a usted, para eso mismo, él dice. Ella se molesta y mantiene silencio. El cuerpo de una mujer es muy fácil de complacer, en manos expertas, él dice. Buenos días, ella dice alejándose. Él la ve partir sin comprender por qué se había ofendido.

 

Tres Días Después

 

Amarilis sale de su edificio y mira a su alrededor. El loquito no estaba, no lo había visto en varios días. Ella suspira hondo. A lo mejor se murió por falta de sueño, ella piensa cruzando la calle. Se voltea a ver si logra verlo, pero nada y sigue su camino a la estación de trenes. Baja las escaleras junto a muchas otras personas y allí estaba él, esperándola. Ella lo mira fijamente y lo mira de arriba abajo, traga gordo. Tenía una gorra, su abrigo abierto, jeans rotos y chanclas sin medias. Hola, él dice. Hola, ella contesta. Él la toma de la mano y ella se asusta. Hoy no tiene que ir a trabajar, él dice. ¿Por que? ella pregunta nerviosa. Él la mira un poco avergonzado y mira a su alrededor aturdido, hace por hablar pero no le salen las palabras. Ella sale de la estación con él. Se me hace tarde, ella dice, pero él no la soltaba. Afuera un chofer les esperaba. Ella entra el auto nerviosa. Franco, se me hace tarde, ella vuelve a repetir. Llama a tu jefe, él dice sentándose junto a ella. Ella llama por celular nerviosa.

 

Phillip, ella dice. Hola linda. Me imagino que ya te enteraste, dice Phillip. ¿Enterarme de qué? ella pregunta. ¿Pues, hablaste con tu comprometido? él pregunta. ¿Cual comprometido? ella pregunta asustada. Bueno, pues él estuvo aquí tarde después de tú salir. Me dijo que pronto se casan y que te vas a tomar unas semanas de vacaciones. No lo esperaba. Yo ni sabía que tuvieras novio pero te felicito. No creo que él esté a gusto que regreses pero si quieres volver, te espero, él dice. Ella cuelga y mira a Franco a los ojos furiosa. Lo abofetea fuertemente. Déjeme aquí, ella dice. El chofer asustado estaciona.

 

Espere, está bien, debí haber consultado con usted, pero escúcheme, por favor, él dice. Ella le mira a los ojos. Yo necesito casarme, hacer una familia para poder adoptar a un niño. Un niño huérfano, la he escogido a usted. Soy un hombre millonario y se dice que a las mujeres les gusta eso mucho, el dinero, él dice. Ella le mira asustada y traga gordo. También le prometo felicidad, él se corrige. Él sube una mano hacia ella y ella se retira. No pienso tocarla, usted me gusta pero ya veo que no tiene interés en mí. Soy un poco raro, así dicen todos. Sé que quiero ser padre, que no quiero que el niño regrese al orfanato, ayúdeme, él dice suplicante. Dios mío, ella dice un poco mareada, abre la puerta y sale afuera a tomar el aire. Él baja su cabeza desesperado. Ella vuelve a entrar después de unos minutos. ¿Necesito firmar contrato? ella pregunta. Lo qué usted quiera, él contesta. Prosiga, ella le dice al chofer y éste sonríe y arranca.

 

Edificio El Parador

 

El chofer les abre la puerta y ellos salen y entran al edificio. Los guardias de seguridad saludan sonrientes. Ella mira a su alrededor. Había seis ascensores pero ellos fueron dirigidos a través de una puerta privada adonde se encontraba un ascensor con un guardia de seguridad. Subieron al quinto piso y cuando las puertas abrieron se encontraron en una sala. Una sirvienta les saluda sonriente. Mariela, ella es Amarilis, mi futura esposa, él dice. Señora, dice la sirvienta, bienvenida a su casa. Gracias, dice Amarilis mirándola un poco nerviosa. Era una mujer que parecía filipina. Él la toma de la mano y la dirige a una sala, había un bar y un sofá de cuero negro adornado de una madera gruesa con un diseño griego. Ella lo admira todo asombrada. La sirvienta entra con jugo de naranja y café y ellos se sientan juntos. ¿Has desayunado? él pregunta. No, pero no sé si pueda, ella contesta. Él pensativo se rasca la cabeza. No tenemos que dormir juntos, él dice. Ella le mira de re-ojo, él se avergüenza y baja su cabeza. Nos vamos a casar aquí entre familia, él dice. ¿Cuando? ella pregunta asustada. En dos semanas, él dice. Ella traga gordo. Mis padres viven en el segundo piso. De aquí se puede bajar directamente, él dice. ¿Cuantos piso tienes este edificio? ella pregunta. Doce, él contesta. Era una mansión pero con el tiempo se convirtió en un hotel y luego, después de la guerra, él dice pensativo, mis padres lo remodelaron y lo convirtieron de nuevo en una mansión lujosa, él dice. ¿Naciste aquí? ella pregunta. No, soy adoptado, él dice. Ella lo mira a los ojos. Sé que debes tener muchas preguntas, él dice. ¿De qué nacionalidad eres? ella pregunta. Filipino, él contesta. Dios mío, sí, por eso los ojos achinados, ella piensa. Mis padres, bueno ya los conocerás, él dice. ¿Y tus padres de sangre? ella pregunta. No sé, mis padres adoptivos me adoptaron de tres años en Manila, él dice pensativo.

 

La sirvienta vuelve a entrar. Señor, lo llaman del hospital, ella dice. Con el permiso, él dice levantándose y saliendo por una puerta. Ella se levanta y se asoma a la ventana. Había una terraza hermosa y una piscina se podía ver aunque ahora cubierta con una carpa.

 

La sirvienta vuelve a entrar. ¿Desea café? ella pregunta. Sí gracias, ella dice siguiendo a la sirvienta. Mariela, ella dice. Bonito nombre, dice Amarilis. Mariela sonríe dulcemente, era una mujer de avanzada edad pero muy bonita. Entran a la cocina. Al señor hay que siempre velarlo, sino sale sin zapatos a la calle, ríe Mariela. Amarilis también ríe. Sí, lo sé, ella dice sonriente. Trabajo con la familia muchos años, dice Mariela. ¿Es usted filipina? pregunta Amarilis. Sí, los señores me contrataron en Manila y me trajeron a vivir con ellos como nana, sonríe Mariela. ¿El señor nunca se ha casado? pregunta Amarilis. Nunca, pero sí tenía muchas pretendientes. Él es tímido y excéntrico, dice Mariela. Parece latino, dice Amarilis. Pues sí, algunos  todavía hablamos castellano en Manila, pero mi familia habla tagalo y es el idioma principal de Manila y otras de las islas filipinas, ella dice. Yo soy puertorriqueña, dice Amarilis. Ya sé por qué el joven Franco la escogió, usted es muy linda y muy dulce. Él dice que las mujeres que se ensucian sus rostros y siempre andan con tacones y encajes, tienen las cabezas vacías, ella dice. ¿Por qué se ensucian los rostros? pregunta Amarilis. Maquillaje, dice Mariela. Amarilis sonríe y después de unos minutos ambas ríen.

 

El joven Franco como usted dice anda con zapatos de diferentes colores, dice Amarilis en voz baja. Yo no le digo nada porque va y se cambia y se pone dos pantalones, uno encima del otro, dice Mariela con sus ojos engrandados. Amarilis traga gordo. En eso entra Franco. ¿Café? él pregunta. Sí, pero ya te has tomado cuatro tacitas de café cargado, dice Mariela. Él se rasca la cabeza, un signo que estaba pensativo. Amarilis le mira de arriba abajo. Se había metido bajo la ducha otra vez y se había cambiado a un par de pantalones de salir, zapatos costosos y una camisa blanca. Ella baja su cabeza, que guapo es, ella piensa suspirando hondo.

 

Vamos a ver a mis padres, nos han invitados almorzar, él dice. Ella se asusta. No estoy vestida apropiadamente, ella dice. ¿De veras? él pregunta. Pues no podemos y no debemos hacerlos esperar, él dice firmemente tomándola de la mano.

 

Tomaron el ascensor privado hasta el segundo piso y otra sirvienta filipina les recibe sonriente. Esta era mas joven. Ella es Amarilis, mi futura esposa. Ella es Carolina, él dice. Mucho gusto y bienvenida, dice la sirvienta. Gracias, dice Amarilis.

 

Al entrar a la sala, él toma a Amarilis de la cintura. Sentada había una señora de avanzada edad de piel negra, se levanta y se acerca. Hija, ella dice abrazándola. Amarilis la abraza. La mujer la mira a los ojos. Eres muy linda, dice la mujer. Mamá, ella es Amarilis, mi madre, Sofie, él dice. Mucho gusto, dice Amarilis asombrada. No sabía que los padres de Franco eran de avanzada edad y menos que su madre adoptiva era de piel negra. El hombre estaba sentado en una silla de ruedas y Franco lo despierta. Papá, él dice. El hombre abre los ojos asombrado. Él es mi padre, Luis, él dice. Mucho gusto, Amarilis, ella dice. Luis la atrae hacia él abrazándola. La mira a los ojos. ¿Eres mejicana? él pregunta. No, puertorriqueña, ella dice. Yo nací en Jalisco, dice Luis. Ella sonríe.

 

Franco y Amarilis toman asientos. Pensamos casarnos aquí en dos semanas, dice Franco. Hijo, pero el mundo entero debe saber que te casas, dice Sofie. ¿El mundo entero? él pregunta preocupado. Déjalo que él haga lo qué quiera. La vida es muy distinta a nuestros tiempos, dice Luis. No sé como te conoció mi hijo, es muy tímido, sonríe Sofie. Amarilis baja su cabeza. Sofie ríe. No me lo tienes que contar ahorita pero me gustaría saberlo, ríe Sofie. Franco baja su cabeza como solía hacer cuando estaba avergonzado. Mi hijo es un genio, dice Luis. Amarilis sonríe. Sabes que nunca jugaba con juguetes como los demás niños, se aburría. En la escuela sabía mas que los profesores y nos dimos cuenta que era diferente a los demás. Es único, un genio en un mundo que ya se esta hundiendo en la pobreza y el orgullo que poseemos los humanos. Él no vive en nuestro mundo, lo mira de lejos, dice Luis seriamente. Amarilis se inquieta. Franco se aclara su garganta y Sofie se excusa y unos minutos después los llama a todos a la mesa del comedor.

 

Amarilis lo admira todo con curiosidad. Era gente de mucho dinero, que había viajado el mundo entero. Había fotos de ellos hasta frente a las pirámides, Egipto, piensa Amarilis. Sofie era alta y delgada, su piel negra era muy atractiva y sus cabellos eran cortos y blancos, tenía un rostro agradable y bonito. Luis parecía llevarle diez años y también era delgado con ojos verdes. Hacían una bonita pareja. ¿Como fueron a dar con el niño huérfano en Manila? ella se pregunta.

 

¿Sabes que Franco piensa adoptar un niño de cuatro años? pregunta Sofie. Sí, contesta Amarilis. ¿Lo has conocido? pregunta Sofie. No, todavía no, dice Amarilis. Franco y Luis conversaban entre ellos sobre asuntos del hospital. Nosotros no pudimos tener hijos y después de muchos años y muchas angustias y decepciones, decidimos adoptar. Mi hijo es filipino. Era un bebé hermoso. Me enamoré del y no lo dejé ni un segundo, dice Sofie con lágrimas en sus ojos. Amarilis sonríe. Me imagino que mi hijo y tú tendrán hijos pero el niño es divino y mi hijo le salvó la vida con una cirugía de corazón abierta, dice Sofie. No sabía que era cardiólogo pediatra, dice Amarilis. Él no lo es pero fue a él a quien acudieron cuando el niño estaba apunto de morir, dice Sofie. Yo misma no lo sabía hasta hace muy poco, continua Sofie tomando de su vaso de vino. Me gustaría mucho conocerlo, dice Amarilis. Sabes, yo nunca tuve mucho de nada. Conocí a mi marido en la universidad de Boston, nos enamoramos y hasta hoy lo estamos, continúa Sofie, yo no sabía que sus padres eran millonarios. Mi marido y mi hijo no son millonarios monetarios sino de corazón, de bondad, dice Sofie. Amarilis la admira, era una mujer dulce y bondadosa, en paz consigo misma.

 

Unas horas después de haberle mostrado fotos de Franco cuando niño, Sofie la miró a los ojos. Mi hijo no es sociable, le gusta estar solo y lee mucho. Él dice que no ve el mundo como los demás. Lo ve todo desorganizado. Dice que los humanos han hecho un desastre del mundo, que somos un virus, una plaga. Su inteligencia supera a muchos pero prefiere mantenerse en las sombras aunque de cada rato se aparece uno que otro con honorarios por sus logros en la medicina. Lo veo como a un científico que al darse cuenta que todos estamos equivocados, decide mejor mantener silencio y observarnos desde lejos, ella dice pensativa.

 

Los ojos de Amarilis se encuentran admirando al hombre, aquel hombre que pensó loco, que todavía lo pensaba, que era de ser su marido y algún día padre de sus hijos. ¿Podría comprenderlo, hacerlo feliz? ella se pregunta. Él la mira y sonríe. Sí, ella piensa.

 

Dos Semanas Después

 

La Boda

 

Sofie y Amarilis habían salido de compras y como madre e hija habían organizado la boda, una boda simple entre familiares, los cuales eran muy pocos. Phillip, Marisa y Carmina acudieron felices admirándolo todo con curiosidad. Alejandro y su novio Antonio también acudieron felices de haber sido invitados.

 

Cuando Amarilis salió a la terraza en su vestido de novia, todos dejaron de respirar por unos segundos. Era hermosa, delicada y sencilla. Sin maquillaje ni tacones ya que Franco no entendía el porqué las mujeres se sometían a la tortura de tacones y sucio en sus rostros, ella sonríe pensativa. Alejandro tomó las fotos, ya que era fotógrafo y Antonio le había cosido su vestido como un ángel. Tan de ella era aquel vestido que parecía flotar en el aire como una segunda piel. Era un vestido color crema ajustado a su cuerpo, le llegaba a mitad de piernas, mostrando su hermoso cuerpo. Un escote mostraba su espalda hasta la cintura y sus brazos desnudos, la tela fina la acariciaba sensualmente y en su pelo, una sola flor, una margarita.

 

Franco nervioso hace por no mirarla, ya se sentía incomodo con la atención de todos. ¿Cómo había dado con ella? No lo sabía, solo sabía que era de ser del y que jamás volvería amar a otra. Ella lo mira con dulzura y sus ojos se llenan de lágrimas. ¿Quién era aquel hombre que con su persistencia la había acosado, seguido como una sombra, venciéndola? ¿Qué la había elegido a ella para su esposa y madre de sus hijos? ¿Que había perdido sueño para entrar al mundo ajeno al cual tanto le temía para invitarla a entrar a su mundo? Un mundo que pocos conocían, al borde de la locura, a un paso, ella piensa.

 

Días Antes...

 

Amarilis entra la habitación 534. Era un cuarto privado con enfermera las veinticuatro horas del día. El niño era pequeñito, quizás más que niños de su misma edad. Era hermoso con sus ojos grandes y negros. Al verla sonrió dulcemente. Ella se acerca y le toma la mano en la suya y lo besa en la frente. ¿Cómo te llamas? Ella pregunta ya que nadie le había dicho su nombre. David, él responde. David como el ángel, ella dice acariciándole el rostro. Yo soy Amarilis, ella dice. La enfermera se acerca. Pronto podrá irse a su casa, esta dice. ¿Como esta? ella pregunta. Muy bien, es un niño muy fuerte, dice la enfermera. ¿Por qué esta la habitación tan vacía? Las otras habitaciones de niños están decoradas con ositos y juguetes, ella dice. El doctor no lo cree conveniente, contesta la enfermera. Pues cuando estés en tu casa vas a tener un cuarto lleno de juguetes, le dice Amarilis. El niño sonríe. ¿Cuales juguetes te gustan? ella pregunta. Aviones, camionetas y “transformers”, él contesta sonriente. Pues te voy a contar un secreto, ella dice acercándose a él, a mí también, ella sonríe. Ambos ríen.

 

Al Amarilis salir del cuarto no pudo evitar las lágrimas que tanto había evitado frente a David. No sabía por qué había sentido tanta tristeza, no solamente por aquel niño pero por todos los niños del mundo que no tenían juguetes. La enfermera acude a ella. Por primera vez en su vida había sentido lo qué era ser madre, un amor tan sano y puro que la hizo estremecerse. Gracias, ella le dice a la enfermera. Poco después salió a administración donde Sofie la esperaba. Eran inseparables, su suegra y ella, más que amigas, hermanas. Sofie la abraza fuertemente. Es hermoso, llora Amarilis. Lo sé, dice Sofie también sollozando.

 

El Presente

 

El juez que los unió en matrimonio era un viejo amigo de familia. Las sirvientas, el chofer, los cocineros, todos estaban presentes y sonrientes. Marisa y Carmina con lágrimas en sus ojos lo miraban todo como si fuera un sueño, un sueño de cenicientas y Phillip contento no podía dejar de pensar, que suerte la de esta mujer. Sin embargo, Franco un poco nervioso no parecía disfrutar de nada. Todo lo veía como una comedia, imágenes y sombras, sonrisas y lágrimas, flores...

 

Ella lo toma del brazo y se besan tiernamente en los labios, aquel beso que los unió en matrimonio, aquel día soleado de Marzo, les prometió muchos años juntos, muchos besos y abrazos y mucha felicidad.

 

Luego, entre las risas, las conversaciones y el champaña fue pasando la noche lentamente y todos disfrutaron de una cena fabulosa y las atenciones de la servidumbre y la música suave de piano.

 

Franco sonreía con todos y conversaba contento pero sus ojos nunca dejaron de admirar a su esposa, podría él hacerla feliz. Tendría que enfocarse en ella como hacia con todo en su vida, completa concentración y dedicación. El la mira de arriba abajo, todo lo demás le parecía lejano, con poca importancia, entre tinieblas pero ella no. Ella era real y le pertenecía como sus pensamientos, su intimidad, sus sueños y su mundo del cual salía pocas veces- su mundo del cual se asomaba a ver a los demás jugar con sus juguetes, conversar demasiado y sin importancia-  sin darse cuenta que no eran tan importantes como seres humanos como las demás criaturas del mundo. Eran simplemente insectos, insectos que creaban construcciones de viviendas como los comejenes, que hacían guerras y se destruían unos a los otros y todo por nada, no había nada al otro lado del túnel, él piensa. Ella se acerca y él se pega un brinco. Estas muy callado, ella dice. Él sonríe un poco avergonzado. Solo quiero estar a solas contigo, él dice. Ella traga gordo. Nunca había hecho el amor con él y todavía pensaba que era un poco alocado, le temía. No entendía mucho de aquel hombre que a veces la miraba de lejos pensativo, que siempre parecía pensativo, sin descanso alguno, sin placer...

 

Horas después

 

En la intimidad

 

Amarilis sale del baño y él estaba asomado a la ventana, completamente desnudo. Ella se inquieta, era un hombre tan guapo que hacia a una temblar pero él no parecía saberlo. Él se voltea a mirarla y ella le mira de arriba abajo. Dios mío que guapo es, ella piensa. Él se acerca y la besa en los labios tiernamente y luego con insistencia, le mete la lengua mordiéndola apasionado, ella se asombra. Él nunca la había besado así y antes de saber lo qué estaba ocurriendo él la tenía en sus brazos y la llevaba a la cama como si no pesara nada.

 

La coloca en la cama y la desnuda y ella todavía temblosa, como si fuera una virgen en su primer encuentro amoroso, temerosa pero curiosa. Él la admira y comienza a besarle el cuerpo entero, a pasarle su lengua ardiente, despertando su piel y ella se excita tanto que quería comérselo vivo. Era fuerte, apasionado y conocía el cuerpo de una mujer como si él mismo lo hubiese formado con sus propias manos y antes de ella volver a la realidad, él estaba dentro de ella insistente, demandando con su fuerza, extrayendo la pasión del cuerpo de Amarilis, haciéndola entregarse de cuerpo y alma. Este era su marido, apasionado, mirándola en silencio de lejos, pensativo, feroz en la cama, apasionado como ninguno otro y dejándola suspirando hondo, asombrada...

 

Hicieron el amor toda la noche y él no parecía cansarse, era insaciable y demandante...

 

Cuando al fin se quedó dormido, ella se levantó y entró al baño y se metió bajo la ducha. Su piel estaba tan caliente que parecía sofocarla. Jamás en su vida había hecho el amor así, no era posible. Nunca había pensado que los hombres conocían el cuerpo de una mujer y sus secretos pero estaba equivocada. Su marido no era como los demás hombres, era diferente...

 

Cuando ella salió del baño, él ya no estaba. ¿Franco? Ella llama pero él no estaba en la habitación. Ella sale al pasillo entre las habitaciones buscándolo cuando escucha la ducha en una de las habitaciones y entra. Me asustaste, ella dice. ¿Por que? él pregunta. No sé, al no encontrarte, ella dice saliendo del baño. Aquella habitación era de huéspedes. Algún día sería para su primer hijo, ella piensa. La habitación de David todavía permanecía vacía ya que él todavía estaba recuperándose en el hospital. Ella entra a la habitación, la cual estaba decorada expertamente. Sofie se había encargado de todo y había juguetes y juegos electrónicos, una computadora y un piano. La cama era hermosa y lujosa y las paredes estaban decoradas con aviones y camiones que parecían salir y entrar por las paredes. Que bien se sentía allí, era un paraíso infantil, todo un sueño de niño, ella piensa. Él entra y ella se estremece al sentir sus manos en su cintura, se besan en los labios. Vamos a comer, qué hambre, él dice. Ella sonríe dulcemente.

 

Horas después el sol entra por la ventana y ella se levanta y entra al baño, él no estaba. Luego ella lo encuentra sentado a la mesa del comedor tomando café y leyendo el periódico. Buenos días, ella saluda. Buenos días, él contesta sonriente. Se besan y ella se sienta y se sirve café. ¿Estaba aquí Carolina? ella pregunta. No, Mariela, él dice. ¿Donde viven? ella pregunta. En el piso tres y el chofer también, él dice. ¿Son todos filipinos? ella pregunta. Sí, él contesta. ¿Y sus familias? ella pregunta. Ellos tienen sus días libres, él dice. La mira fijamente y ella mantiene silencio. Él tenía una forma muy extraña de hablar con sus ojos. Él le pasa una parte del periódico, los muñequitos y ella le mira molesta. Él sonríe. ¿Qué fue? él pregunta. No sé, me crees estúpida, ella dice. No, pero las mujeres siempre se pasan leyendo cosas sin sentidos, él dice ignorándola. Yo no, ella dice. Mira aquí hay anuncios de maquillaje, él dice mostrándole. Ella se molesta y le apaga los ojos. Él ríe burlonamente, la mira de re-ojo. No te molestes si son bromas, él dice. ¿Bromas tú? Lo dudo, ella dice pensativa. Esta mañana tenía el pelo de puntas como siempre y ahora ella se da cuenta que el pelo chino de Franco siempre era así, que para tranquilizárselo se tenía que untar productos cosméticos, los cuales, él no usaba. Ella sonríe mirándolo y acordándose de las veces que lo había visto así y pensado que no se había peinado. Él la mira de re-ojo. Estoy ansioso por traerme a David, esta muy solo allí, él dice. Sí, pero las enfermeras lo adoran y lo miman demasiado, ella dice.

 

Unos minutos después Carolina entra con el desayuno y ellos comen con gusto. Carolina no había cocinado en la cocina del apartamento de Franco, que raro, ella piensa. Carolina salió en silencio entrando al ascensor privado. No habían salido de luna de miel, habían decidido permanecer cerca por si algo se presentaba con la salud de David.

 

Franco parecía más relajado y enfocado ya que había dormido sin la constante alarma de su reloj Rolex aunque le preocupaban sus pacientes.

 

Salieron a la terraza a tomar el sol, él era callado y hacia poca conversación pero ella ya entendía que era mejor darle espacio. Él se perdía en su mundo al cual ella no podía entrar. ¿Qué estará pensando? Ella se pregunta admirándolo. Él miraba hacia lejos. ¿Como se sentiría ser tan inteligente que todo a su alrededor parecía una comedia sin importancia? Sería muy feo sentirse diferente a los demás, apartado de todos, y el niño en él, como había podido sobrevivir, ella piensa. Él la mira de re-ojo pensando en el cuerpo hermoso de su esposa entre sus brazos y como lo hacia sentir, nada mas le importaba...

 

Ella cierra sus ojos contenta sintiendo felicidad profunda de cuerpo y alma. Lo tenía todo, un hombre guapo y apasionado, dinero, lujos, suegros dulces y cariñosos y todo a su alcance y lo mas importante, era madre, madre, ella piensa sintiendo una brisa cálida en su rostro.

 

Esa tarde salieron a comer a un restaurante Francés en la quinta avenida. Amarilis lucía uno de los vestidos que su suegra, Sofie, había escogido para ella. Era un vestido negro y sensual y con sus aretes y collar de perlas blancas parecía artista famosa. Todos le saludaban y les felicitaban. Era allí donde se unían los doctores y sus familiares y él orgullosamente la presentaba sin soltarla de la mano. Amarilis se sentía orgullosa y algunas mujeres presente la miraban con envidia pero ella sabia tratar con gente de dinero, sabia fingir muy bien. También habían algunas enfermeras con sus maridos y ellos se encontraron entre un grupo grande de amistades. Aunque Franco hablaba muy poco y a veces se quedaba pensativo como que iba a decir algo pero no le salían las palabras, parecía que todos ya le conocían y lo aceptaban con sus diferencias. Fue entonces que ella notó que él no era como los demás pero aun así era respetado por todos y admirado por todos. Él no bailaba y no tomaba sin antes llevar la copa a su nariz, era algo muy raro pero parecía como cualquier experto en vinos. Lo único era que lo hacia con toda bebida. Ella lo miraba de re-ojo. Él también era muy místico con su comida y sacaba aceitunas y algunos vegetales a un lado del plato, lo hacia con mucha precaución y concentración y era inútil no querer mirarlo. Algunos de sus colegas le echaban bromas también haciendo lo mismo. Él ríe avergonzado y baja su cabeza. Algo que a ella le fascinaba, querías abrazarlo y besarlo cada vez que lo hacia. Fue en aquel preciso momento que Amarilis supo que Franco era el amor de su vida, su primer y único verdadero amor. Lo mira orgullosamente, queriendo gritarles a todos su amor por él. Él le sonríe tímidamente.

 

Mariela le había contado que él se enfocaba en una sola cosa a la vez y su concentración y atención en esa idea u objeto era indestructible. Lo qué ella no sabía era que Franco se había enfocado en ella.

 

Esa noche ella lo encontró muy pensativo. Después de bañarse juntos y hacer el amor, se acostaron pero él no había dicho una sola palabra. Era muy extraño el silencio, tendría que acostumbrarse y luego él le preguntó...

 

¿Te gustaría ser enfermera? él pregunta. ¿Enfermera? ella pregunta. Sí, vestir siempre de blanco, con un vestido corto y sensual, él dice como entre pensamientos. Ella se molesta. ¿Quieres que me vista de enfermera para ti? ¿Es una fantasía? ella pregunta. No, pues sí, me gustaría, él confiesa. ¿Qué mas te gustaría? ella pregunta temerosamente. Que entres a mi oficina vestida de enfermera y te me sientes encima, él dice. Estaba erecto y sufriendo en solo pensar que ella le cumpliera sus fantasías. Me imagino que así te sentirás con tus enfermeras, ella dice. Tú no sabes nada de lo qué siente un hombre, él dice. Algunos hombres no piensan así, ella dice. Porque mienten, sienten vergüenza, él dice. ¿Y tú no? ella pregunta. No con mi esposa, él dice. Está bien, le pediré a Sofie que me compre el uniforme de enfermera, ella dice. Él se molesta y sale de la habitación. Qué madre, ni enfermos los hombres dejan de pensar en fantasías y sexo, ella dice molesta.

 

Una hora después lo encontró dormido en el sofá con la televisión encendida. Había sentido celos con las enfermeras, no era tanto el que él le hubiera pedido vestirse de enfermera. Quizás por eso, no tenía novia, ya que las enfermeras lo mantenían satisfecho. No en balde se pasaba en el hospital, ella piensa celosa.

 

El Día Después

 

Mt Sinai

 

Franco y Amarilis entran al cuarto de recreo donde se encontraban los niños jugando. David al verles sonríe alegremente. Mientras Franco conversa con las enfermeras y un doctor, ella se sienta a jugar con David. Era divino y muy inteligente. Tenía una gracia afectuosa  y todos querían estar a su alrededor. La besaba y la abrazaba mucho, orgulloso de ella y de Franco y le mostraba los juguetes y les explicaba los juegos, claro que todo en inglés.

 

Amarilis, lo podemos llevar a la casa pronto, él dice. ¿De veras? ella pregunta. Sí, pero va a necesitar constante cuido y una enfermera privada, él dice. Ella se incomoda, siente celos. Yo puedo atenderlo, ella dice. Por eso me gustaría que tomaras los cursos de enfermera, yo te proveo un buen profesor particular, él dice. Ella traga gordo. Era por eso que él le había preguntado que si le gustaría ser enfermera pero ella se había adelantado, sintió vergüenza frente a él. Él sonríe dulcemente, se le acerca al oído- así también podrás entrar a mi oficina en la casa, él dice. Ella ríe a carcajadas. Él baja su cabeza y ella lo abraza fuertemente.

 

En eso Sofie entra al cuarto con regalos para los niños y con ella Carolina. Que lindo encontrarlos aquí, ella dice. Se abrazan. Poco después él sale con dos doctores y Sofie y Amarilis conversan con los niños. Era un placer la presencia de Sofie, era dulce y comprensiva. Qué pena que su vientre nunca había sentido el placer de ser madre. Amarilis la mira tristemente, se asusta. ¿Y si ella tampoco podía ser madre? Nunca lo había pensado pero ahora era muy importante para ella y para todos en su nueva familia, su única familia, ella piensa asustada.

 

Franco y Paul

 

Te felicito, tu esposa es una muñeca, dice Paul. Franco se incomoda con la conversación. Tus pacientes no hacen mas que preguntar por ti, es un fastidio. A mi ni me tienen en cuenta, dice Paul, aunque sabía que Franco no era de hacer mucha conversación vacía. Bueno tengo que irme pero te veo pronto, dice Paul caminando por el pasillo largo del hospital. Franco se queda pensativo. ¿Mi mujer una muñeca? Imbécil, él dice molesto. No entendía algunas cosas o por qué la gente se empeñaba en hablar cosas sin sentidos. Le ponía demasiada importancia a cosas pasajeras y no le gustaban las bromas.

 

Tres cardiólogos pediatras se acercan a él a saludarlo.

 

Por cierto, Franco, tenemos un problema con uno de nuestros pacientes. El rostro de Franco cambia de semblante, su concentración completa, enfocado. Todos caminan conversando hacia uno de los cuartos. Era a Franco a quien acudían con sus problemas. Él les resolvía los problemas aunque no era cardiólogo pediatra, era un genio y todos lo respetaban.

 

Sofie y Amarilis llevaron a David en silla de ruedas a pasear por el pasillo. Pronto lo van a dar de alta, dice Amarilis. Sí, lo sé y estoy tan ansiosa por verlo saludable y sano. No sabes las noches que he pasado pensando que se iba a morir, dice Sofie con lágrimas en sus ojos. ¿Cómo se encontraron con él? pregunta Amarilis. Pues, yo siempre voy al orfanato para llevarles libros y juguetes a los niños y un día la directora me lo presentó. Lo habían encontrado en un apartamento sucio y frío. Los vecinos lo habían escuchado llorando y lo reportaron. Su madre había muerto y él estaba allí solo, dice Sofie. La piel de Amarilis se eriza y sintió frío. Yo quería adoptarlo pero por mi edad y la salud de mi marido, no era posible. Mi hijo lo operó, tenía un pequeño defecto en el corazón pero aun así, la operación fue muy delicada. Luego Franco decidió adoptarlo y él decidió que el niño también necesitaría de una madre pero él no tiene mucho tiempo para conocer mujeres solteras. Sus colegas le habían presentados a sus hermanas, primas, amigas pero nada. Franco es muy peculiar, todo a su manera y a su tiempo. No sé como te conoció a ti, dice Sofie. Amarilis sonríe. Yo a veces no sé como pasó, pero aquí estoy con él y no pienso dejarlo jamás, ella dice. Sofie la abraza y después de llevar a David a su habitación salieron a tomar café.

 

Después de unos días libres, Franco regresó al hospital y Amarilis no lo veía en días. Se comunicaban por celular pero él dormía en el hospital. Ella ahora pasaba los días en el hospital con David, el cual necesitaba mucha atención médica y mucho cariño. Mariela y Carolina siempre estaban presentes y Sofie hasta se quedaba a dormir en la habitación de David. El padre de Franco era como una sombra, ella nunca le veía y pocas veces se escuchaba hablar del. Ella no hacia preguntas y sabía que Luis estaba muy enfermo.

 

Dos Noches Después

 

Amarilis abre sus ojos y allí estaba Franco mirándola. Él la besa en los labios. Ella sonríe. David esta aquí, él dice. ¿De veras? Ella pregunta levantándose de la cama. Ambos entran a la habitación de David, el cual estaba durmiendo tranquilamente. Amarilis lo besa en la frente y lo arropa. Ambos salen de la habitación de manos.

 

El chofer te va a llevar a la universidad, te va a esperar y te regresa a la casa. Ya todo esta en orden y también tendrás un tutor que vendrá a la casa, él dice. Ella lo mira asustada. No sabía si podría tomar los cursos, no era muy inteligente y no le gustaba la escuela. Lo mira a los ojos pero no pudo decir nada, tendría que cumplir por el amor que les tenía a su marido y a su hijo. Ella sonríe y lo besa en los labios. Él se queda pensativo, la vuelve a mirar a los ojos. Yo puedo ayudarte, él dice. Mi amor, tú apenas tienes tiempo para dormir, ella dice. ¿Mi amor? él pregunta asombrado. Sí, te amo, ella dice. Él baja su cabeza. Ella lo besa en los labios y lo lleva de la mano a la cama. Lo desviste y se desviste. Él ya estaba erecto pero un poco avergonzado. Ella sonríe. Es fácil amarte, ella dice tomándolo en su boca y él cierra sus ojos…

 

El Día Después

 

Amarilis se levanta contenta y se voltea en la cama pero Franco no estaba. Ella entra al baño y nota que la puerta estaba entre abierta, sale al pasillo. ¿Franco? ella llama. Se asoma a la ventana y se espanta…

 

¡Franco! Ella llama pero él iba cruzando la calle. Dios Santo, ella dice vistiéndose deprisa y corriendo al ascensor. El guardia de seguridad la mira asombrado. ¡El señor salió en pijamas! ella dice molesta. Sí, lo vi salir, dice el guardia. ¿Pues por qué no lo detuvo? ella pregunta. Él siempre sale así, contesta el guardia. Ella corre afuera y cruza la calle y entra al restaurante. Franco estaba sentado leyendo el periódico y tomando café. Ella se sienta junto a él.

 

Franco, ella dice. Él sube sus ojos sin subir su cabeza. Me gustaría que no salieras en pijamas a la calle, ella dice. Él suelta el periódico asombrado, se mira y se avergüenza. La mira como un niño apunto de llorar. Ven, ella dice tomándolo de la mano. Él la sigue con el café y el periódico en manos y sale con ella.

 

Entran al edificio. No permita que salga así, ella le dice al guardia. Sí señora, contesta el guardia. Entran el ascensor. Él la mira y sonríe. Ella se molesta, lo vuelve a mirar. ¿Te peinaste? ella pregunta. No, él contesta.

 

Al entrar al apartamento, él se sienta a la mesa del comedor. Ella lo mira de re-ojo. Él esperaba el regaño. Ella se sienta junto a él. No escuché la alarma, ella dice. Algunas veces esta aquí, él dice apuntado a su cabeza. ¿No has dormido en tres días? ella pregunta. Sí, pero muy poco, él contesta. No puedes seguir así, ella dice. Nunca duermo mucho, él dice. ¿Has sido así siempre? ella pregunta. Sí, él contesta.

 

Carolina entra y saluda. ¿Ya se despertó David? pregunta Amarilis. Hace tiempo, contesta Carolina. Franco entra a la habitación de su hijo y lo examina. Amarilis lo observa de lejos. No entendía como él podía de un minuto al otro convertirse en el muy respetado cardiólogo, concentrado y atento. Ella acaricia a su hijo y sale de la habitación pensativa. No sabía como hacer para ayudarlo, era casi imposible y a él no parecía molestarle mucho los demás, no parecía verles. De repente lo escucha conversando y se asoma a la puerta temerosamente…

 

Ya sabrás por qué te lo digo pero debes primero pensarlo bien. Esa marca de automóvil no vale dos centavos. A mí siempre me gustaron los automóviles grandes y fuertes, él dice. David lo mira y le mira el pelo y sigue jugando con el carrito. Ella hace por no reírse. Este carrito es más fuerte y ese no y además es rojo, eso es para mujeres, dice Franco. David lo vuelve a mirar. Avanza a crecer para irnos a los museos, quiero que veas como construyen los autos y la historia del coche de cuatro caballos, dice Franco. Ella entra sonriendo. David la mira y le entrega un carrito. Estábamos conversando seriamente, dice Franco. Él no entiende, todavía esta muy niño, ella dice. Claro que entiende, la mente de un niño es como una esponja, él dice seriamente. Sí, ella dice besándolo en los labios.

 

Amarilis y Mariela

 

Mariela era una mujer muy cariñosa y seria y no parecía molestarle el constante cuido del señor Luis o los quehaceres pero Amarilis había notado que ella y Ferrer se pasaban miradas intimas y que a veces se veían salir juntos.

 

¿Y tus padres? pregunta Amarilis. No sé, yo me fugué con mi novio, dice Mariela. Eres muy buena y muy dedicada pero me parece que ocultas algo, dice Amarilis. Mariela se sienta pensativa y Amarilis se sienta junto a ella y le toma la mano en la suya. Mariela la mira a los ojos. Confía en mí, dice Amarilis.

 

Después de un silencio…

 

Mis padres eran muy pobres y mis hermanos y yo sufríamos mucho de hambre. No teníamos ropa ni zapatos, ella dice bajando su cabeza. La iglesia nos ayudaba con algunas cosas pero no era suficiente y yo decidí irme a buscar trabajo a la ciudad. Solo tenía catorce años. En el camino me encontré con un muchacho que también iba en busca de trabajo. Unos días después hicimos el amor y nos juramos amor eterno. Él me pidió irme con él a vivir con su familia y así lo hice. Nunca volví a ver a mi familia pero los padres de mi novio me querían quitar a mi hijo al nacer. Yo no sabía lo qué estaba ocurriendo ni mi novio tampoco. Lo querían llevar al orfanato porque querían que su hijo siguiera sus estudios. Una noche nos fugamos y tomamos rumbo hacia el campo. Mi hijo nació y era hermoso, dice Mariela con lágrimas en sus ojos pero no podíamos criarlo, no teníamos nada. Nos fuimos al puerto, a la marina y nos metimos en unos de los yates, el más bonito. Entramos a las cabinas y lo dejamos en una de las camas, llora Mariela. Amarilis la abraza fuertemente.

 

Unos días después supimos que los dueños del yate lo habían encontrado, Mariela baja su cabeza. El yate se llamaba, “La Franca Vida”, dice Mariela pensativa. Amarilis traga gordo y se asusta. Mariela la mira fijamente a los ojos. ¿Qué me quieres decir? pregunta Amarilis. La vida señora, no es siempre clara, esta siempre llena de sombras, sombras que nos siguen, que nos castigan y a veces que nos hacen felices, dice Mariela entre sollozos. ¿Lo sabe él? Pregunta Amarilis después de un silencio. No, nadie lo sabe, es mejor así. No hay por qué complicar las cosas. Los señores me contrataron por lastima ya que les rogué de rodillas y también a mi novio. Nos vinimos todos y dejamos atrás a todo lo que hasta ese entonces habíamos conocido, el hambre, la pobreza y la incertidumbre, dice Mariela. ¿Y Carolina? pregunta Amarilis. A Carolina, el señor la encontró en un burdel, tenía doce años de edad. Él y la señora trabajaban con un grupo humanitario para sacar a las niñas de los burdeles y proveerles un mejor porvenir. A ella también la trajeron y aquí estamos todos, dice Mariela. Amarilis lleva su mano a su pecho. Ferrer es..., ella dice. Sí, contesta Mariela. Amarilis la mira asombrada pero no tenía palabras y solo pudo volverla abrazar fuertemente.

 

Los días fueron pasando lentamente y Amarilis se acostumbró a su nueva familia y a su marido. Sofie pasaba largas horas con su marido, el cual ya no salía de su habitación. Sofie le había confesado que Luis se había enfermado de Malaria y nunca se había recuperado del todo. Se habían sacrificado viajando el mundo y acudiendo a los mas necesitados, algunas veces a cambio de su propia salud y bienestar.

 

Dos Meses Después

 

Luis falleció junto a su familia, en su casa. Sofie lo había visto sufrir día tras día y había cuidado del pero sintió un alivio al pensar que ya no sufriría mas. Franco junto a su madre se encargó de todo. Mucha gente vino a darles el pésame y Amarilis se asombró. Habían políticos de diferentes países, humanitarios y vecinos que no solamente admiraban a Luis pero que habían perdido a un ser querido y respetado por todos. Franco les atendía a todos presentándola orgullosamente.

 

Durante la cena

 

Sofie se había retirado a su habitación temprano. Mariela, Carolina y Ferrer atendían a Franco, a David y a ella como reyes. Amarilis se dio cuenta que Ferrer y Franco se pasaban miradas en secreto, algo que todavía ella no podía entender. Ellos parecían conversar con sus miradas, entenderse sin palabras. ¿Sabrían que eran padre e hijo? ella se pregunta. Al cambio Mariela mantenía su lugar de sirvienta, aunque todos eran considerados familia. David tenía un tutor al igual que ella y pronto lograría su meta de enfermera registrada. Que muchos cambios habían tomado su vida, torcidos, de la pobreza a la riqueza, de la soledad a una familia unida y bondadosa y su hijo, como lo adoraba.

 

Esa Noche

 

Franco sale del baño completamente desnudo como acostumbraba hacer. Ella lo esperaba sentada en la cama. Él se sienta junto a ella. Ella lo besa en la mejilla. ¿Crees en Dios? ella le pregunta. No, él contesta. Luis estaba sufriendo mucho, ella dice. Él quería morir pero eso va contra las leyes, él dice pensativo. Quizás algún día seamos dueños de nuestras vidas y de nuestras muertes, él dice. Ella lo mira de re-ojo. No creo que eso ocurra en nuestras vidas, ella dice. Ella lo abraza fuertemente. Debes llorar, ella dice. No puedo, él dice metiéndose en la cama. Ella se acuesta junto a él y poco después David comienza a llorar. Franco se levanta, toma su abrigo y se mete al ascensor. Ella abre los ojos y corre a la habitación de David. ¿Qué fue? ella pregunta asustada.

 

De repente el guardia de seguridad sube con Franco. Gracias, ella le dice al guardia. Franco se quita el abrigo. Fue David, tuvo una pesadilla, ella dice. Él estaba con su cabeza bajada, en pijamas y sin zapatos y luego toma a David en sus brazos y se lo lleva a la cama y todos se acuestan juntos.

 

David, él dice con sus ojos cerrados, las pesadillas son sueños perturbadores que hacen que el soñante al despertar se sienta ansioso y asustado. Yo vivo en una constante pesadilla, él dice entre dormido. David y Amarilis se miran a los ojos y sonríen y luego ríen y se abrazan juguetonamente.

 

Sofie

 

Había sacado todas las fotos de su marido y estaba sentada en la cama mirándolas. Había fotos de ellos juntos en Somalia, Brasil, Mozambique y otros países alrededor del mundo. Lo había amado tanto que al él morir, había sentido que se había llevado parte de su alma y esta estaba trabada entre el mundo de los vivos y el mundo de los muertos. Ella lleva su mano a su seno, no sabía que la había llevado a tocarse allí y volvió a mirar las fotos a los ojos de su marido y sonrío dulcemente…

 

Espérame, ella dice entre sollozos…

 

Un Mes Después

 

Amarilis comenzó sus estudios y Ferrer la llevaba a la universidad y la recogía, también un profesor particular venía a la casa dos veces por semanas.

 

Marcos y Amarilis

 

Lo qué pienso, Amarilis, es que no te gusta la profesión de enfermera. ¿Lo haces por tu marido? pregunta Marcos. Sí, ella contesta. Debes discutir el tema con él, no es justo que te sacrifiques. Eres una mujer joven y debes decidir por tu cuenta, dice Marcos. Ella se inquieta y baja su cabeza. No quiero contradecirlo, ella dice. ¿Por que? él pregunta. No sé, me causa lastima, ella dice. ¿Lastima? él pregunta. Ella mantiene silencio. ¿Tu marido te causa lastima? él vuelve a pregunta. No sé, es que él quiere que sea yo quien atienda a nuestro hijo, ella dice. Él se aclara su garganta. ¿Lo adoptaron? él pregunta. Sí, bueno Franco ya lo había adoptado pero quería casarse para completar la familia, ella dice con su cabeza bajada. Él la mira de re-ojo. No pareces haber tenido mucho con el asunto, él dice. Ella lo mira fijamente a los ojos. Quizás no, pero adoro a mi marido y a mi hijo, ella dice. ¿Lo amas o le temes? él pregunta. Ella se levanta de su asiento y coloca los libros en una mesa. Él también se levanta y se acerca a ella. Eres una hermosa mujer y como comprenderás es muy difícil para mí verte infeliz, él dice. No soy infeliz, al contrario, ella dice. Lo eres cuando estudias, lo haces por obligación y no te enfocas, él dice. No me enfoco porque nunca me han gustado los estudios, ella dice. No puedes ser enfermera si no pasas los exámenes requeridos, él dice. Los pasaré, ella dice. Si alguna vez decides que esta vida no es para ti, llámame, como un amigo, él dice.

 

Franco les escucha desde no muy lejos. ..

 

Sofie y David

 

¿Te gustó el viaje al parque? ella le pregunta. Sí, él contesta jugando con un carrito. ¿Te gustan mucho los carros? ella pregunta. No, este no, es rojo, él dice. Ella sonríe. A tu padre tampoco le gustan los carros rojos, ella ríe. A mi sí y tu abuelo, Luis, decía que eran colores de mujeres, ella sonríe. David sonríe también. A tu padre cuando se le meten cosas en la cabeza, olvídalo, ella ríe. Él la mira y baja su cabeza entristecido. Ella le acaricia el rostro. ¿Qué pasa? ella pregunta. ¿Estas enferma? él pregunta. Ella lo mira asombrada. ¿No, por qué me preguntas eso? ella pregunta. Él mantiene silencio y sigue jugando con el carrito.

 

Franco entra y David corre a sus brazos. Hijo, que grande y pesado estas, él dice. Papá, fui a jugar al parque pero Mariela y Carolina no saben jugar pelota, él dice. ¿De veras? él pregunta preocupado. ¿Cómo decirle a su hijo que él nunca había jugado pelota? ¿Que para él los deportes eran tiempo perdido y juegos sin sentidos? ¿Cómo decirle que mientras sus amigos jugaban en el parque, él jugaba un partido ruso de damas, tocaba el piano y estudiaba varios lenguajes? ¿Como decirle que el mundo de los niños, nunca existió para él, que lo había superado a la edad de cinco años. Él baja su cabeza entristecido. Lo cambiaría todo por volver a su niñez.

 

Sofie baja su cabeza entristecida. A veces no entendía a su hijo pero sabía que había sufrido mucho y que todavía sufría de soledad, soledad intima y perpetúa. Se miran a los ojos, él sabía que su madre estaba enferma, lo presentía, conocía los síntomas que muchos no podían ver, que la medicina todavía no había podido descubrir. Él traga gordo y abraza a su hijo más fuerte.

 

Yo voy contigo al parque pero me tendrás que enseñar a jugar pelota, él dice. David sonríe alegremente y lo besa en la mejilla. No había en el mundo nada más lindo que un beso, él piensa.

 

Esa Noche

 

Franco entra y encuentra a Amarilis en la habitación. Ella lo besa. Me sorprende que hayas llegado tan temprano, ella dice. Tengo que hablar contigo, él dice. Ella se inquieta. Últimamente, él la miraba muy raro y no había querido hablar con ella sobre los estudios de enfermera. Ella se sienta en la cama. Él se asoma a la ventana. ¿De qué querías hablarme? ella pregunta. Él se voltea y cruza sus brazos. La mira fijamente. Ella baja su cabeza temerosamente. ¿Eres feliz? él pregunta. Sí, ella contesta rápidamente. Él se mete las manos a los bolsillos de sus pantalones. A mi me parece que no eres feliz conmigo, él dice. Ella traga gordo y se asusta. ¿Por que? ella pregunta. No lo sé, él dice. Ella se levanta y hace por acariciarlo pero él no le permite y baja su cabeza molesto. Explícame el porqué piensas que no soy feliz, ella dice. ¿Qué quieres de mi? él pregunta. Yo sé que no soy como las demás personas, sé que me falta algo, él dice tocándose su cabeza, algo que no comprendo. Ella se asusta. Yo te amo, ella dice. David quiere que lo lleve al parque. Yo no sé jugar pelota, él dice torciendo su rostro como un niño apunto de llorar. Ella le mira con adoración. Mi amor, no te angusties por eso. Podemos todos ir y aprender, ella dice. Él le da la espalda y vuelve a mirar por la ventana. Ella se acerca. Marcos esta enamorado de ti, él dice. El corazón de Amarilis comenzó a latir rápidamente. No, ella dice. Sí, él dice. Él solo dice que presencia que no me gustaría ser enfermera, ella dice. Él se voltea. No lo hagas por mí. No necesito de nadie, él dice molesto. Ella se inquieta. A mí nunca me han gustado los estudios, los libros, la matemática, ella dice. Él la mira de arriba abajo. ¿Quieres quedarte bruta toda tu vida? él pregunta. Ella se molesta y sale de la habitación. Él la sigue y la agarra del brazo fuertemente y la regresa a la habitación y tira la puerta. Te estoy hablando, él dice. Ella vuelve a sentarse en la cama.

 

Franco, tú me seguiste, me acosaste, me pediste casarme contigo. Yo no tuve vela en ese entierro, ella dice. ¿Qué es eso de vela en un entierro? él  pregunta. Olvídalo, ella dice. ¿Qué tienen las velas que ver con lo qué te estoy preguntando? él vuelve a preguntar. Es un decir, ella dice. Es mierda, él dice mirándola fijamente. Ella se pone nerviosa, la presencia de Franco era temible y tenía una forma de mirar a uno muy rara como si pudiese leer tus pensamientos. Contéstame lo qué te pregunté, él dice firmemente.

 

No quiero quedarme bruta pero tampoco ser tan inteligente como tú, mírate, ella dice furiosa, eres un desastre, ella grita. Él traga gordo, se enfurece. Me he equivocado contigo. Lo siento mucho pero no eres mujer para mí, él dice furioso. Ella baja su cabeza y no pudo evitar las lágrimas. Marcos no volverá, ya lo he despedido, él dice. Yo puedo ayudarte con los estudios, él dice. Ella se levanta lentamente. Lo mira a los ojos. Yo no soy mujer para ti, no te molestes, ella dice. Puedes retirarte, él dice. Ella sale de la habitación, de su habitación y baja las escaleras lentamente y pensativa. Lo iba a perder todo y se quedaría sola de nuevo, en la calle y sin el hombre que adoraba, sin su hijo, sin las personas que tanto apreciaba.

 

¿Señora? Pregunta Mariela que venía subiendo las escaleras. Me acaba de echar de mi propia habitación, dice Amarilis. Mariela la abraza. Dice que no soy mujer para él, que soy bruta, llora Amarilis. Hija, no le hagas mucho caso. Mira, a mi me ha llamado de todo y luego se arrepiente. Ellas bajan las escaleras y entran al comedor y toman asientos a la mesa.

 

Cuando niño, no sabes. Era un demonio. Nos llamaba brutos a todos, era impaciente y si no conseguía lo qué quería hacia un desastre de su ropa y su habitación. Se metía dentro de sí por días, sin hablar, sin comer, sin salir de su habitación, dice Mariela. Yo sé que tiene algunas cosas raras pero yo lo amo, dice Amarilis. Está celoso, dice Mariela. ¿Celoso de qué? pregunta Amarilis. De Marcos, contesta Mariela. Él fue quien lo contrató y sin siquiera presentármelo primero, dice Amarilis. Pues de qué vale hablar de eso ahora, ya lo despidió, dice Mariela. Es muy controlador, dice Amarilis. No sabes cuanto, dice Mariela bajando su cabeza pensativa. Quizás yo deba irme, no quiero y no puedo permanecer aquí después de haber dicho que no soy mujer para él, dice Amarilis. Si lo dejas, se muere, dice Mariela. No se va a morir, es mas fuerte que todos nosotros, dice Amarilis. No tanto, lo qué pasa es que no sabe mostrar cariño. No puede comprender algunas cosas y a veces piensa que todos estamos tramando contra él, dice Mariela. ¿Cómo es que es tan inteligente que no puede darse cuenta de sus defectos? pregunta Amarilis. Se cree mejor que los demás, superior, dice Mariela. Pues no lo es y no pienso dejarlo manipularme a su antojo, dice Amarilis. Sofie ya no pasa más de unas horas en la casa, dice Mariela. Lo sé y me hace mucha falta. Me parece que nos evade, dice Amarilis. Mariela la mira a los ojos tristemente.

 

Cuéntame sobre Franco, su niñez, dice Amarilis. Pues nos dimos cuenta que era diferente a los demás niños, se aburría con los estudios y no le gustaban los juguetes. Pensábamos que estaba enfermo pero Luis y Sofie contrataron un tutor. Era un hombre alemán, un profesor amigo de Luis. Un día, nos reunió a todos y nos dijo que Franco no era normal. Yo por poco me muero y las rodillas no me sostenían y Sofie, la pobre, se puso blanca, dice Mariela. Amarilis la mira asustada. El profesor nos dijo que Franco era un genio y yo me desmayé, dice Mariela. Amarilis traga gordo. ¿Eso se hereda? ella pregunta. No lo sé, pero en mi familia no hay nada de eso, Mariela baja su voz, éramos campesinos sin educación, ella dice. ¿Y Ferrer? Pregunta Amarilis con sus ojos engrandados. Más bruto que yo, dice Mariela. Amarilis no pudo evitar sonreír. Así estamos todos, ella dice tristemente. Después de un tiempo y estudios con tutores y en escuelas privadas Franco regresó a la casa. Nos miraba muy raro como si fuéramos poca cosa. Yo especialmente lo sentí tan lejos, inalcanzable. Quería abrazarlo, besarlo, pero no le gustaba que lo tocáramos. Dejé de hablarle porque me corregía y me cuestionaba sobre mi educación. Era insoportable y hasta los profesores dejaron de venir a la casa. No salía mucho y se pasaba estudiando. Luis y Sofie lo llevaban a los museos, a las exhibiciones de ciencias, al teatro. Yo siempre he pensado que una etapa de su vida le hizo falta, ser un niño. Lo perdido en la niñez nunca se puede recobrar, dice Mariela pensativa. Durante su adolescencia comenzó a tomar cursos universitarios y a mí siempre me pareció que se aburría con eso también. Él ya sabía lo qué quería hacer con su vida y se enfocó en sus estudios con el solo propósito de lograr su titulo de cardiólogo. Yo le había contado una historia de un niño en Manila que había sufrido de problemas del corazón. Le expliqué que los doctores no pudieron ayudarlo y se había muerto por falta de atención medica. Él me miró a los ojos, como él hace, fijamente y me dijo que todos eran unos brutos. Tenía diez añitos cuando eso, dice Mariela pensativa. Lo qué era, era un malcriado, dice Amarilis. Lo sé pero tiene un gran corazón y no lo hace por dinero, dice Mariela. ¿Como era con las chicas? pregunta Amarilis. Raro, muy raro. Las llevaba a su habitación como cualquier otro chico de su edad pero no volvía a procurarlas. Eran simplemente objetos para él. Nunca creo haberlo visto enamorado, bueno, hasta que te conoció a ti, dice Mariela. Yo pienso que tampoco me ha amado, nunca me lo ha dicho, dice Amarilis. Te ama pero no entiende el porqué. No es muy cariñoso, dice Mariela. Amarilis la mira de re-ojo. Su marido era muy cariñoso, atento, apasionado e insaciable aunque solo en la cama. Quiero irme por unos días. Mi amiga Marisa tiene un apartamento no muy lejos, dice Amarilis. Mariela se levanta, él no lo va a permitir, ella dice saliendo del comedor.

 

Amarilis sube de nuevo las escaleras y entra a su habitación. Franco estaba sentado frente a la computadora, la ignora. Franco, ella dice, quiero pasar unos días con Marisa, ella dice. Él la sigue ignorando. Puedo llevarme a David, la pasará muy bien, ella dice. Él se voltea. Si te vas, te vas sola, él dice. ¿Es eso lo qué quieres, que me vaya? ella pregunta. No, pero no pienso detenerte, él dice volviendo a su trabajo. Ella comienza a empacar sus cosas. Él se levanta de su asiento. ¿Te vas con Marcos? él pregunta. No, no tengo nada que ver con él, ella dice. Él no es como yo, él dice levantando la ropa interior de Amarilis y llevándola a su rostro. Él es normal, él dice. Ella le mira fijamente y nota que estaba excitado. Él la mira a los ojos, aquella mirada que la llevaba a la cama, que la desnudaba. Ella lo ignora y sigue empacando sus cosas. Él sale de la habitación sin decir nada. Ella se sienta en la cama y solloza.

 

Esa Noche

 

Franco salió al hospital y Amarilis salió poco después en un taxi pero antes besó y abrazó a David que estaba durmiendo. Quizás nunca había sido feliz aquí, todo había sido un sueño, un sueño imposible. A lo mejor estaba esperando el tren, el tren que siempre estaba tarde, ella piensa.

 

La noche estaba cálida y una brisa dulce entró por la ventana. Pizza, ella piensa. Que mucho le hacia falta comer pizza, pero a Franco eso le parecía absurdo. Al llegar al apartamento de Marisa, ésta la esperaba. Se abrazan y entran al apartamento.

 

No te preocupes, puedes quedarte el tiempo necesario. Es bueno que se aparten unos días, dice Marisa. Me siento muy mal y no debí haber dejado a mi hijo, dice Amarilis. David ya era hijo de Franco y tú, amiga, debes pensar en ti, dice Marisa. Los quiero mucho a todos, dice Amarilis. Mujer si es solo unos días, dice Marisa.

 

Se cambiaron a pijamas y se sentaron a conversar y a tomar vino. Yo no sé si pudiese ser feliz con un hombre así, dice Marisa. Es divino, sensual, apasionado y yo lo amo, dice Amarilis. Es que es muy raro, dice Marisa.

 

Tres de la madrugada

 

Amarilis abre los ojos de repente. Alguien estaba en la sala conversando. Ella abre la puerta y se asoma. No se veía nadie pero Marisa estaba conversando con alguien a la puerta. Marisa, ella llama. Marisa le hace señal que vuelva a la habitación. ¿Quién es? pregunta Amarilis.

 

No me voy sin ella, dice Franco molesto. Amarilis lleva su mano a su pecho. Dios mío es Franco, ella dice. Ella se acerca a la puerta y Marisa se molesta. Déjame hablar con él, dice Amarilis.

 

Ay que locos están los dos, dice Marisa permitiéndole paso. Franco entra y mira a su esposa de arriba abajo. ¿Estas sola o andas con Marcos? él pregunta. Estoy sola, por Dios, dale con Marcos. ¿Estas loco? ella pregunta. Él baja su cabeza un poco avergonzado. Ella lo mira de arriba abajo, todavía estaba en el uniforme verde de medico. Avanza, él dice molesto. Te dije que había venido por unos días, ella dice. Ya pasaron unos días, él dice molesto. No, acabo de llegar, ella dice. Él pensativo baja su cabeza y se acerca a ella, vamos, él repite. Ella entra a la habitación y toma su bolsa. Él la toma del brazo y sale con ella.

 

¡Que locos están los dos! dice Marisa en voz alta.

 

Afuera, Ferrer les esperaba. ¿Dejaste a tu hijo solo? pregunta Franco. No, David esta muy bien. Además, no me permitiste traerlo, ella dice. Yo nunca dejaría a un hijo mío, él dice. Ella se molesta y le apaga los ojos. Tú me echaste, ella dice. No, tú te fuiste, él dice. Me ofendiste, ella dice. Siento celos, él dice. ¿Celos de qué? ella pregunta. De todos, él dice. Ella le mira apenada. Estas en pijamas, él dice. Lo sé, ella dice. Ferrer les escucha mientras conduce y sonríe. No me gusta que dejes solo a tu hijo, él dice. Mi hijo mayor esta en tu casa rodeado de mucha gente que lo adora y este, ella dice llevando su mano a su vientre, esta conmigo, ella dice. Él traga gordo, la mira a los ojos, cambia su vista deprisa y mira un rato por la ventanilla del auto. Vuelve su mirada hacia ella, fijamente, queriendo saber, preguntando en silencio. ¿Hablas en serio? él pregunta. Sí, ella contesta recostando su cabeza en el hombro de Franco, él la atrae hacia él fuertemente y la besa en la frente.

 

Siete Meses Después

 

Franco entra la habitación de maternidad y se sienta junto a Amarilis. Ella lo mira con dulzura y adoración. Es hermosa nuestra hija, ella dice con lágrimas en sus ojos. Sí, él sonríe también emocionado. Nunca lo había visto así, con lágrimas en sus ojos. Había llegado a pensar que él no podía llorar. Él la besa en los labios tiernamente. Unos minutos después, la enfermera entra con la niña. Era gordita y su pelo era tan negro como la noche, sus ojos achinados, bien achinados y su pelo de puntas. Ella mira a su marido y sonríe. Él sonríe acariciando a su hija. ¿Has decidido en el nombre? él pregunta. Sí, ella contesta con lágrimas en sus ojos. Mariela Sofía, ella dice. Él sube sus ojos y la mira fijamente, sonríe, baja su cabeza como tantas veces cuando se sentía preocupado, nervioso o avergonzado. Silencio…

 

Mariela Sofía, como mis madres, él dice…

 

Franco y Amarilis tuvieron tres hijos más, varones. Todos con los ojos achinados y el cabello negro y lacio pero ninguno tan inteligente como su padre. Sofie murió dos años después de cáncer de la mama y durante unas vacaciones de familia, Franco, Amarilis y sus hijos, Mariela, Carolina y Ferrer regresaron a Manila, donde el principio de esta historia comenzó, al corazón de sus raíces.

 

La locura esta dentro de todos nosotros, cuando amamos, cuando miramos a los demás con diferencias, cuando pecamos… y quien sabe, puede que solo muy pocos podamos ver el mundo tal y como es.

 

 

 

 

***Fin***

 

Original de Irma Luz Medina

 

 

 

REALIDADES:

 

 

El idioma español en las Filipinas

LAS ISLAS CUENTAN HOY CON MEDIO MILLÓN DE HISPANOHABLANTES

Por Guillermo Gómez Rivera, de la Academia Filipina

1. INTRODUCCIÓN.

Es verdad que nunca fueron todos los habitantes de las Islas Filipinas los que tuvieron el idioma español como su lengua materna. Pero tampoco es justo decir que este idioma nunca se habló en Filipinas en escala nacional. El mero hecho de que el español empezó a ser el idioma oficial de las Islas Filipinas desde el 24 de junio de 1571, día de la fundación de Manila como la ciudad cabecera del Estado Filipino bajo la Corona de España, hasta en 1987, año en que se promulgó la cuestionable constitución de la presidente Corazón 'Cory' C. Aquino,----bien puede poner en solfa a todos aquellos que digan que este idioma nunca se habló en Filipinas.

Siendo idioma oficial durante tantos siglos debe entenderse que fue el idioma de la judicatura, de la legislatura y de las escrituras y las publicaciones oficiales, como judiciales, de este Archipiélago.

 

Leer mas...

http://www.elcastellano.org/filipinas.html

 

***

 

SHVOONG.COM: Resúmenes de Filosofía

 

Publicado el: octubre 01, 2007

 

GENIO Y LOCURA

 

 

Es frecuente asociar al genio con la locura sin tener claro el motivo por el cual esta asociación se produce. Generalmente se sospecha que tras la locura existe una especie de genialidad, algo así como que ese loco tiene algo de genio y, si no hubiera enloquecido, podría haber llegado a realizar cosas asociadas con la genialidad. No, no es así, es al revés, el genio tiene un elemento en común con el loco, ese elemento es lo que le permite ser un genio, pero claro, además, posee el talento para aprovechar lo que en el loco lo lleva a la locura. Debo destacar algo, no todos los genios están asociados a la locura, ya que algunos son bastante tranquilos. Bueno, acabo de revelar parte de la respuesta. El elemento que lleva al genio a realizar cosas geniales es la emoción intensa, una emocionalidad fuerte muchas veces conflictiva, que en ocasiones puede conducir al genio a la locura pues el yo de ese genio no puede manejar emociones tan fuertes y se desintegra. En el loco ocurre lo mismo: intensas emociones que no puede manejar terminan por desintegrar su personalidad. Mencioné genios tranquilos, sin embargo, que sean tranquilos y equilibrados no implica que no estén movidos por emociones fuertes, por una gran pasión que los sostienen en una cierta dirección creativa. Sin una intensa emoción-pasión, nada grandioso podría realizarse. La medida de un hombre puede ser la intensidad de la pasión que lo mueve a hacer cosas. Claro, a veces esa intensa emoción, cuando es dolorosa, conduce a la persona hacia su interioridad, en ese caso puede revelarse a través del arte intimista. Se dice que el arte cura, y si lo hace, lo hace en la medida que permite canalizar esa intensa emoción dolorosa, y, durante la expresión de la misma liberarse de ella. A veces funciona, otras veces no. De cualquier manera, si alcanza el rango de genios para nosotros, alguna obra habrá hecho para que así lo creamos. No hay genio sin obra. Así que para sintetizar, debería decir que las obras de los grandes genios fueron la expresión resultante de intensas emociones.

 

Una gran obra es la respuesta a un gran problema, hace poco leí a Schopenhauer donde decía que cada gran obra de arte constituye una respuesta al problema de la existencia, y sospecho que es así, que cada gran obra -aunque no sea artística- constituye una respuesta al problema de la existencia. Recuerdo que Borges asociaba la literatura al soñar, como si fuera una prolongación del soñar. Pienso que así como en el sueño -que constituye una forma de pensamiento muy primitivo de resolución de problemas- se trata de resolver las tensiones emocionales, muchas veces del día anterior -por este motivo siempre se encuentran los llamados restos diurnos- en las obras de arte ocurre lo mismo: se trata de resolver a través de un trance creativo similar al sueño, y en forma simbólica, las tensiones emocionales surgidas del vivir del artista, y, cuando este artista capta las tensiones de su medio logra representar las tensiones colectivas y su obra se convierte en un clásico.

 

La emocionalidad del artista nace de una gran sensibilidad, mientras que la emocionalidad de los grandes emprendedores nace de una intención de dominar su medio, de adueñarse de él. El emprendedor es un conquistador y las emociones que lo dominan son de un tipo distinto a las del artista, pues éstas nacen de una gran sensibilidad a su medio, de aquí que es más frecuente encontrar distintas formas de locura en los artistas, mientras que en los grandes emprendedores no es tan frecuente pues poseen un yo más fuerte. Claro, no siempre el arte nace del dolor, también puede nacer de la fuerza. En realidad cualquier emoción puede canalizarse a través del arte, el amor ha sido siempre uno de los grandes motores, pero la religión también lo fue, hasta la guerra lo ha sido por milenios en pueblos con tradición guerrera. Todo lo que emociona al hombre puede canalizarse a través del arte.

 

http://es.shvoong.com/humanities/philosophy/1680486-genio-locura/

 

 

 

Al igual a mucha de mis historias de amor, esta fue publicada en los archivos viejos de libros en blanco... bajo el título... Cuentos de Ayer.

 

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