Greenwich Village
Amarilis sale del edificio donde vivía
como todas las mañanas. Era un día soleado y un poco frío. Al llegar a la
esquina tropieza con un hombre. Perdone, ella dice asustada. Él la mira
fijamente. Ella lo mira nerviosa y sigue su camino. Ella se voltea a volver
a verlo. Él todavía la miraba. Ella sigue más deprisa. Que guapo es, ella
piensa entrando al subterráneo a tomar el tren. Había mucha gente esperando
los trenes. Qué fastidio, ya iba tarde y el tren no aparecía. De repente se
voltea y allí estaba el mismo hombre simplemente mirándola. Ella se asusta y
lleva su mano a su corazón. Al tren llegar a la estación, la gente la empuja
y ella entra fijándose que el hombre todavía estaba afuera en la estación.
Ella le mira nerviosa. Era un hombre alto y musculoso con cabellos negros y
unos ojos divinos negros y achinados. Ella traga gordo. El cabello del
hombre estaba todo alborotado y su camisa mal abotonada. ¿Será un borracho?
ella se pregunta. El tren sale de la estación.
Salón de Belleza:
Le Fleur
Amarilis entra y el dueño, Phillip, ya
estaba allí. Buenos días preciosa, él dice. Buenos días, ella dice
quitándose su abrigo y todavía pensando en el hombre. Nos vamos a ver un
poco en aprietos, Marisa no viene, él dice. Esta bien, ella dice colocando
su cartera en un cajón y comenzando su trabajo. Como estilista y maquillista
profesional se ganaba buen dinero pero siempre le faltaba para pagar el
alquiler. Los teléfonos comenzaron a sonar y el salón, como cualquier otro
día, se comenzó a llenar de clientela.
Los peores clientes eran las novias, las
cuales exigían perfección. Amarilis les sonreía dulcemente pero no escuchaba
sus palabras ni sus quejas. Al fin, siempre salían del salón satisfechas. Y
las ancianas que siempre querían salir del salón diez años mas jóvenes, esas
eran un tormento.
Amarilis, si esta vieja no se calla, la
voy a matar, dice Carmina. Amarilis mira hacia la anciana. Era una judía y
bien exigente. Amarilis mantiene silencio y sigue maquillando a su clienta
pensativa. ¿Quién era aquel hombre? Nunca lo había visto antes. ¿Será
Latino? ella se pregunta.
El Medio Día
Amarilis si ya no tienes cliente, vete
almorzar, dice Phillip. Ella sale poco después, necesitaba el aire, caminar
unas cuadras. Suspira hondo, los químicos en el salón eran insoportables y a
veces se sentía completamente mareada. Era la una de la tarde, decidió
entrar al restaurante chino. El dueño la saluda sonriente. Ella toma asiento
en una esquina. Muchas veces se llevaba la comida al salón pero no quería
estar allí hoy. Ella mira a su alrededor. La gente conversaba y reían
felices, al cambio ella no tenía el porqué reír. No era feliz. Todo siempre
se le había hecho difícil. Su madre y su padre se habían divorciado cuando
ella era a penas una niña y jamás había vuelto a ver a su padre. Su madre
era adicta a la cocaína y estaba muriéndose de SIDA. Qué injusta la vida,
ella piensa tomando de su sopa.
Poco después sale del restaurante y entra
a una tienda a comprar goma de mascar y agua embotellada. No quería regresar
al salón, estaba cansada pero no le quedaba de otra.
El Día Siguiente
Amarilis se asoma a la ventana, estaba
lloviznando. Hoy tendría que entrar a las doce del día pero tendría que
trabajar hasta tarde. Decide salir a comprar desayuno y el periódico. Ella
se viste rápido y toma la sombrilla y sale del apartamento. Su vecino le
saluda, era un hombre de avanzada edad.
Al salir del edificio se fija que al
cruzar la calle había un hombre con un paraguas, estaba tomando café. Ella
lo mira de re-ojo. ¿Será el mismo hombre? ella se pregunta. Ella sigue su
camino y él cruza la calle y la sigue. Ella se asusta y se voltea a verlo.
Era él, ella camina deprisa, casi corriendo y entra a una tienda. Él entra
detrás de ella. Ella lo mira furiosa, él la mira y baja su cabeza. Ella
entra y ordena desayuno. El dueño de la tienda saluda al hombre y este se
sienta a una mesa cerca de ella. Era masivo, con un cuerpo musculoso y unas
manos grandes, estaba vestido de negro y su pelo alborotado pero ella se
fijó que llevaba un Rolex. Lo vuelve a mirar, era muy guapo. Él subió su
vista hacia ella. ¿Usted me esta persiguiendo? ella pregunta. ¿Yo? No, él
dice tomando café. Ella cambia su vista deprisa, él hace lo mismo. Ella se
incomoda. ¿Será Latino? Él era de un color café con leche muy atractivo.
Puede ser uno de esos árabes locos que se quiere morir para irse al reino de
Allah a gozar de bellas vírgenes, ella piensa. Ella se levanta y toma la
bolsa y paga por su desayuno. Él baja la cabeza y la mira de re-ojo. Ella
sale y él sale detrás.
Ella camina deprisa temerosa que él venía
siguiéndola. Se voltea, él baja su cabeza. Le voy a llamar a la policía,
ella dice. Ella sigue caminando y
él
detrás. Al llegar al edificio, ella casi corre. El guardia de seguridad
estaba parado al frente del edificio. Me creo que ese tipo me anda
siguiendo, ella dice asustada. El guardia mira al hombre y sonríe, se
saludan y el hombre sigue su camino. Ella lo ve partir. ¿Adonde vivirá? ella
se pregunta. No se preocupe señorita, el señor, no la anda siguiendo, dice
el guardia. Ella le apaga los ojos y entra. Imbéciles, todos los hombres son
unos imbéciles que se encubren por eso el mundo es un asco, ella dice
entrando el ascensor.
Pagaba mucho de alquiler pero se sentía
segura y era un vecindario bonito y tranquilo. Eso era muy importante para
ella aunque a veces no tenía para comer. Ella entra a su apartamento y tira
su bolsa en el sofá y entra al comedor, se sienta a comer y enciende la
televisión.
Estaba harta de ver a Oprah, ya la veía en
todos los canales y gorda y flaca a la misma vez y los canales en español
eran un asco, muchas telenovelas súper dramáticas y shows como “La Tijera”,
gente que no tenía más que hacer que criticar a las estrellas. Qué vida
vacía vivían todos, al pie de las cámaras y los chismes. Ella decide apagar
la televisión y se asoma a la ventana. Allí estaba el hombre, al cruzar la
calle. Ya esto era demasiado, ella dice furiosa abriendo la ventana. Él sube
su vista hacia arriba. ¿Me anda usted siguiendo? Ella vuelve a preguntar. Él
se pone nervioso y cruza la calle y sigue caminando. Ella cierra la ventana.
Se sienta pensativa. ¿Quién
será? ella se pregunta.
Franco
Él entra a su edificio y sube en el
ascensor, entra a su apartamento y cierra la puerta. Se quita el abrigo y lo
deja caer al piso y entra a su habitación y se tira a la cama boca abajo.
Que cansancio, siempre parecía estar cansado, nada lo ayudaba a relajarse,
él piensa quedándose dormido.
Amarilis
Sale del apartamento rumbo al salón de
belleza. El cielo estaba nublado y había comenzado a nevar un poco. Le
gustaba la nieve y el frío pero que fastidio y pesados los abrigos. A una
cuadra vuelve a encontrarse con el hombre. Él la mira un poco nervioso.
Estaba con el pelo alborotado como siempre y su abrigo mal abotonado. Ella
se asusta. Era un maniaco sexual, un asesino en serie. Ella le apaga los
ojos y sigue su camino deprisa. Él la sigue. Ella se voltea a mirarlo y él
baja su cabeza avergonzado. No me siga, ella le dice furiosa. La gente les
mira, él la sigue…
Ella entra la estación de trenes y se
acerca a un policía. Ese hombre me anda siguiendo, ella dice. El policía
mira hacia Franco y este baja su cabeza. El policía se acerca. ¿Anda usted
siguiendo a la señorita? Le pregunta el policía. Sí, él contesta. ¿Por que?
le pregunta el policía. Franco se avergüenza ya que la gente lo miraba. Él
no contesta. Déme su identificación, dice el policía. Amarilis lo mira
asustada. Él se pone nervioso y saca su billetera. El policía lo mira a los
ojos, le mira el pelo, el abrigo y vuelve a mirar la identificación. Se la
devuelve y Franco se la mete al bolsillo de su pantalón. Hospital Mt. Sinai,
dice el policía. Sí, dice Franco. ¿Conoce usted a la señorita? pregunta el
policía. Eso quisiera, contesta Franco. El policía le mira de re-ojo. Ella
no parece tener interés, dice el policía. Franco avergonzado baja su cabeza.
Puede retirarse pero no la siga, dice el policía. Franco se retira con su
cabeza bajada y sale de la estación de trenes. Amarilis suspira hondo.
Gracias, ella dice. No creo que sea peligroso pero nunca se sabe, dice el
policía. Ella entra el tren. La gente todavía la miraba.
Franco
Entra su apartamento y vuelve a tirarse a
la cama. En una esquina de su habitación había ropa sucia, pantalones y
camisas, ropa interior. Era una habitación muy grande con un piano a un
lado. Su apartamento era un Pent-house hermoso, con terraza y muchos lujos.
Se queda dormido…
Salón de Belleza:
Le Fleur
Phillip, no sabes lo qué me pasó, dice
Amarilis quitándose el abrigo. ¿Qué fue? él pregunta. Hay un tipo
siguiéndome y me tiene muy nerviosa, ella dice. Eres muy linda, él dice. Es
un tipo muy raro. Siempre tiene el pelo de puntas como si acabara de
levantarse y su camisa y abrigo siempre están mal abotonados. No sé, me
parece un loco pero también es muy guapo. Te juro que me tiene muy asustada,
ella dice. Ten mucho cuidado. Mira Amarilis, el bien vestido y caballeroso
puede ser el asesino en serie. Si parece loco también puede ser pero es más
probable que tú le gustes y quizás le falte un tornillo, él dice. ¿Tú crees?
Lo denuncié y el policía le pidió la identificación. Sentí pena, se
avergonzó y bajó su cabeza. Ay no sé, yo siempre he sido miedosa, ella dice.
No te preocupes a lo mejor no vuelvas a verlo, él dice.
Unas mujeres entran y saludan. La novia y
su madre. Amarilis les mira de re-ojo. Que fea es y sin embargo encontró
marido. Que raro, a ella solo se le acercaban… los locos, ella piensa.
La novia toma asiento y se mira en el
espejo. Su madre no dejaba de criticar a la familia del novio. Amarilis
trata de ignorarlas y procede con el maquillaje. Era casi imposible
convertir a una mujer fea en una bonita pero tendría que hacer lo imposible
por satisfacer a la clienta. Ella mira por la ventana hacia fuera. Había
comenzado a nevar de nuevo y ahora con más fuerzas. Que linda la nieve al
caer. Le acordaba las navidades con su abuela. Un pernil en el horno y arroz
con gandules, guineos verdes, pasteles. Eso había sido en un pasado cuando
niña. Ahora no tenía a nadie y cuando su abuela murió, su madre estaba en
una clínica y ella con los vecinos. Ella entristece. Phillip la mira desde
su escritorio. Era una empleada ejemplar, seria y trabajadora pero siempre
estaba ocupada y no tenía tiempo para su vida personal. Quizás la invitaría
a cenar a su casa. Su esposa la conocía y se llevaban muy bien, él piensa.
Franco
Se levanta y se mete bajo la ducha. Había
pasado varias noches sin dormir, inclusive los días. Los días que se le iban
como agua. A veces no sabía si era día o noche. Él sale del baño y se
comienza a vestir y luego prepara café. La cafeína lo mantenía de pies pero
hasta cuando, él piensa.
Tendría que salir de esta y tomarse unos
días libres, descansar, eso era lo que necesitaba, descanso. Quizás un año
durmiendo, eso era, él piensa tomándose el café. Sus colegas tomaban
pastillas para mantenerse despiertos pero él no quería drogarse, quería ser
fuerte. Ya pronto y con mucha suerte saldría de esta, él piensa. Él se pone
el abrigo y toma las llaves del auto y sale del apartamento. No tenía tiempo
para comer, tendría que ir al gimnasio de madrugada.
Él sale afuera y se da cuenta que había
nevado mucho pero él como siempre no sabía ni que día era. Se mira el reloj,
iba tarde como siempre. Se mete al auto y poco después sale del
estacionamiento del edificio.
La linda mujer lo había despreciado pero
él no sabía por qué…
Unos Días Después
Amarilis entra al restaurante en su
vecindario a comprar desayuno y decide sentarse y comer allí mientras lee el
periódico. Era un restaurante lujoso pero a ella le gustaba pretender que
era millonaria aunque luego tendría que trabajar sobre tiempo para poder
mantenerse. Quizás porque siempre vivió en vecindarios pobres con su madre,
vecindarios llenos de drogadictos y criminales. Ella mira a su alrededor, no
había mucha gente. El mesero le sirve y ella comienza a comer con gusto.
Odiaba tener que cocinar y estaba demasiado cansada.
Unos minutos después Franco entra y toma
asiento a una mesa. El mesero le sirve sonriente sin primero tomar la orden.
Parecía que acostumbraba venir aquí, ella piensa tomando café. Lo mira de
re-ojo, él estaba leyendo el periódico y tomando café, su pelo de puntas
pero esta vez su camisa no estaba mal abotonada. No parecía mirarse al
espejo antes de salir a la calle, ella piensa.
Él sube su vista y logra verla. Sus
miradas se prenden por un instante. Él se cambia de asiento y le da la
espalda. El mesero le mira asombrado y le acomoda el plato. Luego Franco
mira hacia atrás a verla. Ella lo mira nerviosa. Que raro es, ella piensa.
Hoy tenía el día libre y quizás iría al
cine, ella piensa tomando café. Él se vuelve a voltear lentamente a mirarla.
Ella lo mira fijamente. Él hace por sonreír pero se le hacia difícil, se
avergüenza. Nunca había podido enamorar a una mujer, les temía. ¿Por qué no
podía ella acercarse? ¿Por qué esperaban las mujeres que los hombres lo
hicieran todo? Desde niño se mantenía retirado de la gente. Era un mundo
ajeno al cual nunca se había acostumbrado. No pertenecía allí y lo miraba
todo desde lejos. No era su mundo y se sentía como un extraño. La gente, la
política, los estudios, los autos y el alboroto, el crimen. Todo era un
eterno vacío. La mujer linda lo miraba, podía sentir su mirada en su
espalda. Se voltea tímidamente a verla y llama al mesero. Le habla en el
oído y el mesero se retira.
¿Qué se traerá el loco? ella piensa.
Él vuelve a voltearse a mirarla. Ella le
apaga los ojos y se levanta de su asiento. El mesero le trae la cuenta y
ella vuelve a sentarse asustada. Treinta dólares. Eso era un robo, ella
piensa asustada. Traga gordo y cuenta el dinero que traía en su cartera, se
asusta. No le gustaba cargar a su tarjeta de crédito pero tendría que
hacerlo. Se vuelve a levantar y nota que él también iba saliendo. Ella se
acerca al cajero a pagarle.
El señor canceló su cuenta, dice el
cajero. ¿Como dice? ella pregunta. No debe nada y si come aquí, todo irá a
la cuenta del señor, él dice. Ella sale deprisa del restaurante y lo ve al
cruzar la calle. Se acerca…
No se atreva mas nunca molestarme, ella
dice. Él baja su cabeza avergonzado. Yo puedo pagar, ella dice furiosa. Él
mantiene silencio. ¿Qué se trae ah? ella pregunta. Él sube sus ojos a verla.
Perdóneme, él dice nervioso. Ella mira a lejos y lo vuelve a mirar, sentía
lastima por él. Luego ella da la media vuelta y sigue su camino cuando lo ve
entrar a un auto lujoso. Pero mira qué mierda, ella dice.
Él pasa cerca y le toca bocina. Ella se
pega un salto y le apaga los ojos y él arranca. ¿Meterme yo al carro de ese
degenerado loco? ¡Jamás! A lo mejor me lleva a su casa y me ata y me quema
con un cigarrillo, ella piensa nerviosa. Al llegar a su edificio, ella nota
que él la estaba esperando, se asusta.
Perdóneme señorita, él dice. Ella lo
ignora. Señorita, él vuelve a llamar. Ella sube las escaleras ignorándolo.
Solo quiero conocerla, él dice. Ella se detiene y se voltea. Lo mira
fijamente, parecía un niño travieso con su pelo alborotado. Ella baja dos
escalones. Yo no trato con locos, ella le dice. Él baja su cabeza y se mete
sus manos a los bolsillos de sus pantalones. Le pienso pagar lo que le debo
y no quiero volverlo a ver, ella dice seriamente. Él mantiene silencio
avergonzado, la mira suplicante. Ella traga gordo y entra el edificio y él
entra a su auto lentamente mirando hacia atrás a verla. Ella se asoma a
mirarlo por la puerta. ¿Dios mío por qué me haces esto? Que guapo es, ella
dice viéndolo partir.
Esa Noche
Amarilis regresa del cine en un taxi.
Todavía le quedaban tres cuadras para llegar a su casa. Se había encontrado
con unas amigas y la habían pasado muy bien. De repente logra ver al loco.
Él salía de uno de los edificios más lujosos del vecindario. ¿Será
millonario ese loco? ella se pregunta. No puede ser, si ni se peina ese nido
de gallina, ella piensa.
El taxi estaciona y ella le paga y sale.
Un auto pasa y toca bocina. El loco, ella dice pero esta vez no sintió
miedo, se acercó. Él abre la puerta y sale y ella se queda muda mirándolo de
arriba abajo. Este no era el mismo hombre, este hombre era un Adonis, ella
piensa. ¿Voy a cenar, me acompañas? él pregunta. ¿Cerca? ella pregunta. Sí,
él contesta. Él le abre la puerta y ella entra temerosamente. Él tenía un
aroma masculino muy agradable y ella nota que llevaba el Rolex. ¿Me llamo
Franco Luis Almendari y usted? él pregunta. Amarilis Robles, ella contesta.
Amarilis, de amor, él dice. Ella le mira de re-ojo notando sus zapatos, sus
pantalones, abrigo y el auto lujoso, se asusta. Él estaciona cerca y le abre
la puerta y ella sale un poco incomoda, no estaba vestida apropiadamente. No
se preocupe, él dice, dándose cuenta. Entran el restaurante y los dirigen a
un cuarto privado.
Toman asientos. ¿Qué quiere usted conmigo?
ella pregunta. Nada, él contesta. Ella baja su cabeza. No puede ser nada ya
que lo veo en todas partes, ella dice. Usted es muy atractiva, él dice.
Usted no sabe si soy casada o tengo novio, ella dice. Por eso estamos aquí,
él dice. ¿Por que? ella pregunta. Para conocernos mejor, él dice. El mesero
entra y toma la orden. Él había ordenado para los dos. ¿Usted vive en el
Parador? ella pregunta. Sí, él contesta mirándola fijamente. Es un edificio
muy lujoso, ella dice. No lo había notado, él dice. Soy soltera y sin
compromiso, ella dice. ¿De veras? él pregunta. Ella se molesta. ¿Y usted?
ella pregunta. ¿Que? él pregunta. ¿Es soltero? ella pregunta. Sí y ando
buscando mujer. Me dice un buen amigo y colega que sin mujer no se puede
vivir, él dice. Ella traga gordo. Qué modales, ella piensa tomando de su
vaso de vino. Soy maquillista, ella dice. ¿Qué es eso? él pregunta. Trabajo
en un salón de belleza maquillando, ella dice. ¿Para qué? él pregunta. Ella
se molesta y lo vuelve a mirar a los ojos. Él acerca su rostro al de ella.
¿Qué es eso en sus pestañas? él pregunta. Mascara, ella contesta. ¿Mas qué?
él pregunta. Ella le apaga los ojos. Perdóneme no entiendo nada de esas
cosas. Las mujeres son muy raras, él dice. Los hombres también, ella dice.
Sí, la humanidad esta loca, él dice. Ella mantiene silencio. Dos meseros les
sirven. El jefe de cocina es un buen amigo, él dice. Él se levanta y le
sirve. Ella lo mira asombrada. Luego él se sirve. Voy camino al hospital, él
dice. Ella lo mira asustada. Trabajo de noche y siempre estoy aturdido y
cansado, él dice. ¿Trabaja o es paciente? ella pregunta. Él se ahoga con el
vino y comienza a toser. No podía dejar de reírse. Ella lo mira molesta pero
él
tenía una boca muy linda y unos dientes blancos hermosos. Aquí sirven la
mejor langosta del mundo, él dice entre bocados. Ella mira el reloj en la
pared, eran las doce de la noche.
Después de un
silencio…
No me ha contestado. ¿Por qué me persigue?
ella pregunta. Yo mismo no lo sé, estoy siempre trasnochado, él dice. No le
creo, ella dice. No sé qué decirle, nunca miento, él dice firmemente. Ella
se inquieta. El celular de Franco suena y él contesta. Sí, ya voy en camino,
él dice. Me gustaría volverla a ver, él dice. Me ve todos los días, ella
dice. Así, como esta noche, él dice. Él tenía una forma rara de hacer
preguntas ya que movía su cabeza un poco a un lado esperando la respuesta.
Tengo que pensarlo, ella dice. Él se avergüenza y enrojece. Ella baja su
cabeza. Quizás le gustaría un lugar menos lujoso, él dice. No es eso es que
no lo conozco, ella dice. Por eso estamos aquí, él dice. El mesero retira
los platos y él se levanta y le separa la silla. Poco después ambos salen
del restaurante y se meten al auto. Él la lleva frente al edificio y ella
sale. Gracias, ella dice. Él no contesta y arranca.
Ella suspira hondo y entra al edificio. Se
sentía cansada y confusa.
Su vecino estaba tratando de abrir la
puerta de su apartamento, ella lo ayuda. Gracias, él dice. ¿Señor Rodríguez,
qué hace afuera a estas horas? ella pregunta. No me sentía muy bien y me fui
a tomar el aire fresco, él dice. Hace mucho frío, ella dice. Ya no me queda
mucho de vida, él dice. Ella entristece y lo mira a los ojos. Qué pena verlo
sufrir pero así terminarían todos, viejos y solos, ella piensa. Por favor,
si necesita cualquier cosa solo tiene que marcar mi número de celular a
cualquier hora del día o la noche, ella dice. Gracias, él dice tembloso.
El Día Siguiente
Amarilis sale del edificio. Franco estaba
sentado en las escaleras, le ofrece un café, ella lo toma. ¿La llevo? él
pregunta. Ella lo mira asustada. No solamente tenía el pelo mojado y de
puntas sino que llevaba pantalones de pijamas y zapatos de diferentes
colores. Ella traga gordo. Él la mira suplicante. Ella se sienta junto a él.
Usted no se da cuenta que lleva pantalones de pijamas y que sus zapatos,
ella dice. Él se levanta deprisa y se mira avergonzado, enrojece y baja su
cabeza. No sabía qué hacer y estaba obviamente nervioso. Ella sintió lastima
por él. Él aturdido, se lleva la mano a la cabeza. ¿Qué día es hoy? él
pregunta. Jueves, ella dice. No he dormido, solo unas horas, él dice
avergonzado. ¿Por que? ella pregunta. Necesito al menos cinco horas y por
verla a usted no he dormido solo dos horas, él dice. ¿Por verme a mí? ella
pregunta. Sí, él contesta. ¿Por que? ella pregunta. Usted me gusta, él dice
sin verla a los ojos. ¿Usted es loco? ella pregunta. Él mira hacia lejos.
Dicen que la locura y la inteligencia se unen y se entienden, es solo un
paso de un lado al otro. Eso lo dijo..., él dice pensativo. ¿La
inteligencia? ella pregunta. Perdóneme, él dice retirándose. Ella lo ve
partir. Dios, qué suerte negra la mía, ella dice caminando hacia la estación
de trenes.
Una Semana Después
Amarilis se asoma a la ventana. ¿Donde
estas? ella se pregunta. El loco no la había vuelto a esperar con su café en
manos. Quizás se había dado cuenta que ella era una mujer pobre. No puede
ser, al menos, ella no era una loca arrebatada como
él.
Cabrón loco, ella dice en voz alta. ¿Por qué pensaba tanto en él? Era muy
guapo y parecía limpio, acabado de salir de la ducha y su pelo, pues, un
poco mojado. Debí haberlo tratado mejor. Dios mío, que tonta he sido. Qué
carajo me importa si es loco o no, es rico. ¿Será un loco en la cama? Dios
mío, necesito encontrarme un buen hombre. Me voy a poner vieja y al salón
solo entran viejas y maricones, ella piensa.
Se mete bajo la ducha. Qué horror pensar
que no había estado en la cama con un hombre tanto tiempo. No sabía ni lo
qué era un beso. Era cobarde y no le gustaba ir a las barras ni a los clubes
con miedo de encontrarse con un depredador. Al menos el loco era loco y
parecía saberlo, ella piensa.
Dos de sus amigas ahora tenían novios y
salían en parejas pero ella no podía y no quería salir con ellas, se sentía
vacía y sola. Se mira al espejo, era muy bonita pero demasiado seria y a los
hombres le gustaban las mujeres coquetas y ligeras ya que no pensaban volver
a verlas después de unos días en la cama, ella piensa.
Sale del edificio y cierra la puerta
cuando tropezó y casi cae al piso. Allí estaba el señor Rodríguez. Ella se
agacha. Señor Rodríguez, ella dice asustada. Él abre los ojos pero no podía
hablar. ¿Qué le pasó? Ella pregunta ahora nerviosa sacando el celular de su
cartera, llama el 911.
Hospital, Mt Sinai
Sala de emergencia
¿Qué pasó? pregunta el doctor. Parece
haber sufrido un derrame cerebral, no puede mover su lado izquierdo, dice el
paramédico. Todos corren con la camilla y las enfermeras y dos doctores lo
atienden.
En el vestíbulo, Amarilis conversa con
administración. Yo no sé señorita, soy su vecina, dice Amarilis. Deme el
número del dueño del edificio. Alguien tiene que saber si este señor tiene
seguro de salud, dice la mujer. Aquí lo importante es que lo atiendan, dice
Amarilis un poco molesta. Sí, pero entiéndame usted a mi, tengo que llenar
las planillas, dice la mujer también molesta. Amarilis mira a su alrededor,
el Mt. Sinai era uno de los hospitales mas conocidos alrededor del mundo
especialmente por su centro de cardiología. La mujer llama por teléfono y se
localiza con el dueño del edificio. Mientras conversan, Amarilis compra un
café de una maquina y se sienta a esperar.
Una enfermera se acerca a ella. Señorita,
se llevaron al señor Rodríguez a cardiología. Puede subir al segundo piso,
dice la enfermera. Amarilis sube el ascensor al segundo piso y toma asiento.
Nunca había estado en un hospital pero sí en muchas clínicas de drogadictos.
Su madre, que también la había abandonado, ya no la reconocía. Se estaba
muriendo y ella no iba a verla, nunca había sido madre para ella. Había sido
una mujer egoísta y fría que solo pensaba en las jeringuillas y la cocaína.
Ella entristece. Así como al señor Rodríguez le pasaría a ella algún día,
sin nadie.
Señorita...
Ella sube su rostro que ahora estaba lleno
de lágrimas hacia el doctor frente a ella. Se seca las lágrimas con sus
manos y lo mira de arriba abajo. Se asusta. ¿Usted? Ella pregunta asombrada.
Él se aclara la garganta. ¿Es su padre? él pregunta. No, un vecino, ella
dice todavía asombrada. Yo soy cardiólogo, pase por acá, él dice. Ella lo
sigue como sonámbula y entra a una oficina con el cardiólogo. Él se sienta,
la vuelve a mirar fijamente, sonríe. Ella hace por sonreír pero no podía,
estaba paralizada de cuerpo y alma. El señor Rodríguez necesita cirugía
cardiovascular y pronto. ¿Le conoce usted algún familiar? él pregunta. No,
ella dice. Él no puede hablar, él dice. Ella se asusta y las piernas le
comenzaron a temblar. Yo puedo entrar y hacerle preguntas, quizás él
autorice la cirugía con una señal, no sé, ella dice nerviosa. Él la mira
fijamente y suspira hondo. Es un hombre de avanzada edad y puede ser que no
supere la operación, él dice. Lo sé, ella dice entristecida. Una enfermera
entra y conversa con el cardiólogo. Gracias, él dice y la enfermera sale de
la oficina. Acabamos de encontrar a un nieto del señor Rodríguez, él dice.
Ella vuelve a suspirar hondo y se levanta, sus piernas temblosas. Él la mira
de arriba abajo.
Ella abre la puerta y se voltea
lentamente. ¿Por qué no me dijo que era cardiólogo? ella pregunta.
Perdóneme, usted no me preguntó mi oficio y soy hombre de pocas palabras, él
dice. Sí, de muy pocas palabras, ella dice molesta. Espere, él dice. Mire,
yo a usted la vi un día salir de la estación de trenes y me... atrajo. Yo
trabajo a todas horas y a veces solo duermo unas horas. Para poder verla a
usted llevo una alarma aquí, él dice mostrando su reloj Rolex. Quizás esté
loco, pero cuando estoy aquí y tengo en mis manos la vida de un ser humano,
soy otro, audaz, capaz e un genio, él dice. Ella le mira pensativa. Gracias,
ella dice saliendo de la oficina.
Una Hora Después
Franco y Alejandro
Haga lo qué sea por
él, dice
Alejandro tristemente. ¿Tiene él
mas familiares? pregunta Franco. No, yo siempre he sido el único que lo ha
procurado. No fue un buen hombre. Dejó a mi abuela por otra mujer y nunca
procuró a sus hijos. Nadie lo quiere. Yo supe de él
hace poco y lo encontré pero ya era muy tarde, estaba enfermo y no sabía
quien yo era. Me siento responsable por él,
dice Alejandro. Yo sinceramente no creo que debamos operarlo, no le falta
mucho de vida, dice Franco. Alejandro baja su cabeza. ¿Cuanto tiempo?
pregunta Alejandro. Una semana, quizás, dice Franco. Me dicen que una vecina
lo trajo, dice Alejandro. Sí, la señorita esta afuera en la sala de espera,
dice Franco. Quiero conocerla y darle las gracias, dice Alejandro. Franco se
endereza en su asiento. Pues, ella es una amiga mía y, pues, vamos, yo se la
puedo presentar, dice Franco mirándolo de re-ojo.
Ellos salen a sala de espera. Amarilis se
encontraba leyendo el periódico cuando los ve acercarse. Se levanta
asustada. Ella es Amarilis Robles, dice Franco. Señorita, yo soy Alejandro
Juan Rodríguez, el nieto de Juan, él dice. Mucho gusto, ella dice. Quería
darle las gracias por todo. Se lo agradezco de lo más hondo de mi alma, dice
Alejandro ahora sentándose y cubriéndose el rostro con sus manos, solloza.
Ella se sienta junto a él y lo consola. Hm, hm, Franco se aclara su
garganta. Ella lo mira a los ojos. ¿Que? ella pregunta. Nada, dice Franco
molesto. Con su permiso, él dice alejándose. Ella le ve partir.
El cardiólogo es un loco, ella dice. ¿Qué
dice? pregunta Alejandro. El cardiólogo, ella dice. Parece un buen hombre,
dice Alejandro. No lo sé, pero tiene la oficina llena de placas y
honorarios, diplomas y hasta trofeos, ella dice. Sí, los vi, él dice. Es que
para mi no esta bien de la cabeza, ella dice. No diga eso. Me dijeron que mi
abuelo ya se hubiese muerto sino fuese por él. Le dio tiempo hasta que yo
llegara, dice Alejandro. Ella le mira a los ojos. Era un muchacho trigueño,
alto y buen mozo. Ella baja su cabeza. ¿Usted vive cerca? él pregunta. Sí,
Juan es mi vecino, ella dice. Solo le falta una semana de vida, dice
Alejandro. Pero el cardiólogo me dijo que lo iban a operar, ella dice. No,
quizás lo dijo para no inquietarla, esta bajo una coma, dice Alejandro. Ella
no pudo evitar las lágrimas y él la abrazó. Usted debe volver a su casa, yo
me pienso quedar aquí, dice Alejandro. Este es mi número, por favor,
llámeme, ella dice. Esta bien, él dice. Lo siento mucho, ella dice
levantándose de su asiento y poco después sale del hospital.
Ya era demasiado tarde para entrar a
trabajar. Llamó a Phillip y se disculpó y tomó un taxi a su casa. Durante el
viaje no podía quitarse a Franco del pensamiento. Un loco cardiólogo. ¿Dios
mío lo sabrán sus pacientes? ella se pregunta. Sin embargo, hoy no parecía
un loco. Era otro hombre, distinguido, alto, autoritativo. Que raro todo
esto, ella piensa.
Al llegar a su apartamento se metió bajo
la ducha y se cambió a pijamas. Se acostó, estaba cansada física y
mentalmente.
Franco y Alejandro
Lo siento mucho, dice Franco. Usted hizo
todo lo posible, dice Alejandro. Si lo hubiese conocido antes, no le pasa
esto. Bueno, es decir, hubiese muerto sin dolor alguno, dice Franco. Él no
era de ir a ver un medico, se dejó morir, dice Alejandro. Cuente conmigo
para lo qué sea, dice Franco extendiéndole su mano. Necesito llamar a la
señorita, dice Alejandro. No se preocupe, yo hablaré
con ella, dice Franco. ¿La conoce usted? pregunta Alejandro. Sí, no vivo muy
lejos de ella, dice Franco. Como quiera me gustaría volver a verla, dice
Alejandro. Pues, dice Franco pensativo. Quizás lo invitemos a la boda, dice
Franco. ¿A la boda? pregunta Alejandro asombrado. Sí, la señorita es mi
prometida, dice Franco. No, no lo sabía. “El cardiólogo es un loco”,
piensa Alejandro recordando las palabras de Amarilis. Bueno doctor, gracias
otra vez, dice Alejandro retirándose. Franco se queda mirándolo partir.
Doctor Almendari, el paciente Flores esta
listo para el trasplante de corazón, dice una enfermera. Sí, ya voy, dice
Franco...
Amarilis
Se encuentra tomándose un té frente a la
televisión cuando alguien toca a la puerta. Ella se asoma al agujero, era
Alejandro. Ella abre la puerta. Hola, dice Alejandro con un ramos de rosas
rojas en sus manos. Hola, ella dice permitiéndole paso. ¿Para mi? ella
pregunta. Sí, por haber sido tan linda con mi abuelo, él dice. Gracias, ella
dice. Por favor tome asiento, ella dice, sacando unas almohadas del medio.
Él se sienta en el sofá.
Él baja la cabeza. Ella se sienta junto a
él. El abuelo falleció, él dice. ¿Que? Ella pregunta ahora sollozando. Lo
siento, murió después que usted partiera. Trataron de revivirlo pero les
pedí que no, estaba demasiado frágil, dice Alejandro. Se abrazan. Hiciste
bien, ella dice. ¿Quieres un té? ella pregunta. ¿Café? él pregunta. Sí, ella
dice levantándose. Él se levanta y la sigue a la cocina.
No sabía que eras la comprometida del
cardiólogo, él dice. ¿Cómo que la prometida? Ella pregunta volteándose
asombrada. Él me dijo que están comprometidos y que quizás me invite a la
boda, él dice. Ella traga gordo y vuelve y se voltea a preparar el café. A
mi ese hombre me pareció un genio, él dice. Ella le mira asustada. Silencio.
¿Por qué dijiste que era loco? él pregunta. Porque lo es, y no soy su
prometida. A penas lo conozco. Esta mas loco que una cabra, ella dice. ¿Que
una cabra? él pregunta. Ay, no me haga caso. Ella le sirve el café y ambos
se sientan a la mesa del comedor. Yo no quiero meterme en cosas de
enamorados, él dice. Ella baja su cabeza pensativa. Lo conocí apenas hace
unas semanas. Se me presentó cuando iba a trabajar y luego todas las mañanas
me espera con café. Vestido en pantalones de pijamas, camisas desabotonadas
y el pelo mojado y sin peinar, ella dice. Él hace por sonreír. Me dijo que
no duerme bien, solo unas horas, ella dice. Él toma de su café. Dicen que si
uno no duerme las horas necesarias, se puede volver loco, alucinar y hasta
no acordarse de lo qué hace, él dice. Quizás, pero es cardiólogo, por Dios,
Alejandro. Habrá mucha gente caminando las calles con el corazón de arriba
para abajo, ella dice. Él ríe a carcajadas. Los doctores de emergencia
duermen muy poco, él dice. ¿Estudias? ella pregunta. Sí, él contesta. Ella
mantiene silencio. Había perdido el interés y solo pensaba en Franco.
Es tarde y debo irme, él dice. ¿Cuando lo
entierran? ella pregunta. No lo van a enterrar, él quería incineración, él
dice. ¿Donde vives? ella pregunta. En el Bronx con un hermano, él dice. Ella
camina con él hasta la puerta. Me gustaría volver a verte, él dice. Pues ya
tienes mi número, ella dice. Él la besa en la mejilla y ella cierra la
puerta.
¿Qué se traerá el loquito? Ella se
pregunta un poco molesta.
Mt Sinai
Doctor Almendari, el niño del 534 se ha
despertado, dice una enfermera. Ya voy a verlo, él dice. Los pacientes en el
pasillo lo saludan y algunos familiares le besan las manos. Él se avergüenza
y enrojece. Las enfermeras le quitan la gente de encima y él sigue su camino
de vez en cuando volteándose a mirar a la gente que todavía lo miraba con
adoración. Se asusta y camina más deprisa. Las enfermeras se miran y sonríen
entre ellas.
La Habitación 534
¿Cómo te sientes? pregunta Franco. El niño
simplemente le mira a los ojos, sus ojos sollozos. Él le toma la mano en la
suya. Te vas a recuperar y pronto estarás jugando con tus amiguitos, él dice
sonriendo. El niño le aprieta la mano y una lágrima corrió lentamente por su
mejilla ahora rosada. Franco baja su cabeza. Por esto era doctor, por los
niños desamparados y enfermos por falta de atención médica y seguro de
salud. Él lo besa en la frente y sale de la habitación. Afuera lo esperaban
unos doctores y juntos entraron el salón de conferencias.
Al él entrar todos se ponen de pies, él se
asombra. Todos comienzan aplaudir. Ganaste el premio de nuevo, hijo e puta,
dice el jefe del departamento de cardiología vascular. Él sonríe y todos
vuelven aplaudir. ¿Cómo lo haces? Pregunta uno de los doctores presentes. No
duermo, él contesta. Todos ríen. Necesitas casarte y tener hijos, sino te
hundes en el trabajo y te pones viejo, dice otro de los doctores. Sí, ya
pronto me caso, él dice. ¿Cómo dices? Pregunta otro de los presentes, todos
ríen. Me caso pronto, él contesta un poco avergonzado. Felicitaciones, dicen
todos echándole un brazo y extendiéndole la mano. Gracias, él dice ahora
pensativo. Se rasca la frente. No lo he logrado solo, ustedes han sido la
razón por la cual he logrado todo lo que tengo, él dice. Mientes, yo no sé
ni como lo haces pero ni siguiendo todos tus pasos, aprendo. Carajo, Franco,
por Dios dame un poco de eso que estas tomando, ríe el jefe de cardiología
vascular. Todos ríen a carcajadas y las enfermeras entran con champaña.
Luego todos festejan contentos pero no por mucho tiempo ya que sus
comunicadores comenzaron a sonar y todos tuvieron que salir corriendo a sus
puestos.
Horas de la
Madrugada
Amarilis no podía dormir, se levanta y
prepara un té
y se asoma a la ventana. No puede ser, ella dice asombrada. Allí estaba el
loco, todavía en su uniforme de doctor. ¿Qué haces? Ay parece que se le
perdió algo, ella dice. Él caminaba de un lado al otro mirando el suelo, se
agacha varias veces. ¿Estará borracho? ella se pregunta. Él sube la cabeza y
logra verla mirando por la ventana y le hace señal que baje. Ella cierra la
cortina aterrorizada, se asoma temerosamente a volverlo a ver. Luego se fija
en el reloj de la cocina, las tres de la mañana. Se vuelve asomar moviendo
la cortina despacito, todavía estaba allí como estatua. Ella entra a su
habitación y se cambia de ropa y se pone su abrigo y baja en el ascensor. Él
se acerca al verla. Ella llevaba una lata de insecticida por si acaso.
¿Qué hace? ella le pregunta. Vine a verla,
él
dice. ¿Sabe usted que son las tres de la mañana? ella pregunta. No,
él contesta. Tenía una manera de
contestar sin pensar, rápido y sin interés. Él baja su cabeza. ¿Se le perdió
algo? ella pregunta. Sí, él
contesta. ¿Que? ella pregunta. Usted, él
contesta. Ella se asusta. Yo no le pertenezco, ella dice. Él baja su cabeza,
se veía cansado. Ya sé que
Juan murió, me lo dijo Alejandro, ella dice. Él sube su cabeza a mirarla.
¿Estuvo aquí? él pregunta.
Sí, vino a visitarme, ella dice. ¿A su apartamento, subió arriba, a solas
con usted? él pregunta. Sí,
ella contesta. Él se inquieta y lleva sus manos a su cintura. También me
dijo que usted y yo nos pensamos casar pronto, ella dice gozando de la
inquietud que él sentía.
Pues sí, él dice molesto,
empuña sus manos. Ella agarra la lata de insecticida más fuerte. Yo no sabía
que tuviera novio, fíjese usted, ella dice. Pues sí, me he fijado bien y
usted me gusta, él dice
acercándose a ella. Ella saca la lata de insecticida. No se acerque, ella
dice. Él se detiene. ¿Qué rayos es eso? él
pregunta. Para las cucarachas, ella dice. Él pensativo se rasca la cabeza y
luego baja su cabeza y camina despacito, alejándose. Ella le ve partir. A
poca distancia nota que había un hombre que lo esperaba, parecía un chofer.
No debí haberlo despreciado. Ay no sé
lo qué me pasa con él,
ella piensa.
Una Semana Después
Amarilis no podía sacarse a Franco del
pensamiento. No lo había visto de cerca. La esperaba y la miraba de lejos,
al cruzar la calle recostado de un poste tomando café. Ya le hacia falta su
presencia pero todavía le temía aunque parecía respetarla. Ella lo ve
esperándola, se acerca a él.
Buenos días, ella dice. Buenos días, él
contesta. No voy a trabajar, tengo libre, ella dice. Gracias por avisarme,
él dice. ¿No tiene usted
nada mas que hacer que esperarme todas las mañanas? ella pregunta. Tengo que
dormir, él dice. Pues
descanse, le hace falta, ella dice. Usted me hace falta,
él dice. Ella se inquieta con la
mirada de Franco, parecía estar apasionado. Debe buscarse una mujer que lo
cuide, ella dice. En mi casa hay varias mujeres que me cuidan,
él dice. Ella le mira molesta.
¿Varias mujeres? ella pregunta. Sí, sirvientas, nanas,
él dice sonriendo. Ella le apaga
los ojos y cambia su cara. Me gusta, él
dice. ¿Que? ella pregunta. Eso que usted hace, así como que quiere pegarme,
él dice llevando su mano a
su rostro. ¿Se acuesta usted con sus sirvientas? ella pregunta. Él la mira
sin comprender. No, no sabía que eso era permitido,
él dice. Ella vuelve a pagarle los
ojos. Él sonríe. La estoy esperando a usted, para eso mismo,
él dice. Ella se molesta y
mantiene silencio. El cuerpo de una mujer es muy fácil de complacer, en
manos expertas, él
dice. Buenos días, ella dice alejándose. Él la ve partir sin comprender por
qué se había ofendido.
Tres Días Después
Amarilis sale de su edificio y mira a su
alrededor. El loquito no estaba, no lo había visto en varios días. Ella
suspira hondo. A lo mejor se murió por falta de sueño, ella piensa cruzando
la calle. Se voltea a ver si logra verlo, pero nada y sigue su camino a la
estación de trenes. Baja las escaleras junto a muchas otras personas y allí
estaba él, esperándola. Ella lo mira fijamente y lo mira de arriba abajo,
traga gordo. Tenía una gorra, su abrigo abierto, jeans rotos y chanclas sin
medias. Hola, él dice. Hola, ella contesta. Él la toma de la mano y ella se
asusta. Hoy no tiene que ir a trabajar, él dice. ¿Por que? ella pregunta
nerviosa. Él la mira un poco avergonzado y mira a su alrededor aturdido,
hace por hablar pero no le salen las palabras. Ella sale de la estación con
él. Se me hace tarde, ella dice, pero él no la soltaba. Afuera un chofer les
esperaba. Ella entra el auto nerviosa. Franco, se me hace tarde, ella vuelve
a repetir. Llama a tu jefe, él dice sentándose junto a ella. Ella llama por
celular nerviosa.
Phillip, ella dice. Hola linda. Me imagino
que ya te enteraste, dice Phillip. ¿Enterarme de qué? ella pregunta. ¿Pues,
hablaste con tu comprometido? él pregunta. ¿Cual comprometido? ella pregunta
asustada. Bueno, pues él estuvo aquí tarde después de tú salir. Me dijo que
pronto se casan y que te vas a tomar unas semanas de vacaciones. No lo
esperaba. Yo ni sabía que tuvieras novio pero te felicito. No creo que él
esté a gusto que regreses pero si quieres volver, te espero, él dice. Ella
cuelga y mira a Franco a los ojos furiosa. Lo abofetea fuertemente. Déjeme
aquí, ella dice. El chofer asustado estaciona.
Espere, está bien, debí haber consultado
con usted, pero escúcheme, por favor, él dice. Ella le mira a los ojos. Yo
necesito casarme, hacer una familia para poder adoptar a un niño. Un niño
huérfano, la he escogido a usted. Soy un hombre millonario y se dice que a
las mujeres les gusta eso mucho, el dinero, él dice. Ella le mira asustada y
traga gordo. También le prometo felicidad,
él se
corrige. Él sube una mano hacia ella y ella se retira. No pienso tocarla,
usted me gusta pero ya veo que no tiene interés en mí. Soy un poco raro, así
dicen todos. Sé que quiero ser padre, que no quiero que el niño regrese al
orfanato, ayúdeme, él dice suplicante. Dios mío, ella dice un poco mareada,
abre la puerta y sale afuera a tomar el aire. Él baja su cabeza desesperado.
Ella vuelve a entrar después de unos minutos. ¿Necesito firmar contrato?
ella pregunta. Lo qué usted quiera, él contesta. Prosiga, ella le dice al
chofer y éste sonríe y arranca.
Edificio El Parador
El chofer les abre la puerta y ellos salen
y entran al edificio. Los guardias de seguridad saludan sonrientes. Ella
mira a su alrededor. Había seis ascensores pero ellos fueron dirigidos a
través de una puerta privada adonde se encontraba un ascensor con un guardia
de seguridad. Subieron al quinto piso y cuando las puertas abrieron se
encontraron en una sala. Una sirvienta les saluda sonriente. Mariela, ella
es Amarilis, mi futura esposa, él dice. Señora, dice la sirvienta,
bienvenida a su casa. Gracias, dice Amarilis mirándola un poco nerviosa. Era
una mujer que parecía filipina. Él la toma de la mano y la dirige a una
sala, había un bar y un sofá de cuero negro adornado de una madera gruesa
con un diseño griego. Ella lo admira todo asombrada. La sirvienta entra con
jugo de naranja y café y ellos se sientan juntos. ¿Has desayunado? él
pregunta. No, pero no sé si pueda, ella contesta. Él pensativo se rasca la
cabeza. No tenemos que dormir juntos, él dice. Ella le mira de re-ojo, él se
avergüenza y baja su cabeza. Nos vamos a casar aquí entre familia, él dice.
¿Cuando? ella pregunta asustada. En dos semanas, él dice. Ella traga gordo.
Mis padres viven en el segundo piso. De aquí se puede bajar directamente, él
dice. ¿Cuantos piso tienes este edificio? ella pregunta. Doce, él contesta.
Era una mansión pero con el tiempo se convirtió en un hotel y luego, después
de la guerra, él dice pensativo, mis padres lo remodelaron y lo convirtieron
de nuevo en una mansión lujosa, él dice. ¿Naciste aquí? ella pregunta. No,
soy adoptado, él dice. Ella lo mira a los ojos. Sé
que debes tener muchas preguntas, él dice. ¿De qué nacionalidad eres? ella
pregunta. Filipino, él contesta. Dios mío, sí, por eso los ojos achinados,
ella piensa. Mis padres, bueno ya los conocerás, él dice. ¿Y tus padres de
sangre? ella pregunta. No sé, mis padres adoptivos me adoptaron de tres años
en Manila, él dice pensativo.
La sirvienta vuelve a entrar. Señor, lo
llaman del hospital, ella dice. Con el permiso, él dice levantándose y
saliendo por una puerta. Ella se levanta y se asoma a la ventana. Había una
terraza hermosa y una piscina se podía ver aunque ahora cubierta con una
carpa.
La sirvienta vuelve a entrar. ¿Desea café?
ella pregunta. Sí gracias, ella dice siguiendo a la sirvienta. Mariela, ella
dice. Bonito nombre, dice Amarilis. Mariela sonríe dulcemente, era una mujer
de avanzada edad pero muy bonita. Entran a la cocina. Al señor hay que
siempre velarlo, sino sale sin zapatos a la calle, ríe Mariela. Amarilis
también ríe. Sí, lo sé, ella dice sonriente. Trabajo con la familia muchos
años, dice Mariela. ¿Es usted filipina? pregunta Amarilis. Sí, los señores
me contrataron en Manila y me trajeron a vivir con ellos como nana, sonríe
Mariela. ¿El señor nunca se ha casado? pregunta Amarilis. Nunca, pero sí
tenía muchas pretendientes. Él es tímido y excéntrico, dice Mariela. Parece
latino, dice Amarilis. Pues sí, algunos todavía hablamos castellano en
Manila, pero mi familia habla tagalo y es el idioma principal de Manila y
otras de las islas filipinas, ella dice. Yo soy puertorriqueña, dice
Amarilis. Ya sé por qué el joven Franco la escogió, usted es muy linda y muy
dulce. Él dice que las mujeres que se ensucian sus rostros y siempre andan
con tacones y encajes, tienen las cabezas vacías, ella dice. ¿Por qué se
ensucian los rostros? pregunta Amarilis. Maquillaje, dice Mariela. Amarilis
sonríe y después de unos minutos ambas ríen.
El joven Franco como usted dice anda con
zapatos de diferentes colores, dice Amarilis en voz baja. Yo no le digo nada
porque va y se cambia y se pone dos pantalones, uno encima del otro, dice
Mariela con sus ojos engrandados. Amarilis traga gordo. En eso entra Franco.
¿Café? él pregunta. Sí, pero ya te has tomado cuatro tacitas de café
cargado, dice Mariela. Él se rasca la cabeza, un signo que estaba pensativo.
Amarilis le mira de arriba abajo. Se había metido bajo la ducha otra vez y
se había cambiado a un par de pantalones de salir, zapatos costosos y una
camisa blanca. Ella baja su cabeza, que guapo es, ella piensa suspirando
hondo.
Vamos a ver a mis padres, nos han
invitados almorzar, él dice. Ella se asusta. No estoy vestida
apropiadamente, ella dice. ¿De veras? él pregunta. Pues no podemos y no
debemos hacerlos esperar, él dice firmemente tomándola de la mano.
Tomaron el ascensor privado hasta el
segundo piso y otra sirvienta filipina les recibe sonriente. Esta era mas
joven. Ella es Amarilis, mi futura esposa. Ella es Carolina, él dice. Mucho
gusto y bienvenida, dice la sirvienta. Gracias, dice Amarilis.
Al entrar a la sala, él toma a Amarilis de
la cintura. Sentada había una señora de avanzada edad de piel negra, se
levanta y se acerca. Hija, ella dice abrazándola. Amarilis la abraza. La
mujer la mira a los ojos. Eres muy linda, dice la mujer. Mamá, ella es
Amarilis, mi madre, Sofie, él dice. Mucho gusto, dice Amarilis asombrada. No
sabía que los padres de Franco eran de avanzada edad y menos que su madre
adoptiva era de piel negra. El hombre estaba sentado en una silla de ruedas
y Franco lo despierta. Papá, él dice. El hombre abre los ojos asombrado. Él
es mi padre, Luis, él dice. Mucho gusto, Amarilis, ella dice. Luis la atrae
hacia él abrazándola. La mira a los ojos. ¿Eres mejicana? él pregunta. No,
puertorriqueña, ella dice. Yo nací en Jalisco, dice Luis. Ella sonríe.
Franco y Amarilis toman asientos. Pensamos
casarnos aquí en dos semanas, dice Franco. Hijo, pero el mundo entero debe
saber que te casas, dice Sofie. ¿El mundo entero? él pregunta preocupado.
Déjalo que él haga lo qué quiera. La vida es muy distinta a nuestros
tiempos, dice Luis. No sé como te conoció mi hijo, es muy tímido, sonríe
Sofie. Amarilis baja su cabeza. Sofie ríe. No me lo tienes que contar
ahorita pero me gustaría saberlo, ríe Sofie. Franco baja su cabeza como
solía hacer cuando estaba avergonzado. Mi hijo es un genio, dice Luis.
Amarilis sonríe. Sabes que nunca jugaba con juguetes como los demás niños,
se aburría. En la escuela sabía mas que los profesores y nos dimos cuenta
que era diferente a los demás. Es único, un genio en un mundo que ya se esta
hundiendo en la pobreza y el orgullo que poseemos los humanos. Él no vive en
nuestro mundo, lo mira de lejos, dice Luis seriamente. Amarilis se inquieta.
Franco se aclara su garganta y Sofie se excusa y unos minutos después los
llama a todos a la mesa del comedor.
Amarilis lo admira todo con curiosidad.
Era gente de mucho dinero, que había viajado el mundo entero. Había fotos de
ellos hasta frente a las pirámides, Egipto, piensa Amarilis. Sofie era alta
y delgada, su piel negra era muy atractiva y sus cabellos eran cortos y
blancos, tenía un rostro agradable y bonito. Luis parecía llevarle diez años
y también era delgado con ojos verdes. Hacían una bonita pareja. ¿Como
fueron a dar con el niño huérfano en Manila? ella se pregunta.
¿Sabes que Franco piensa adoptar un niño
de cuatro años? pregunta Sofie. Sí, contesta Amarilis. ¿Lo has conocido?
pregunta Sofie. No, todavía no, dice Amarilis. Franco y Luis conversaban
entre ellos sobre asuntos del hospital. Nosotros no pudimos tener hijos y
después de muchos años y muchas angustias y decepciones, decidimos adoptar.
Mi hijo es filipino. Era un bebé hermoso. Me enamoré del y no lo dejé ni un
segundo, dice Sofie con lágrimas en sus ojos. Amarilis sonríe. Me imagino
que mi hijo y tú tendrán hijos pero el niño es divino y mi hijo le salvó la
vida con una cirugía de corazón abierta, dice Sofie. No sabía que era
cardiólogo pediatra, dice Amarilis. Él no lo es pero fue a él a quien
acudieron cuando el niño estaba apunto de morir, dice Sofie. Yo misma no lo
sabía hasta hace muy poco, continua Sofie tomando de su vaso de vino. Me
gustaría mucho conocerlo, dice Amarilis. Sabes, yo nunca tuve mucho de nada.
Conocí a mi marido en la universidad de Boston, nos enamoramos y hasta hoy
lo estamos, continúa Sofie, yo no sabía que sus padres eran millonarios. Mi
marido y mi hijo no son millonarios monetarios sino de corazón, de bondad,
dice Sofie. Amarilis la admira, era una mujer dulce y bondadosa, en paz
consigo misma.
Unas horas después de haberle mostrado
fotos de Franco cuando niño, Sofie la miró a los ojos. Mi hijo no es
sociable, le gusta estar solo y lee mucho. Él dice que no ve el mundo como
los demás. Lo ve todo desorganizado. Dice que los humanos han hecho un
desastre del mundo, que somos un virus, una plaga. Su inteligencia supera a
muchos pero prefiere mantenerse en las sombras aunque de cada rato se
aparece uno que otro con honorarios por sus logros en la medicina. Lo veo
como a un científico que al darse cuenta que todos estamos equivocados,
decide mejor mantener silencio y observarnos desde lejos, ella dice
pensativa.
Los ojos de Amarilis se encuentran
admirando al hombre, aquel hombre que pensó loco, que todavía lo pensaba,
que era de ser su marido y algún día padre de sus hijos. ¿Podría
comprenderlo, hacerlo feliz? ella se pregunta. Él la mira y sonríe. Sí, ella
piensa.
Dos Semanas Después
La Boda
Sofie y Amarilis habían salido de compras
y como madre e hija habían organizado la boda, una boda simple entre
familiares, los cuales eran muy pocos. Phillip, Marisa y Carmina acudieron
felices admirándolo todo con curiosidad. Alejandro y su novio Antonio
también acudieron felices de haber sido invitados.
Cuando Amarilis salió a la terraza en su
vestido de novia, todos dejaron de respirar por unos segundos. Era hermosa,
delicada y sencilla. Sin maquillaje ni tacones ya que Franco no entendía el
porqué las mujeres se sometían a la tortura de tacones y sucio en sus
rostros, ella sonríe pensativa. Alejandro tomó las fotos, ya que era
fotógrafo y Antonio le había cosido su vestido como un ángel. Tan de ella
era aquel vestido que parecía flotar en el aire como una segunda piel. Era
un vestido color crema ajustado a su cuerpo, le llegaba a mitad de piernas,
mostrando su hermoso cuerpo. Un escote mostraba su espalda hasta la cintura
y sus brazos desnudos, la tela fina la acariciaba sensualmente y en su pelo,
una sola flor, una margarita.
Franco nervioso hace por no mirarla, ya se
sentía incomodo con la atención de todos. ¿Cómo había dado con ella? No lo
sabía, solo sabía que era de ser del y que jamás volvería amar a otra. Ella
lo mira con dulzura y sus ojos se llenan de lágrimas. ¿Quién era aquel
hombre que con su persistencia la había acosado, seguido como una sombra,
venciéndola? ¿Qué la había elegido a ella para su esposa y madre de sus
hijos? ¿Que había perdido sueño para entrar al mundo ajeno al cual tanto le
temía para invitarla a entrar a su mundo? Un mundo que pocos conocían, al
borde de la locura, a un paso, ella piensa.
Días Antes...
Amarilis entra la habitación 534. Era un
cuarto privado con enfermera las veinticuatro horas del día. El niño era
pequeñito, quizás más que niños de su misma edad. Era hermoso con sus ojos
grandes y negros. Al verla sonrió dulcemente. Ella se acerca y le toma la
mano en la suya y lo besa en la frente. ¿Cómo te llamas? Ella pregunta ya
que nadie le había dicho su nombre. David, él responde. David como el ángel,
ella dice acariciándole el rostro. Yo soy Amarilis, ella dice. La enfermera
se acerca. Pronto podrá irse a su casa, esta dice. ¿Como esta? ella
pregunta. Muy bien, es un niño muy fuerte, dice la enfermera. ¿Por qué esta
la habitación tan vacía? Las otras habitaciones de niños están decoradas con
ositos y juguetes, ella dice. El doctor no lo cree conveniente, contesta la
enfermera. Pues cuando estés en tu casa vas a tener un cuarto lleno de
juguetes, le dice Amarilis. El niño sonríe. ¿Cuales juguetes te gustan? ella
pregunta. Aviones, camionetas y “transformers”, él contesta sonriente. Pues
te voy a contar un secreto, ella dice acercándose a él, a mí también, ella
sonríe. Ambos ríen.
Al Amarilis salir del cuarto no pudo
evitar las lágrimas que tanto había evitado frente a David. No sabía por qué
había sentido tanta tristeza, no solamente por aquel niño pero por todos los
niños del mundo que no tenían juguetes. La enfermera acude a ella. Por
primera vez en su vida había sentido lo qué era ser madre, un amor tan sano
y puro que la hizo estremecerse. Gracias, ella le dice a la enfermera. Poco
después salió a administración donde Sofie la esperaba. Eran inseparables,
su suegra y ella, más que amigas, hermanas. Sofie la abraza fuertemente. Es
hermoso, llora Amarilis. Lo sé, dice Sofie también sollozando.
El Presente
El juez que los unió en matrimonio era un
viejo amigo de familia. Las sirvientas, el chofer, los cocineros, todos
estaban presentes y sonrientes. Marisa y Carmina con lágrimas en sus ojos lo
miraban todo como si fuera un sueño, un sueño de cenicientas y Phillip
contento no podía dejar de pensar, que suerte la de esta mujer. Sin embargo,
Franco un poco nervioso no parecía disfrutar de nada. Todo lo veía como una
comedia, imágenes y sombras, sonrisas y lágrimas, flores...
Ella lo toma del brazo y se besan
tiernamente en los labios, aquel beso que los unió en matrimonio, aquel día
soleado de Marzo, les prometió muchos años juntos, muchos besos y abrazos y
mucha felicidad.
Luego, entre las risas, las conversaciones
y el champaña fue pasando la noche lentamente y todos disfrutaron de una
cena fabulosa y las atenciones de la servidumbre y la música suave de piano.
Franco sonreía con todos y conversaba
contento pero sus ojos nunca dejaron de admirar a su esposa, podría él
hacerla feliz. Tendría que enfocarse en ella como hacia con todo en su vida,
completa concentración y dedicación. El la mira de arriba abajo, todo lo
demás le parecía lejano, con poca importancia, entre tinieblas pero ella no.
Ella era real y le pertenecía como sus pensamientos, su intimidad, sus
sueños y su mundo del cual salía pocas veces- su mundo del cual se asomaba a
ver a los demás jugar con sus juguetes, conversar demasiado y sin
importancia- sin darse cuenta que no eran tan importantes como seres
humanos como las demás criaturas del mundo. Eran simplemente insectos,
insectos que creaban construcciones de viviendas como los comejenes, que
hacían guerras y se destruían unos a los otros y todo por nada, no había
nada al otro lado del túnel, él piensa. Ella se acerca y él se pega un
brinco. Estas muy callado, ella dice. Él sonríe un poco avergonzado. Solo
quiero estar a solas contigo, él dice. Ella traga gordo. Nunca había hecho
el amor con él y todavía pensaba que era un poco alocado, le temía. No
entendía mucho de aquel hombre que a veces la miraba de lejos pensativo, que
siempre parecía pensativo, sin descanso alguno, sin placer...
Horas después
En la intimidad
Amarilis sale del baño y él estaba asomado
a la ventana, completamente desnudo. Ella se inquieta, era un hombre tan
guapo que hacia a una temblar pero él no parecía saberlo. Él se voltea a
mirarla y ella le mira de arriba abajo. Dios mío que guapo es, ella piensa.
Él se acerca y la besa en los labios tiernamente y luego con insistencia, le
mete la lengua mordiéndola apasionado, ella se asombra. Él nunca la había
besado así y antes de saber lo qué estaba ocurriendo él la tenía en sus
brazos y la llevaba a la cama como si no pesara nada.
La coloca en la cama y la desnuda y ella
todavía temblosa, como si fuera una virgen en su primer encuentro amoroso,
temerosa pero curiosa. Él la admira y comienza a besarle el cuerpo entero, a
pasarle su lengua ardiente, despertando su piel y ella se excita tanto que
quería comérselo vivo. Era fuerte, apasionado y conocía el cuerpo de una
mujer como si él mismo lo hubiese formado con sus propias manos y antes de
ella volver a la realidad, él estaba dentro de ella insistente, demandando
con su fuerza, extrayendo la pasión del cuerpo de Amarilis, haciéndola
entregarse de cuerpo y alma. Este era su marido, apasionado, mirándola en
silencio de lejos, pensativo, feroz en la cama, apasionado como ninguno otro
y dejándola suspirando hondo, asombrada...
Hicieron el amor toda la noche y él no
parecía cansarse, era insaciable y demandante...
Cuando al fin se quedó dormido, ella se
levantó y entró al baño y se metió bajo la ducha. Su piel estaba tan
caliente que parecía sofocarla. Jamás en su vida había hecho el amor así, no
era posible. Nunca había pensado que los hombres conocían el cuerpo de una
mujer y sus secretos pero estaba equivocada. Su marido no era como los demás
hombres, era diferente...
Cuando ella salió del baño, él ya no
estaba. ¿Franco? Ella llama pero él no estaba en la habitación. Ella sale al
pasillo entre las habitaciones buscándolo cuando escucha la ducha en una de
las habitaciones y entra. Me asustaste, ella dice. ¿Por que? él pregunta. No
sé, al no encontrarte, ella dice saliendo del baño. Aquella habitación era
de huéspedes. Algún día sería para su primer hijo, ella piensa. La
habitación de David todavía permanecía vacía ya que él todavía estaba
recuperándose en el hospital. Ella entra a la habitación, la cual estaba
decorada expertamente. Sofie se había encargado de todo y había juguetes y
juegos electrónicos, una computadora y un piano. La cama era hermosa y
lujosa y las paredes estaban decoradas con aviones y camiones que parecían
salir y entrar por las paredes. Que bien se sentía allí, era un paraíso
infantil, todo un sueño de niño, ella piensa. Él entra y ella se estremece
al sentir sus manos en su cintura, se besan en los labios. Vamos a comer,
qué hambre, él dice. Ella sonríe dulcemente.
Horas después el sol entra por la ventana
y ella se levanta y entra al baño, él no estaba. Luego ella lo encuentra
sentado a la mesa del comedor tomando café y leyendo el periódico. Buenos
días, ella saluda. Buenos días, él contesta sonriente. Se besan y ella se
sienta y se sirve café. ¿Estaba aquí Carolina? ella pregunta. No, Mariela,
él dice. ¿Donde viven? ella pregunta. En el piso tres y el chofer también,
él dice. ¿Son todos filipinos? ella pregunta. Sí, él contesta. ¿Y sus
familias? ella pregunta. Ellos tienen sus días libres, él dice. La mira
fijamente y ella mantiene silencio. Él tenía una forma muy extraña de hablar
con sus ojos. Él le pasa una parte del periódico, los muñequitos y ella le
mira molesta. Él sonríe. ¿Qué fue? él pregunta. No sé, me crees estúpida,
ella dice. No, pero las mujeres siempre se pasan leyendo cosas sin sentidos,
él dice ignorándola. Yo no, ella dice. Mira aquí hay anuncios de maquillaje,
él dice mostrándole. Ella se molesta y le apaga los ojos. Él ríe
burlonamente, la mira de re-ojo. No te molestes si son bromas, él dice.
¿Bromas tú? Lo dudo, ella dice pensativa. Esta mañana tenía el pelo de
puntas como siempre y ahora ella se da cuenta que el pelo chino de Franco
siempre era así, que para tranquilizárselo se tenía que untar productos
cosméticos, los cuales, él no usaba. Ella sonríe mirándolo y acordándose de
las veces que lo había visto así y pensado que no se había peinado. Él la
mira de re-ojo. Estoy ansioso por traerme a David, esta muy solo allí, él
dice. Sí, pero las enfermeras lo adoran y lo miman demasiado, ella dice.
Unos minutos después Carolina entra con el
desayuno y ellos comen con gusto. Carolina no había cocinado en la cocina
del apartamento de Franco, que raro, ella piensa. Carolina salió en silencio
entrando al ascensor privado. No habían salido de luna de miel, habían
decidido permanecer cerca por si algo se presentaba con la salud de David.
Franco parecía más relajado y enfocado ya
que había dormido sin la constante alarma de su reloj Rolex aunque le
preocupaban sus pacientes.
Salieron a la terraza a tomar el sol, él
era callado y hacia poca conversación pero ella ya entendía que era mejor
darle espacio. Él se perdía en su mundo al cual ella no podía entrar. ¿Qué
estará pensando? Ella se pregunta admirándolo. Él miraba hacia lejos. ¿Como
se sentiría ser tan inteligente que todo a su alrededor parecía una comedia
sin importancia? Sería muy feo sentirse diferente a los demás, apartado de
todos, y el niño en él, como había podido sobrevivir, ella piensa. Él la
mira de re-ojo pensando en el cuerpo hermoso de su esposa entre sus brazos y
como lo hacia sentir, nada mas le importaba...
Ella cierra sus ojos contenta sintiendo
felicidad profunda de cuerpo y alma. Lo tenía todo, un hombre guapo y
apasionado, dinero, lujos, suegros dulces y cariñosos y todo a su alcance y
lo mas importante, era madre, madre, ella piensa sintiendo una brisa cálida
en su rostro.
Esa tarde salieron a comer a un
restaurante Francés en la quinta avenida. Amarilis lucía uno de los vestidos
que su suegra, Sofie, había escogido para ella. Era un vestido negro y
sensual y con sus aretes y collar de perlas blancas parecía artista famosa.
Todos le saludaban y les felicitaban. Era allí donde se unían los doctores y
sus familiares y él orgullosamente la presentaba sin soltarla de la mano.
Amarilis se sentía orgullosa y algunas mujeres presente la miraban con
envidia pero ella sabia tratar con gente de dinero, sabia fingir muy bien.
También habían algunas enfermeras con sus maridos y ellos se encontraron
entre un grupo grande de amistades. Aunque Franco hablaba muy poco y a veces
se quedaba pensativo como que iba a decir algo pero no le salían las
palabras, parecía que todos ya le conocían y lo aceptaban con sus
diferencias. Fue entonces que ella notó que él no era como los demás pero
aun así era respetado por todos y admirado por todos. Él no bailaba y no
tomaba sin antes llevar la copa a su nariz, era algo muy raro pero parecía
como cualquier experto en vinos. Lo único era que lo hacia con toda bebida.
Ella lo miraba de re-ojo. Él también era muy místico con su comida y sacaba
aceitunas y algunos vegetales a un lado del plato, lo hacia con mucha
precaución y concentración y era inútil no querer mirarlo. Algunos de sus
colegas le echaban bromas también haciendo lo mismo. Él ríe avergonzado y
baja su cabeza. Algo que a ella le fascinaba, querías abrazarlo y besarlo
cada vez que lo hacia. Fue en aquel preciso momento que Amarilis supo que
Franco era el amor de su vida, su primer y único verdadero amor. Lo mira
orgullosamente, queriendo gritarles a todos su amor por él. Él le sonríe
tímidamente.
Mariela le había contado que él se
enfocaba en una sola cosa a la vez y su concentración y atención en esa idea
u objeto era indestructible. Lo qué ella no sabía era que Franco se había
enfocado en ella.
Esa noche ella lo encontró muy pensativo.
Después de bañarse juntos y hacer el amor, se acostaron pero él no había
dicho una sola palabra. Era muy extraño el silencio, tendría que
acostumbrarse y luego él le preguntó...
¿Te gustaría ser enfermera? él pregunta.
¿Enfermera? ella pregunta. Sí, vestir siempre de blanco, con un vestido
corto y sensual, él dice como entre pensamientos. Ella se molesta. ¿Quieres
que me vista de enfermera para ti? ¿Es una fantasía? ella pregunta. No, pues
sí, me gustaría, él confiesa. ¿Qué mas te gustaría? ella pregunta
temerosamente. Que entres a mi oficina vestida de enfermera y te me sientes
encima, él dice. Estaba erecto y sufriendo en solo pensar que ella le
cumpliera sus fantasías. Me imagino que así te sentirás con tus enfermeras,
ella dice. Tú no sabes nada de lo qué siente un hombre, él dice. Algunos
hombres no piensan así, ella dice. Porque mienten, sienten vergüenza, él
dice. ¿Y tú no? ella pregunta. No con mi esposa, él dice. Está bien, le
pediré a Sofie que me compre el uniforme de enfermera, ella dice. Él se
molesta y sale de la habitación. Qué madre, ni enfermos los hombres dejan de
pensar en fantasías y sexo, ella dice molesta.
Una hora después lo encontró dormido en el
sofá con la televisión encendida. Había sentido celos con las enfermeras, no
era tanto el que él le hubiera pedido vestirse de enfermera. Quizás por eso,
no tenía novia, ya que las enfermeras lo mantenían satisfecho. No en balde
se pasaba en el hospital, ella piensa celosa.
El Día Después
Mt Sinai
Franco y Amarilis entran al cuarto de
recreo donde se encontraban los niños jugando. David al verles sonríe
alegremente. Mientras Franco conversa con las enfermeras y un doctor, ella
se sienta a jugar con David. Era divino y muy inteligente. Tenía una gracia
afectuosa y todos querían estar a su alrededor. La besaba y la abrazaba
mucho, orgulloso de ella y de Franco y le mostraba los juguetes y les
explicaba los juegos, claro que todo en inglés.
Amarilis, lo podemos llevar a la casa
pronto, él dice. ¿De veras? ella pregunta. Sí, pero va a necesitar constante
cuido y una enfermera privada, él dice. Ella se incomoda, siente celos. Yo
puedo atenderlo, ella dice. Por eso me gustaría que tomaras los cursos de
enfermera, yo te proveo un buen profesor particular, él dice. Ella traga
gordo. Era por eso que él le había preguntado que si le gustaría ser
enfermera pero ella se había adelantado, sintió vergüenza frente a él. Él
sonríe dulcemente, se le acerca al oído- así también podrás entrar a mi
oficina en la casa, él dice. Ella ríe a carcajadas. Él baja su cabeza y ella
lo abraza fuertemente.
En eso Sofie entra al cuarto con regalos
para los niños y con ella Carolina. Que lindo encontrarlos aquí, ella dice.
Se abrazan. Poco después él sale con dos doctores y Sofie y Amarilis
conversan con los niños. Era un placer la presencia de Sofie, era dulce y
comprensiva. Qué pena que su vientre nunca había sentido el placer de ser
madre. Amarilis la mira tristemente, se asusta. ¿Y si ella tampoco podía ser
madre? Nunca lo había pensado pero ahora era muy importante para ella y para
todos en su nueva familia, su única familia, ella piensa asustada.
Franco y Paul
Te felicito, tu esposa es una muñeca, dice
Paul. Franco se incomoda con la conversación. Tus pacientes no hacen mas que
preguntar por ti, es un fastidio. A mi ni me tienen en cuenta, dice Paul,
aunque sabía que Franco no era de hacer mucha conversación vacía. Bueno
tengo que irme pero te veo pronto, dice Paul caminando por el pasillo largo
del hospital. Franco se queda pensativo. ¿Mi mujer una muñeca? Imbécil, él
dice molesto. No entendía algunas cosas o por qué la gente se empeñaba en
hablar cosas sin sentidos. Le ponía demasiada importancia a cosas pasajeras
y no le gustaban las bromas.
Tres cardiólogos pediatras se acercan a él
a saludarlo.
Por cierto, Franco, tenemos un problema
con uno de nuestros pacientes. El rostro de Franco cambia de semblante, su
concentración completa, enfocado. Todos caminan conversando hacia uno de los
cuartos. Era a Franco a quien acudían con sus problemas. Él les resolvía los
problemas aunque no era cardiólogo pediatra, era un genio y todos lo
respetaban.
Sofie y Amarilis llevaron a David en silla
de ruedas a pasear por el pasillo. Pronto lo van a dar de alta, dice
Amarilis. Sí, lo sé y estoy tan ansiosa por verlo saludable y sano. No sabes
las noches que he pasado pensando que se iba a morir, dice Sofie con
lágrimas en sus ojos. ¿Cómo se encontraron con él? pregunta Amarilis. Pues,
yo siempre voy al orfanato para llevarles libros y juguetes a los niños y un
día la directora me lo presentó. Lo habían encontrado en un apartamento
sucio y frío. Los vecinos lo habían escuchado llorando y lo reportaron. Su
madre había muerto y él estaba allí solo, dice Sofie. La piel de Amarilis se
eriza y sintió frío. Yo quería adoptarlo pero por mi edad y la salud de mi
marido, no era posible. Mi hijo lo operó, tenía un pequeño defecto en el
corazón pero aun así, la operación fue muy delicada. Luego Franco decidió
adoptarlo y él decidió que el niño también necesitaría de una madre pero él
no tiene mucho tiempo para conocer mujeres solteras. Sus colegas le habían
presentados a sus hermanas, primas, amigas pero nada. Franco es muy
peculiar, todo a su manera y a su tiempo. No sé como te conoció a ti, dice
Sofie. Amarilis sonríe. Yo a veces no sé como pasó, pero aquí estoy con él y
no pienso dejarlo jamás, ella dice. Sofie la abraza y después de llevar a
David a su habitación salieron a tomar café.
Después de unos días libres, Franco
regresó al hospital y Amarilis no lo veía en días. Se comunicaban por
celular pero él dormía en el hospital. Ella ahora pasaba los días en el
hospital con David, el cual necesitaba mucha atención médica y mucho cariño.
Mariela y Carolina siempre estaban presentes y Sofie hasta se quedaba a
dormir en la habitación de David. El padre de Franco era como una sombra,
ella nunca le veía y pocas veces se escuchaba hablar del. Ella no hacia
preguntas y sabía que Luis estaba muy enfermo.
Dos Noches Después
Amarilis abre sus ojos y allí estaba
Franco mirándola. Él la besa en los labios. Ella sonríe. David esta aquí, él
dice. ¿De veras? Ella pregunta levantándose de la cama. Ambos entran a la
habitación de David, el cual estaba durmiendo tranquilamente. Amarilis lo
besa en la frente y lo arropa. Ambos salen de la habitación de manos.
El chofer te va a llevar a la universidad,
te va a esperar y te regresa a la casa. Ya todo esta en orden y también
tendrás un tutor que vendrá a la casa, él dice. Ella lo mira asustada. No
sabía si podría tomar los cursos, no era muy inteligente y no le gustaba la
escuela. Lo mira a los ojos pero no pudo decir nada, tendría que cumplir por
el amor que les tenía a su marido y a su hijo. Ella sonríe y lo besa en los
labios. Él se queda pensativo, la vuelve a mirar a los ojos. Yo puedo
ayudarte, él dice. Mi amor, tú apenas tienes tiempo para dormir, ella dice.
¿Mi amor? él pregunta asombrado. Sí, te amo, ella dice. Él baja su cabeza.
Ella lo besa en los labios y lo lleva de la mano a la cama. Lo desviste y se
desviste. Él ya estaba erecto pero un poco avergonzado. Ella sonríe. Es
fácil amarte, ella dice tomándolo en su boca y él cierra sus ojos…
El Día Después
Amarilis se levanta contenta y se voltea
en la cama pero Franco no estaba. Ella entra al baño y nota que la puerta
estaba entre abierta, sale al pasillo. ¿Franco? ella llama. Se asoma a la
ventana y se espanta…
¡Franco! Ella llama pero él iba cruzando
la calle. Dios Santo, ella dice vistiéndose deprisa y corriendo al ascensor.
El guardia de seguridad la mira asombrado. ¡El señor salió en pijamas! ella
dice molesta. Sí, lo vi salir, dice el guardia. ¿Pues por qué no lo detuvo?
ella pregunta. Él siempre sale así, contesta el guardia. Ella corre afuera y
cruza la calle y entra al restaurante. Franco estaba sentado leyendo el
periódico y tomando café. Ella se sienta junto a él.
Franco, ella dice. Él sube sus ojos sin
subir su cabeza. Me gustaría que no salieras en pijamas a la calle, ella
dice. Él suelta el periódico asombrado, se mira y se avergüenza. La mira
como un niño apunto de llorar. Ven, ella dice tomándolo de la mano. Él la
sigue con el café y el periódico en manos y sale con ella.
Entran al edificio. No permita que salga
así, ella le dice al guardia. Sí señora, contesta el guardia. Entran el
ascensor. Él la mira y sonríe. Ella se molesta, lo vuelve a mirar. ¿Te
peinaste? ella pregunta. No, él contesta.
Al entrar al apartamento, él se sienta a
la mesa del comedor. Ella lo mira de re-ojo. Él esperaba el regaño. Ella se
sienta junto a él. No escuché la alarma, ella dice. Algunas veces esta aquí,
él dice apuntado a su cabeza. ¿No has dormido en tres días? ella pregunta.
Sí, pero muy poco, él contesta. No puedes seguir así, ella dice. Nunca
duermo mucho, él dice. ¿Has sido así siempre? ella pregunta. Sí, él
contesta.
Carolina entra y saluda. ¿Ya se despertó
David? pregunta Amarilis. Hace tiempo, contesta Carolina. Franco entra a la
habitación de su hijo y lo examina. Amarilis lo observa de lejos. No
entendía como él podía de un minuto al otro convertirse en el muy respetado
cardiólogo, concentrado y atento. Ella acaricia a su hijo y sale de la
habitación pensativa. No sabía como hacer para ayudarlo, era casi imposible
y a él no parecía molestarle mucho los demás, no parecía verles. De repente
lo escucha conversando y se asoma a la puerta temerosamente…
Ya sabrás por qué te lo digo pero debes
primero pensarlo bien. Esa marca de automóvil no vale dos centavos. A mí
siempre me gustaron los automóviles grandes y fuertes, él dice. David lo
mira y le mira el pelo y sigue jugando con el carrito. Ella hace por no
reírse. Este carrito es más fuerte y ese no y además es rojo, eso es para
mujeres, dice Franco. David lo vuelve a mirar. Avanza a crecer para irnos a
los museos, quiero que veas como construyen los autos y la historia del
coche de cuatro caballos, dice Franco. Ella entra sonriendo. David la mira y
le entrega un carrito. Estábamos conversando seriamente, dice Franco. Él no
entiende, todavía esta muy niño, ella dice. Claro que entiende, la mente de
un niño es como una esponja, él dice seriamente. Sí, ella dice besándolo en
los labios.
Amarilis y Mariela
Mariela era una mujer muy cariñosa y seria
y no parecía molestarle el constante cuido del señor Luis o los quehaceres
pero Amarilis había notado que ella y Ferrer se pasaban miradas intimas y
que a veces se veían salir juntos.
¿Y tus padres? pregunta Amarilis. No sé,
yo me fugué con mi novio, dice Mariela. Eres muy buena y muy dedicada pero
me parece que ocultas algo, dice Amarilis. Mariela se sienta pensativa y
Amarilis se sienta junto a ella y le toma la mano en la suya. Mariela la
mira a los ojos. Confía en mí, dice Amarilis.
Después de un
silencio…
Mis padres eran muy pobres y mis hermanos
y yo sufríamos mucho de hambre. No teníamos ropa ni zapatos, ella dice
bajando su cabeza. La iglesia nos ayudaba con algunas cosas pero no era
suficiente y yo decidí irme a buscar trabajo a la ciudad. Solo tenía catorce
años. En el camino me encontré con un muchacho que también iba en busca de
trabajo. Unos días después hicimos el amor y nos juramos amor eterno. Él me
pidió irme con él a vivir con su familia y así lo hice. Nunca volví a ver a
mi familia pero los padres de mi novio me querían quitar a mi hijo al nacer.
Yo no sabía lo qué estaba ocurriendo ni mi novio tampoco. Lo querían llevar
al orfanato porque querían que su hijo siguiera sus estudios. Una noche nos
fugamos y tomamos rumbo hacia el campo. Mi hijo nació y era hermoso, dice
Mariela con lágrimas en sus ojos pero no podíamos criarlo, no teníamos nada.
Nos fuimos al puerto, a la marina y nos metimos en unos de los yates, el más
bonito. Entramos a las cabinas y lo dejamos en una de las camas, llora
Mariela. Amarilis la abraza fuertemente.
Unos días después supimos que los dueños
del yate lo habían encontrado, Mariela baja su cabeza. El yate se llamaba,
“La Franca Vida”, dice Mariela pensativa. Amarilis traga gordo y se asusta.
Mariela la mira fijamente a los ojos. ¿Qué me quieres decir? pregunta
Amarilis. La vida señora, no es siempre clara, esta siempre llena de
sombras, sombras que nos siguen, que nos castigan y a veces que nos hacen
felices, dice Mariela entre sollozos. ¿Lo sabe él? Pregunta Amarilis después
de un silencio. No, nadie lo sabe, es mejor así. No hay por qué complicar
las cosas. Los señores me contrataron por lastima ya que les rogué de
rodillas y también a mi novio. Nos vinimos todos y dejamos atrás a todo lo
que hasta ese entonces habíamos conocido, el hambre, la pobreza y la
incertidumbre, dice Mariela. ¿Y Carolina? pregunta Amarilis. A Carolina, el
señor la encontró en un burdel, tenía doce años de edad. Él y la señora
trabajaban con un grupo humanitario para sacar a las niñas de los burdeles y
proveerles un mejor porvenir. A ella también la trajeron y aquí estamos
todos, dice Mariela. Amarilis lleva su mano a su pecho. Ferrer es..., ella
dice. Sí, contesta Mariela. Amarilis la mira asombrada pero no tenía
palabras y solo pudo volverla abrazar fuertemente.
Los días fueron pasando lentamente y
Amarilis se acostumbró a su nueva familia y a su marido. Sofie pasaba largas
horas con su marido, el cual ya no salía de su habitación. Sofie le había
confesado que Luis se había enfermado de Malaria y nunca se había recuperado
del todo. Se habían sacrificado viajando el mundo y acudiendo a los mas
necesitados, algunas veces a cambio de su propia salud y bienestar.
Dos Meses Después
Luis falleció junto a su familia, en su
casa. Sofie lo había visto sufrir día tras día y había cuidado del pero
sintió un alivio al pensar que ya no sufriría mas. Franco junto a su madre
se encargó de todo. Mucha gente vino a darles el pésame y Amarilis se
asombró. Habían políticos de diferentes países, humanitarios y vecinos que
no solamente admiraban a Luis pero que habían perdido a un ser querido y
respetado por todos. Franco les atendía a todos presentándola
orgullosamente.
Durante la cena
Sofie se había retirado a su habitación
temprano. Mariela, Carolina y Ferrer atendían a Franco, a David y a ella
como reyes. Amarilis se dio cuenta que Ferrer y Franco se pasaban miradas en
secreto, algo que todavía ella no podía entender. Ellos parecían conversar
con sus miradas, entenderse sin palabras. ¿Sabrían que eran padre e hijo?
ella se pregunta. Al cambio Mariela mantenía su lugar de sirvienta, aunque
todos eran considerados familia. David tenía un tutor al igual que ella y
pronto lograría su meta de enfermera registrada. Que muchos cambios habían
tomado su vida, torcidos, de la pobreza a la riqueza, de la soledad a una
familia unida y bondadosa y su hijo, como lo adoraba.
Esa Noche
Franco sale del baño completamente desnudo
como acostumbraba hacer. Ella lo esperaba sentada en la cama. Él se sienta
junto a ella. Ella lo besa en la mejilla. ¿Crees en Dios? ella le pregunta.
No, él contesta. Luis estaba sufriendo mucho, ella dice. Él quería morir
pero eso va contra las leyes,
él dice pensativo. Quizás algún
día seamos dueños de nuestras vidas y de nuestras muertes,
él dice. Ella lo mira de
re-ojo. No creo que eso ocurra en nuestras vidas, ella dice. Ella lo abraza
fuertemente. Debes llorar, ella dice. No puedo, él
dice metiéndose en la cama. Ella se acuesta junto a él y poco después David
comienza a llorar. Franco se levanta, toma su abrigo y se mete al ascensor.
Ella abre los ojos y corre a la habitación de David. ¿Qué fue? ella pregunta
asustada.
De repente el guardia de seguridad sube
con Franco. Gracias, ella le dice al guardia. Franco se quita el abrigo. Fue
David, tuvo una pesadilla, ella dice. Él estaba con su cabeza bajada, en
pijamas y sin zapatos y luego toma a David en sus brazos y se lo lleva a la
cama y todos se acuestan juntos.
David, él dice con sus ojos cerrados, las
pesadillas son sueños perturbadores que hacen que el soñante al despertar se
sienta ansioso y asustado. Yo vivo en una constante pesadilla, él dice entre
dormido. David y Amarilis se miran a los ojos y sonríen y luego ríen y se
abrazan juguetonamente.
Sofie
Había sacado todas las fotos de su marido
y estaba sentada en la cama mirándolas. Había fotos de ellos juntos en
Somalia, Brasil, Mozambique y otros países alrededor del mundo. Lo había
amado tanto que al él morir, había sentido que se había llevado parte de su
alma y esta estaba trabada entre el mundo de los vivos y el mundo de los
muertos. Ella lleva su mano a su seno, no sabía que la había llevado a
tocarse allí y volvió a mirar las fotos a los ojos de su marido y sonrío
dulcemente…
Espérame, ella dice entre sollozos…
Un Mes Después
Amarilis comenzó sus estudios y Ferrer la
llevaba a la universidad y la recogía, también un profesor particular venía
a la casa dos veces por semanas.
Marcos y Amarilis
Lo qué pienso, Amarilis, es que no te
gusta la profesión de enfermera. ¿Lo haces por tu marido? pregunta Marcos.
Sí, ella contesta. Debes discutir el tema con
él, no es justo que te
sacrifiques. Eres una mujer joven y debes decidir por tu cuenta, dice
Marcos. Ella se inquieta y baja su cabeza. No quiero contradecirlo, ella
dice. ¿Por que?
él pregunta. No sé,
me causa lastima, ella dice. ¿Lastima? él
pregunta. Ella mantiene silencio. ¿Tu marido te causa lastima?
él vuelve a pregunta. No sé,
es que él quiere que sea
yo quien atienda a nuestro hijo, ella dice. Él se aclara su garganta.
¿Lo adoptaron?
él pregunta. Sí, bueno Franco
ya lo había adoptado pero quería casarse para completar la familia, ella
dice con su cabeza bajada. Él la mira de re-ojo. No pareces haber tenido
mucho con el asunto, él
dice. Ella lo mira fijamente a los ojos. Quizás no, pero adoro a mi marido y
a mi hijo, ella dice. ¿Lo amas o le temes? él
pregunta. Ella se levanta de su asiento y coloca los libros en una mesa. Él
también se levanta y se acerca a ella. Eres una hermosa mujer y como
comprenderás es muy difícil para mí verte infeliz,
él dice. No soy infeliz, al
contrario, ella dice. Lo eres cuando estudias, lo haces por obligación y no
te enfocas, él dice. No
me enfoco porque nunca me han gustado los estudios, ella dice. No puedes ser
enfermera si no pasas los exámenes requeridos, él
dice. Los pasaré, ella
dice. Si alguna vez decides que esta vida no es para ti, llámame, como un
amigo, él
dice.
Franco les escucha desde no muy lejos. ..
Sofie y David
¿Te gustó el viaje al parque? ella le
pregunta. Sí, él
contesta jugando con un carrito. ¿Te gustan mucho los carros? ella pregunta.
No, este no, es rojo, él
dice. Ella sonríe. A tu padre tampoco le gustan los carros rojos, ella ríe.
A mi sí y tu abuelo, Luis, decía que eran colores de mujeres, ella sonríe.
David sonríe también. A tu padre cuando se le meten cosas en la cabeza,
olvídalo, ella ríe. Él la mira y baja su cabeza entristecido. Ella le
acaricia el rostro. ¿Qué pasa? ella pregunta. ¿Estas enferma?
él
pregunta. Ella lo mira asombrada. ¿No, por qué me preguntas eso? ella
pregunta. Él mantiene silencio y sigue jugando con el carrito.
Franco entra y David corre a sus brazos.
Hijo, que grande y pesado estas,
él dice. Papá, fui a jugar al
parque pero Mariela y Carolina no saben jugar pelota,
él dice. ¿De veras?
él pregunta preocupado. ¿Cómo
decirle a su hijo que él
nunca había jugado pelota? ¿Que para él
los deportes eran tiempo perdido y juegos sin sentidos? ¿Cómo decirle que
mientras sus amigos jugaban en el parque, él
jugaba un partido ruso de damas, tocaba el piano y estudiaba varios
lenguajes? ¿Como decirle que el mundo de los niños, nunca existió para
él,
que lo había superado a la edad de cinco años. Él baja su cabeza
entristecido. Lo cambiaría todo por volver a su niñez.
Sofie baja su cabeza entristecida. A veces
no entendía a su hijo pero sabía que había sufrido mucho y que todavía
sufría de soledad, soledad intima y perpetúa. Se miran a los ojos,
él
sabía que su madre estaba enferma, lo presentía, conocía los síntomas que
muchos no podían ver, que la medicina todavía no había podido descubrir. Él
traga gordo y abraza a su hijo más fuerte.
Yo voy contigo al parque pero me tendrás
que enseñar a jugar pelota,
él dice. David sonríe
alegremente y lo besa en la mejilla. No había en el mundo nada más lindo que
un beso, él piensa.
Esa Noche
Franco entra y encuentra a Amarilis en la
habitación. Ella lo besa. Me sorprende que hayas llegado tan temprano, ella
dice. Tengo que hablar contigo,
él dice. Ella se inquieta.
Últimamente, él la
miraba muy raro y no había querido hablar con ella sobre los estudios de
enfermera. Ella se sienta en la cama. Él se asoma a la ventana. ¿De qué
querías hablarme? ella pregunta. Él se voltea y
cruza sus brazos. La mira fijamente. Ella baja su cabeza temerosamente.
¿Eres feliz? él
pregunta. Sí, ella contesta rápidamente. Él se mete las manos a los bolsillos
de sus pantalones. A mi me parece que no eres feliz conmigo,
él dice. Ella traga gordo y se
asusta. ¿Por que? ella pregunta. No lo sé,
él dice. Ella se levanta
y hace por acariciarlo pero él
no le permite y baja su cabeza molesto. Explícame el porqué piensas que no
soy feliz, ella dice. ¿Qué
quieres de mi? él
pregunta. Yo sé que no
soy como las demás personas, sé
que me falta algo, él
dice tocándose su cabeza, algo que no comprendo. Ella se asusta. Yo te amo,
ella dice. David quiere que lo lleve al parque. Yo no sé
jugar pelota, él dice
torciendo su rostro como un niño apunto de llorar. Ella le mira con
adoración. Mi amor, no te angusties por eso. Podemos todos ir y aprender,
ella dice. Él le da la espalda y vuelve a mirar por la ventana. Ella se
acerca. Marcos esta enamorado de ti, él dice. El corazón de Amarilis comenzó
a latir rápidamente. No, ella dice. Sí, él
dice. Él solo dice que presencia que no me gustaría ser enfermera, ella
dice. Él se voltea. No lo hagas por mí. No necesito de nadie,
él dice molesto. Ella se
inquieta. A mí nunca me han gustado los estudios, los libros, la matemática,
ella dice. Él la mira de arriba abajo. ¿Quieres quedarte bruta toda tu vida?
él pregunta. Ella se
molesta y sale de la habitación. Él la sigue y la agarra del brazo
fuertemente y la regresa a la habitación y tira la puerta. Te estoy
hablando, él
dice. Ella vuelve a sentarse en la cama.
Franco, tú me seguiste, me acosaste, me
pediste casarme contigo. Yo no tuve vela en ese entierro, ella dice. ¿Qué
es eso de vela en un entierro? él
pregunta. Olvídalo, ella dice. ¿Qué
tienen las velas que ver con lo qué
te estoy preguntando? él
vuelve a preguntar. Es un decir, ella dice. Es mierda,
él dice mirándola fijamente.
Ella se pone nerviosa, la presencia de Franco era temible y tenía una forma
de mirar a uno muy rara como si pudiese leer tus pensamientos. Contéstame lo
qué te pregunté,
él
dice firmemente.
No quiero quedarme bruta pero tampoco ser
tan inteligente como tú, mírate, ella dice furiosa, eres un desastre, ella
grita. Él traga gordo, se enfurece. Me he equivocado contigo. Lo siento
mucho pero no eres mujer para mí,
él dice furioso. Ella baja su
cabeza y no pudo evitar las lágrimas. Marcos no volverá, ya lo he despedido,
él dice. Yo puedo
ayudarte con los estudios, él
dice. Ella se levanta lentamente. Lo mira a los ojos. Yo no soy mujer para
ti, no te molestes, ella dice. Puedes retirarte, él
dice. Ella sale de la habitación, de su habitación y baja las escaleras
lentamente y pensativa. Lo iba a perder todo y se quedaría sola de nuevo, en
la calle y sin el hombre que adoraba, sin su hijo, sin las personas que
tanto apreciaba.
¿Señora? Pregunta Mariela que venía subiendo
las escaleras. Me acaba de echar de mi propia habitación, dice Amarilis.
Mariela la abraza. Dice que no soy mujer para
él, que soy
bruta, llora Amarilis. Hija, no le hagas mucho caso. Mira, a mi me ha
llamado de todo y luego se arrepiente. Ellas bajan las escaleras y entran al
comedor y toman asientos a la mesa.
Cuando niño, no sabes. Era un demonio. Nos
llamaba brutos a todos, era impaciente y si no conseguía lo qué
quería hacia un desastre de su ropa y su habitación. Se metía dentro de sí
por días, sin hablar, sin comer, sin salir de su habitación, dice Mariela.
Yo sé que tiene algunas
cosas raras pero yo lo amo, dice Amarilis. Está celoso, dice Mariela.
¿Celoso de qué? pregunta
Amarilis. De Marcos, contesta Mariela. Él fue quien lo contrató y sin
siquiera presentármelo primero, dice Amarilis. Pues de qué
vale hablar de eso ahora, ya lo despidió, dice Mariela. Es muy controlador,
dice Amarilis. No sabes cuanto, dice Mariela bajando su cabeza pensativa.
Quizás yo deba irme, no quiero y no puedo permanecer aquí después de haber
dicho que no soy mujer para él,
dice Amarilis. Si lo dejas, se muere, dice Mariela. No se va a morir, es mas
fuerte que todos nosotros, dice Amarilis. No tanto, lo qué
pasa es que no sabe mostrar cariño. No puede comprender algunas cosas y a
veces piensa que todos estamos tramando contra él,
dice Mariela. ¿Cómo es que es tan inteligente que no puede darse cuenta de
sus defectos? pregunta Amarilis. Se cree mejor que los demás, superior, dice
Mariela. Pues no lo es y no pienso dejarlo manipularme a su antojo, dice
Amarilis. Sofie ya no pasa más de unas horas en la casa, dice Mariela. Lo sé
y me hace mucha falta. Me parece que nos evade, dice Amarilis. Mariela la
mira a los ojos tristemente.
Cuéntame sobre Franco, su niñez, dice
Amarilis. Pues nos dimos cuenta que era diferente a los demás niños, se
aburría con los estudios y no le gustaban los juguetes. Pensábamos que
estaba enfermo pero Luis y Sofie contrataron un tutor. Era un hombre alemán,
un profesor amigo de Luis. Un día, nos reunió a todos y nos dijo que Franco
no era normal. Yo por poco me muero y las rodillas no me sostenían y Sofie,
la pobre, se puso blanca, dice Mariela. Amarilis la mira asustada. El
profesor nos dijo que Franco era un genio y yo me desmayé, dice Mariela.
Amarilis traga gordo. ¿Eso se hereda? ella pregunta. No lo sé,
pero en mi familia no hay nada de eso, Mariela baja su voz, éramos
campesinos sin educación, ella dice. ¿Y Ferrer? Pregunta Amarilis con sus
ojos engrandados. Más bruto que yo, dice Mariela. Amarilis no pudo evitar
sonreír. Así estamos todos, ella dice tristemente. Después de un tiempo y
estudios con tutores y en escuelas privadas Franco regresó a la casa. Nos
miraba muy raro como si fuéramos poca cosa. Yo especialmente lo sentí tan
lejos, inalcanzable. Quería abrazarlo, besarlo, pero no le gustaba que lo
tocáramos. Dejé de hablarle
porque me corregía y me cuestionaba sobre mi educación. Era insoportable y
hasta los profesores dejaron de venir a la casa. No salía mucho y se pasaba
estudiando. Luis y Sofie lo llevaban a los museos, a las exhibiciones de
ciencias, al teatro. Yo siempre he pensado que una etapa de su vida le hizo
falta, ser un niño. Lo perdido en la niñez nunca se puede recobrar, dice
Mariela pensativa. Durante su adolescencia comenzó a tomar cursos
universitarios y a mí siempre me pareció que se aburría con eso también. Él
ya sabía lo qué quería
hacer con su vida y se enfocó en sus estudios con el solo propósito de
lograr su titulo de cardiólogo. Yo le había contado una historia de un niño
en Manila que había sufrido de problemas del corazón. Le expliqué
que los doctores no pudieron ayudarlo y se había muerto por falta de
atención medica. Él me miró a los ojos, como él
hace, fijamente y me dijo que todos eran unos brutos. Tenía diez añitos
cuando eso, dice Mariela pensativa. Lo qué
era, era un malcriado, dice Amarilis. Lo sé
pero tiene un gran corazón y no lo hace por dinero, dice Mariela. ¿Como era
con las chicas? pregunta Amarilis. Raro, muy raro. Las llevaba a su
habitación como cualquier otro chico de su edad pero no volvía a
procurarlas. Eran simplemente objetos para él.
Nunca creo haberlo visto enamorado, bueno, hasta que te conoció a ti, dice
Mariela. Yo pienso que tampoco me ha amado, nunca me lo ha dicho, dice
Amarilis. Te ama pero no entiende el porqué.
No es muy cariñoso, dice Mariela. Amarilis la mira de re-ojo. Su marido era
muy cariñoso, atento, apasionado e insaciable aunque solo en la cama. Quiero
irme por unos días. Mi amiga Marisa tiene un apartamento no muy lejos, dice
Amarilis. Mariela se levanta, él
no lo va a permitir, ella dice saliendo del comedor.
Amarilis sube de nuevo las escaleras y
entra a su habitación. Franco estaba sentado frente a la computadora, la
ignora. Franco, ella dice, quiero pasar unos días con Marisa, ella dice. Él
la sigue ignorando. Puedo llevarme a David, la pasará muy bien, ella dice.
Él se voltea. Si te vas, te vas sola, él dice. ¿Es eso lo qué quieres, que
me vaya? ella pregunta. No, pero no pienso detenerte, él dice volviendo a su
trabajo. Ella comienza a empacar sus cosas. Él se levanta de su asiento. ¿Te
vas con Marcos? él pregunta. No, no tengo nada que ver con él, ella dice. Él
no es como yo, él dice levantando la ropa interior de Amarilis y llevándola
a su rostro. Él es normal, él dice. Ella le mira fijamente y nota que estaba
excitado. Él la mira a los ojos, aquella mirada que la llevaba a la cama,
que la desnudaba. Ella lo ignora y sigue empacando sus cosas. Él sale de la
habitación sin decir nada. Ella se sienta en la cama y solloza.
Esa Noche
Franco salió al hospital y Amarilis salió
poco después en un taxi pero antes besó y abrazó a David que estaba
durmiendo. Quizás nunca había sido feliz aquí, todo había sido un sueño, un
sueño imposible. A lo mejor estaba esperando el tren, el tren que siempre
estaba tarde, ella piensa.
La noche estaba cálida y una brisa dulce
entró por la ventana. Pizza, ella piensa. Que mucho le hacia falta comer
pizza, pero a Franco eso le parecía absurdo. Al llegar al apartamento de
Marisa, ésta la esperaba. Se abrazan y entran al apartamento.
No te preocupes, puedes quedarte el tiempo
necesario. Es bueno que se aparten unos días, dice Marisa. Me siento muy mal
y no debí haber dejado a mi hijo, dice Amarilis. David ya era hijo de Franco
y tú, amiga, debes pensar en ti, dice Marisa. Los quiero mucho a todos, dice
Amarilis. Mujer si es solo unos días, dice Marisa.
Se cambiaron a pijamas y se sentaron a
conversar y a tomar vino. Yo no sé si pudiese ser feliz con un hombre así,
dice Marisa. Es divino, sensual, apasionado y yo lo amo, dice Amarilis. Es
que es muy raro, dice Marisa.
Tres de la
madrugada
Amarilis abre los ojos de repente. Alguien
estaba en la sala conversando. Ella abre la puerta y se asoma. No se veía
nadie pero Marisa estaba conversando con alguien a la puerta. Marisa, ella
llama. Marisa le hace señal que vuelva a la habitación. ¿Quién es? pregunta
Amarilis.
No me voy sin ella, dice Franco molesto.
Amarilis lleva su mano a su pecho. Dios mío es Franco, ella dice. Ella se
acerca a la puerta y Marisa se molesta. Déjame hablar con él, dice Amarilis.
Ay que locos están los dos, dice Marisa
permitiéndole paso. Franco entra y mira a su esposa de arriba abajo. ¿Estas
sola o andas con Marcos? él pregunta. Estoy sola, por Dios, dale con Marcos.
¿Estas loco? ella pregunta. Él baja su cabeza un poco avergonzado. Ella lo
mira de arriba abajo, todavía estaba en el uniforme verde de medico. Avanza,
él dice molesto. Te dije que había venido por unos días, ella dice. Ya
pasaron unos días, él dice molesto. No, acabo de llegar, ella dice. Él
pensativo baja su cabeza y se acerca a ella, vamos, él repite. Ella entra a
la habitación y toma su bolsa. Él la toma del brazo y sale con ella.
¡Que locos están los dos! dice Marisa en
voz alta.
Afuera, Ferrer les esperaba. ¿Dejaste a tu
hijo solo? pregunta Franco. No, David esta muy bien. Además, no me
permitiste traerlo, ella dice. Yo nunca dejaría a un hijo mío, él dice. Ella
se molesta y le apaga los ojos. Tú me echaste, ella dice. No, tú te fuiste,
él dice. Me ofendiste, ella dice. Siento celos, él dice. ¿Celos de qué? ella
pregunta. De todos, él dice. Ella le mira apenada. Estas en pijamas, él
dice. Lo sé, ella dice. Ferrer les escucha mientras conduce y sonríe. No me
gusta que dejes solo a tu hijo, él dice. Mi hijo mayor esta en tu casa
rodeado de mucha gente que lo adora y este, ella dice llevando su mano a su
vientre, esta conmigo, ella dice. Él traga gordo, la mira a los ojos, cambia
su vista deprisa y mira un rato por la ventanilla del auto. Vuelve su mirada
hacia ella, fijamente, queriendo saber, preguntando en silencio. ¿Hablas en
serio? él pregunta. Sí, ella contesta recostando su cabeza en el hombro de
Franco, él la atrae hacia él fuertemente y la besa en la frente.
Siete Meses Después
Franco entra la habitación de maternidad y
se sienta junto a Amarilis. Ella lo mira con dulzura y adoración. Es hermosa
nuestra hija, ella dice con lágrimas en sus ojos. Sí, él sonríe también
emocionado. Nunca lo había visto así, con lágrimas en sus ojos. Había
llegado a pensar que él no podía llorar. Él la besa en los labios
tiernamente. Unos minutos después, la enfermera entra con la niña. Era
gordita y su pelo era tan negro como la noche, sus ojos achinados, bien
achinados y su pelo de puntas. Ella mira a su marido y sonríe. Él sonríe
acariciando a su hija. ¿Has decidido en el nombre? él pregunta. Sí, ella
contesta con lágrimas en sus ojos. Mariela Sofía, ella dice. Él sube sus
ojos y la mira fijamente, sonríe, baja su cabeza como tantas veces cuando se
sentía preocupado, nervioso o avergonzado. Silencio…
Mariela Sofía, como mis madres, él dice…
Franco y Amarilis tuvieron tres hijos más,
varones. Todos con los ojos achinados y el cabello negro y lacio pero
ninguno tan inteligente como su padre. Sofie murió dos años después de
cáncer de la mama y durante unas vacaciones de familia, Franco, Amarilis y
sus hijos, Mariela, Carolina y Ferrer regresaron a Manila, donde el
principio de esta historia comenzó, al corazón de sus raíces.
La locura esta dentro de todos nosotros,
cuando amamos, cuando miramos a los demás con diferencias, cuando pecamos… y
quien sabe, puede que solo muy pocos podamos ver el mundo tal y como es.
***Fin***
Original de Irma Luz Medina
REALIDADES:
El idioma español en las
Filipinas
LAS ISLAS CUENTAN HOY CON MEDIO MILLÓN DE
HISPANOHABLANTES
Por Guillermo Gómez Rivera, de la Academia Filipina
1. INTRODUCCIÓN.
Es verdad que nunca fueron todos los habitantes de las Islas Filipinas los
que tuvieron el idioma español como su lengua materna. Pero tampoco es justo
decir que este idioma nunca se habló en Filipinas en escala nacional. El
mero hecho de que el español empezó a ser el idioma oficial de las Islas
Filipinas desde el 24 de junio de 1571, día de la fundación de Manila como
la ciudad cabecera del Estado Filipino bajo la Corona de España, hasta en
1987, año en que se promulgó la cuestionable constitución de la presidente
Corazón 'Cory' C. Aquino,----bien puede poner en solfa a todos aquellos que
digan que este idioma nunca se habló en Filipinas.
Siendo idioma oficial durante tantos siglos debe entenderse que fue el
idioma de la judicatura, de la legislatura y de las escrituras y las
publicaciones oficiales, como judiciales, de este Archipiélago.
Leer mas...
http://www.elcastellano.org/filipinas.html
***
SHVOONG.COM: Resúmenes de Filosofía
Publicado el:
octubre
01,
2007
GENIO Y LOCURA
Es frecuente asociar al genio con la
locura sin tener claro el motivo por el cual esta asociación se produce.
Generalmente se sospecha que tras la locura existe una especie de
genialidad, algo así como que ese loco tiene algo de genio y, si no hubiera
enloquecido, podría haber llegado a realizar cosas asociadas con la
genialidad. No, no es así, es al revés, el genio tiene un elemento en común
con el loco, ese elemento es lo que le permite ser un genio, pero claro,
además, posee el talento para aprovechar lo que en el loco lo lleva a la
locura. Debo destacar algo, no todos los genios están asociados a la locura,
ya que algunos son bastante tranquilos. Bueno, acabo de revelar parte de la
respuesta. El elemento que lleva al genio a realizar cosas geniales es la
emoción intensa, una emocionalidad fuerte muchas veces conflictiva, que en
ocasiones puede conducir al genio a la locura pues el yo de ese genio no
puede manejar emociones tan fuertes y se desintegra. En el loco ocurre lo
mismo: intensas emociones que no puede manejar terminan por desintegrar su
personalidad. Mencioné genios tranquilos, sin embargo, que sean tranquilos y
equilibrados no implica que no estén movidos por emociones fuertes, por una
gran pasión que los sostienen en una cierta dirección creativa. Sin una
intensa emoción-pasión, nada grandioso podría realizarse. La medida de un
hombre puede ser la intensidad de la pasión que lo mueve a hacer cosas.
Claro, a veces esa intensa emoción, cuando es dolorosa, conduce a la persona
hacia su interioridad, en ese caso puede revelarse a través del arte
intimista. Se dice que el arte cura, y si lo hace, lo hace en la medida que
permite canalizar esa intensa emoción dolorosa, y, durante la expresión de
la misma liberarse de ella. A veces funciona, otras veces no. De cualquier
manera, si alcanza el rango de genios para nosotros, alguna obra habrá hecho
para que así lo creamos. No hay genio sin obra. Así que para sintetizar,
debería decir que las obras de los grandes genios fueron la expresión
resultante de intensas emociones.
Una gran obra es la respuesta a un gran
problema, hace poco leí a Schopenhauer donde decía que cada gran obra de
arte constituye una respuesta al problema de la existencia, y sospecho que
es así, que cada gran obra -aunque no sea artística- constituye una
respuesta al problema de la existencia. Recuerdo que Borges asociaba la
literatura al soñar, como si fuera una prolongación del soñar. Pienso que
así como en el sueño -que constituye una forma de pensamiento muy primitivo
de resolución de problemas- se trata de resolver las tensiones emocionales,
muchas veces del día anterior -por este motivo siempre se encuentran los
llamados restos diurnos- en las obras de arte ocurre lo mismo: se trata de
resolver a través de un trance creativo similar al sueño, y en forma
simbólica, las tensiones emocionales surgidas del vivir del artista, y,
cuando este artista capta las tensiones de su medio logra representar las
tensiones colectivas y su obra se convierte en un clásico.
La emocionalidad del artista nace de una
gran sensibilidad, mientras que la emocionalidad de los grandes
emprendedores nace de una intención de dominar su medio, de adueñarse de él.
El emprendedor es un conquistador y las emociones que lo dominan son de un
tipo distinto a las del artista, pues éstas nacen de una gran sensibilidad a
su medio, de aquí que es más frecuente encontrar distintas formas de locura
en los artistas, mientras que en los grandes emprendedores no es tan
frecuente pues poseen un yo más fuerte. Claro, no siempre el arte nace del
dolor, también puede nacer de la fuerza. En realidad cualquier emoción puede
canalizarse a través del arte, el amor ha sido siempre uno de los grandes
motores, pero la religión también lo fue, hasta la guerra lo ha sido por
milenios en pueblos con tradición guerrera. Todo lo que emociona al hombre
puede canalizarse a través del arte.
http://es.shvoong.com/humanities/philosophy/1680486-genio-locura/